Decir ‘adiós’ en tiempos de covid-19: Reconstruir la memoria para vivir el duelo


Decir ‘adiós’ en tiempos de covid-19: Reconstruir la memoria para vivir el duelo

En Ecuador, el país andino de los sollozos y yaravíes; de las intimidades y la resiliencia, miles de familias, amigxs vivieron -y viven- la muerte de los suyos en la absoluta soledad. Cientos continúan la búsqueda de sus fallecidos en listas de nombres interminables, aun cuando las posibilidades de encontrarlos han comenzado a quebrarse.

En el país, 115 274 personas han muerto desde enero de 2020 hasta el 7 de enero de 2021, de acuerdo con el reporte de defunciones del Registro Civil. Pero el luto no se traduce en cifras; se vive en las historias y en la memoria. Se siente en las lágrimas ahogadas y en el vacío prolongado del encierro que despojó a la humanidad de aquellos rituales urgentes de despedida que sanan el alma, que permiten dejar ir.

Aunque decir ‘adiós’, hacer un duelo acompañado y cuidar de cerca a sus enfermxs les fue privado por el vacío de un Estado –deficiente en la atención de la salud mental- y una pandemia que continúa activándose, recordar es un acto que cura, revitaliza y apacigua la pérdida. La Periódica presenta cinco historias -reflejos de miles- que, en medio de una pandemia que desnudó la desigualdad, la corrupción y la indolencia que habita este país, recogen una sola certeza: El covid-19 lo pudo con todo, pero no con el impulso para buscar justicia y la esperanza que es más fuerte que el miedo.

Irene, el rostro de las madres que no pudieron enterrarse en Ecuador  

El sueño de Irene era volver a descansar junto a Flavio, su compañero de vida y el padre de sus ocho hijos e hijas. “Cuando yo muera, quiero estar en donde está su papi”, les repetía una y otra vez. Pero en el Cementerio General de Guayaquil, puerta 8, hay un vacío; allí hace falta una tumba, una fotografía en el mármol que haga memoria de su existencia.

Irene tenía 82 años cuando falleció el 1 de abril de 2020 con síntomas claros de covid-19, aunque sin haber podido acceder a atención médica o una prueba PCR que confirmara el diagnóstico.

Durante seis días, su cuerpo permaneció en casa, descomponiéndose, mientras sus hijos e hijas reclamaban una y otra vez que las autoridades fueran a recoger el cadáver. El 7 de abril, Medicina Legal levantó los restos y desde ese día, la familia aún espera que el Estado devuelva su cuerpo para poder enterrarla y cumplir su deseo.

A Abraham Hanna López, hijo de Irene, le duele la indolencia con la que trataron a su madre. Desde Guayaquil, la ciudad que comienza a levantarse luego de las tragedias que dejó el covid-19, recuerda que la salud de su madre comenzó a resquebrajarse a finales de marzo. Tenía fiebre y náuseas; estaba descompensada. “Llamamos a la línea 171 que supuestamente estaba habilitada para emergencias, pero no hubo respuesta. No había pruebas rápidas. No había hospitales. No había nada. Estábamos solos”, cuenta.

Abraham y sus hermanos cuidaron de Irene con lo poco que sabían e intentaron mantenerla con vida en su hogar. Pero, pese a sus intentos, la madre dejó de respirar a las 10:00 del 1 de abril de 2020 en la ciudadela Martha Roldós. Lo que vino después fue el silencio en medio de la pérdida que se replicaba en cientos de hogares. En aquellos días en Guayaquil aparecían cadáveres  en las calles, familiares esperaban afuera de los hospitales y el país se convertía en el segundo epicentro del coronavirus en Latinoamérica.

Poco se sabía del covid-19 y su comportamiento durante esos meses. Había familias que tuvieron que dejar a sus muertos y lo hacían -no por abandono-, sino porque tenían miedo a contagiarse, a perder a otro ser querido.

El cuerpo de Irene permaneció en su hogar, en una ciudad donde las temperaturas exceden los 30 grados, en medio de un ambiente que acelera la descomposición de un cadáver. El olor comenzaba a diseminarse en la zona, a través de esas columnas de cemento que suelen unir a una casa con otra.

Abraham no sabía qué hacer; él y sus hermanos llamaron decenas de veces al 911 para que recogieran sus restos, incluso contactaron a Jorge Wated, quien dirigía la Fuerza de Tarea Conjunta encargada de la recolección de cadáveres en el Puerto Principal.

La familia también se unió a las largas filas de personas que esperaban en el Cementerio General para obtener un lugar para sus fallecidos. “Eran interminables, había muchísima gente con los cadáveres de sus seres queridos, incluso te daban un ticket para que regreses después de dos semanas”, relata.

Abraham dice que buscaron por su cuenta una caja de madera para que los restos de su madre descansaran allí, pero se rompió y en aquella época escaseaban. Entonces, tuvieron que embalarla con fundas de basura, el único recurso que tenían.

Pasaban los días y las autoridades no llegaban. La familia decidió moverse y levantó una pequeña campaña en redes sociales para hacer sonar su pedido.

Amigxs, familiares y desconocidxs se unieron para difundir el caso en redes sociales, que se convirtió en una dinámica de denuncia replicada en cientos de historias. Y lo lograron: a las 04:00 del 8 de abril, Medicina Legal llegó a la vivienda. “Todo fue confuso. Cuando nos dieron el acta de defunción ni siquiera tenían los datos correctos. Allí constaban otros nombres. No comprendemos por qué lo hacían, por qué ese trato”.

Desde ese día, la familia desconoce dónde están los restos de Irene. “En junio nos dijeron que supuestamente ya estaba la lista en el portal Coronavirus Ecuador. Su nombre no está y han pasado nueve meses. No comprendemos la indolencia de este Estado y por qué nadie hace nada. ¡Es nuestra madre!  No hemos podido enterrarla, no tenemos en dónde llorarla, no tenemos nada”, reclama, indignado.

Pero la voz dura de Abraham se apacigua cuando recuerda los días de abrigo junto a su madre. Irene fue una mujer luminosa que dedicó su vida no solo a sus hijos, sino a su comunidad. Había días en los que salía de casa y golpeaba sutilmente las puertas de sus vecinos para hablarles de la fe. Había tardes en las que sus manos acariciaban los rostros de sus niños -hoy todos adultos- para sanar los dolores naturales de quien va aprendiendo de los errores o el cariño con el que trataba a su ‘Cholita’, como llamaba a su hija menor. Antes de morir, Irene le pidió a su hijo que la cuidara y Abraham cumple esa promesa todos los días.

Abraham también recuerda a esa mujer pequeña -medía un poco más de 1,50- que se las arregló para criar a ocho hijos sin la intención de volver a casarse. Ella construyó un hogar humilde, mientras se formaba como modista. No era su objetivo cultivar riquezas, sino seres humanos honestos, generosos, empáticos.

También hay días de angustia porque la pandemia no ha terminado y tocó a dos de los hermanos de Abraham, que hoy comienzan a recuperarse.

Pero hacer memoria también reconstruye y Abraham solo espera su reencuentro con Irene para decirle: “Mami: Tú eres la voz de esas madres luchadoras cuyos hijos no pudieron enterrar. Tú eres el rostro de las cientos de historias que no se contaron; representas el dolor de mucha gente. Tú nos enseñaste a trabajar, nos enseñaste a querer. Tal vez me faltó decirte lo mucho que te quiero todos los días, pero sé que lo sabías. Mami, tú fuiste nuestra madre y nuestro padre. Tú hiciste todo por nosotros. ¡Te amo!”.

Inés y Filadelfio, los compañeros ‘coraje’ de Mapasingue Este  

Bertha cierra sus ojos y su voz se resquebraja cuando inicia su relato. “La veía. Ahí estaba Inés, mi ñaña. Caminaba con su camiseta azul y su pantalón negro. Tenía un ramo de flores inmenso en sus manos. Yo me desesperaba y corría hacia ella. Pero no lograba llegar. Ella me miraba y decía: ‘¡Bertha, ñaña!, ¡Adiós, ñaña!’. Entonces,  movía su mano, como despidiéndose, y continuaba llamándola hasta que desapareció. Ahí me di cuenta de que se estaba yendo al cementerio”, cuenta. Sí, era un sueño, uno de los más importantes para Bertha, porque ha sido la única despedida en la que ha podido llorar la muerte de su hermana Inés Salinas, su mejor amiga, la mujer que la trasladó de Manglaralto, en Santa Elena, hacia Guayaquil, donde ambas construyeron sus familias.

Bertha vio morir a Inés y a su cuñado, Filadelfio Asencio, la mañana del 30 de marzo de 2020, sus cadáveres permanecieron a los pies de su casa durante cinco días, en medio de la pandemia por el covid-19 en Guayaquil, hasta que fueron recogidos el 3 de abril. Desde ese día, la familia luchó durante cuatro meses para encontrar sus restos, perdidos entre miles de cadáveres.

Las esperanzas se agotaban la primera vez que Bertha conversó conmigo. Habían pasado 16 días desde que perdió el rastro de los cuerpos de Inés y Filadelfio. Pero no dudó en dar la entrevista, después de que le sugirieron no hacerlo, para que su hermana pudiese ser sepultada, para tener un lugar a donde ir a llorar su muerte.

Los hijos de su hermana, liderados por su sobrina Mercedes, tampoco dudaron cuando llegó el momento de protestar y movilizarse para que encontraran a su madre y padre. Lo hacían frente a la fachada de la Defensoría del Pueblo y, luego, en las inmediaciones del Hospital Guasmo Sur. Siempre llevaban una foto, la misma que Bertha vuelve a mostrar en este nuevo encuentro: Dos rostros, aunque apenas visibles, sonríen al lente. Ella, Inés, tiene un gorrito que le cubre el cabello. Abraza a Filadelfio y descansa su cuerpo en él. Siempre fueron buenos compañeros, confiesa Bertha. Ella fue testigo de cómo la pareja construyó un hogar, que, aunque humilde, vio crecer a cinco hijxs.

Pese a la insistencia de la familia, el sistema de salud ecuatoriano no los atendió. Cuando llamaron a la línea 171, activada por el Gobierno para la habilitación de citas médicas en los centros de salud que están destinados para tratar el coronavirus “nos dijeron que no había, que todo estaba colapsado. No la atendieron. Solo nos dijeron que la tengamos aislada, que la cuidemos no más y que le demos paracetamol”, cuenta Bertha.

Inés y Filadelfio eran esposos, pero también amigos, cada uno acompañaba la lucha del otro, y en ese vínculo afianzaron un amor inabarcable que los mantuvo juntos hasta el momento de su fallecimiento. “Si yo muero, muero en mi casa”, le decía Inés a Bertha durante sus dos últimos días de vida. Cuando el lunes 30 de marzo llegó, Inés pidió salir ante la falta de oxígeno. “Mi ‘ñaña’ no podía respirar. La sacamos de la casa. Y ahí, frente a nosotros, le dio un infarto y falleció. Filadelfio la vio morir. Pasaron pocos segundos y mi cuñado también sufrió un infarto. Murieron juntos. Él se fue con ella… y no pudimos hacer nada”, recuerda Bertha.

No hubo velatorio. Lo más cercano a una despedida fue quemar los artículos que quedaban en casa de la pareja, por miedo a un nuevo contagio.

Fueron meses dolorosos hasta que la familia recibió una llamada de las autoridades en julio del 2020. “A Mercedes le dijeron que habían confirmado que era mi hermana por sus muestras de ADN, aunque solo permitieron que ella la vea a través de fotos. Realmente no sabemos con certeza si es ella o las imágenes las tomaron antes. Pero intentamos pensar que sí”, dice.

Inés fue sepultada en el cementerio Jardines de la Esperanza, en Guayaquil. Filadelfio, en cambio, fue sepultado en una fosa en Pascuales, una parroquia rural de Guayaquil. Lo supieron cuando revisaron el portal coronavirusecuador.com, dice Bertha. “Nos da tristeza. Ellos que siempre estuvieron juntos…los perdieron, no pudieron descansar como querían y nosotros tampoco pudimos lograrlo”, lamenta.

La ausencia de Inés se siente cada día, dice Bertha, y aún más en la víspera de fin de año. Su hermana era la promotora de las fiestas familiares y organizaba la cena final en la finca de su padre, en Manglaralto. No era solo una mujer de empuje, sino que se solidarizaba con las necesidades de otras personas. Ese ímpetu la llevó a colaborar con la organización Children International. Por eso siempre vestía  camiseta celeste y el pantalón negro, ese era su ‘uniforme’, para intentar que la pobreza infantil se reduzca en su comunidad.

Así la vio Bertha en su sueño: Feliz, apurada, como corriendo para volver a ayudar a sus niños con la ropa de siempre. Aunque fue en el campo onírico, en ese de los sueños que el ser humano desea, pudo dejar que se vaya en paz. Pero no deja de recordarla y sentir orgullo de quien la cobijó como una madre cuando la vida dolía. “Quisiera tenerte aquí, a mi lado, ñaña, para seguir luchando. Todo ha sido tan difícil aquí…Te quiero mucho, te extraño. Veo tu casa y espero que me digas: ‘Ñaña, ¿qué vas a cocinar?, porque sabes que siempre fui mejor haciéndolo y eso te gustaba. Ñaña, quiero decirte que aún no he vuelto al campo, en donde siempre nos reuníamos. Aún no puedo”.

A Mapasingue Este no hay silencio. Es la esperanza, cuenta Bertha, lo que comienza a reconstruir su barrio. La música suena de nuevo, mientras los comerciantes se juegan la vida en las calles y sus habitantes intentan sonreír luego de la pérdida. “Estamos volviendo”, dice. Y sin embargo, ya nada es igual.
 

Sergio, el ‘Tatita’ de los mil oficios y promotor de sueños 

Sergio Sanguano siempre quiso que su primera nieta, Maribel, fuese enfermera. Y la vida se lo cumplió. Él, en cambio, es la figura de amor de la que ella siempre quiere hablar. Ella, una profesional de 31 años que forma parte del personal sanitario que enfrenta el covid-19 en Ecuador, vivió la muerte de su ‘Tatita’, como lo llama, en medio de la pandemia.

Quizá lo que más le duele, dice Maribel, es no haber estado en los momentos de agonía de su abuelo en el hospital, porque sabe que falleció solo.

Sergio fue diagnosticado con una patología poco común en el país: el Síndrome de Addison, una enfermedad que degenera los pulmones y que se produce por la falta de dos hormonas: cortisol y aldosterona. Cuando la persona que lo padece está bajo fuertes cargas de estrés, depresión o desequilibrio emocional, la ausencia de cortisol puede causar una crisis mortal. Y eso fue lo que ocurrió con su abuelo.

Cada sábado y domingo, Sergio convocaba a su familia para compartir y construir nuevas memorias. Eran esos momentos los que lo mantenían feliz a sus 87 años. Pero el encierro de la pandemia lo despojó de ellos. Estaba deprimido, tenía miedo.

En abril de 2020, el abuelo comenzó a empeorar. Estaba débil y su piel comenzó a oscurecerse, un síntoma propio de la enfermedad. Maribel comenzó a buscar tabletas de fludrocortisona, la medicina que necesitaba para estabilizar la salud de Sergio. Durante más de un mes intentó conseguirlas, pero se volvió imposible. “Llamé a todos mis contactos, a farmacias, incluso intenté que las trajeran desde Estados Unidos, pero no se podía, los aeropuertos estaban cerrados. Y me repetían lo mismo: ‘No hay pastillas, muchos están buscándolas, hay que esperar”, recuerda.

Maribel no se cansó y, antes de iniciar sus labores en una casa de salud con pacientes covid-19, se levantaba a las 04:00 y salía desde su casa, en el Valle de los Chillos, hacia la vivienda de ‘Tatita’, en Alóag, en el cantón Rumiñahui. Lo hacía para cuidarlo, suministrarle vitaminas y aplicarle sueros.

El 25 de mayo, Maribel logró conseguir finalmente un frasco con las tabletas. Pero su abuelo no logró sobrevivir. Cuatro días después, el 29 de mayo, falleció.

Cuando sus vecinos de Alóag, el pueblo que lo acogió durante toda su vida, supieron de la muerte de ‘Tatia’ intentaron llegar a su velatorio, aunque no se pudo por las restricciones de movilidad que regían en la capital, aún en semáforo rojo.

Entonces, levantaron su memoria a la distancia; la de un ser humano que, aunque no tuvo un título profesional, fue un hombre de “mil oficios”, como dice Maribel. Sergio no solo se forjó como zapatero, sino que era hábil para la carpintería y la agricultura. Él, como muchos ecuatorianos, se daba modos para sobrevivir.

Para Maribel es difícil aún hablar de la pérdida. Pero se enternece cuando recuerda a su abuelo, el hombre que la cuidaba desde que era una bebé y que la vio crecer; el abuelo que cultivó en ella el deseo de servir a los demás.

Mientras avanzaba la conversación, era inevitable que las anécdotas afloraran y ella las iba hilando porque, dice, quiere que el país sepa quién era, se enorgullece de tener la sangre de ese abuelo que contenía y abrazaba a los suyos, el que protagonizaba las cenas familiares y acompañaba los momentos de impacto.

Ella recuerda las tardes en las que daba vueltas, vueltas y vueltas en el carro de Sergio hasta que ella, finalmente, se quedaba dormida. Rememora, además, las tardes en las que él llegaba con su pollo asado favorito para que ella lo devorara. “Me quedaba dormida saboreando la patita. Era muy feliz. Es que eso es lo que él significa para mí: Todos los momentos lindos en mi vida”.

El rostro de Sergio -apacible, poblado de arrugas- ya no está. Pero quien vive en el corazón no se va; las almas no son finitas.

“Si vuelvo a verte, voy a decirte que te amo con mi vida. Que te agradezco por todos los valores que cultivaste en mí y que por ti soy lo que soy, Tatita. Esa es la verdad. Te prometo que voy a seguir luchando y voy a ser una excelente profesional en tu honor”, le dice Maribel.
 

María Jacinta, la ‘señorita trans’ eterna de la lucha por los derechos LGBTIQ+ en Ecuador 

Siempre sonreía y gritaba fuerte. Esa era su respuesta ante la represión: La alegría de la fuerza para denunciar la violencia estatal y dignificar la vida de la comunidad LGBTIQ+ en Ecuador.

María Jacinta Almeida es una mujer histórica. Ella, junto a sus compañeras de la organización Coccinelle -hoy Nueva Coccinelle- y varias organizaciones sociales, se plantó ante el Estado y abrió el camino para que la homosexualidad en Ecuador dejara de ser criminalizada el 27 de noviembre de 1997. Es también por ella que amar de forma diferente y ser una persona sexogenérica diversa no se castiga con cárcel en este país, que aún mantiene una deuda abierta con una comunidad que ha sido históricamente discriminada y violentada, pero que ha mostrado uno de los espíritus de resistencia más poderosos en Ecuador.

Ella, una activista trans por los derechos humanos, falleció el 25 de junio del 2020 por problemas pulmonares, luego de años de laborar en las calles como comerciante autónoma en el Playón de La Marín, en el Centro Histórico.

A María Jacinta, que llegó a Quito cuando tenía 18 años, le enorgullecía el trabajo diario, que ejerció desde 1979, aunque los ingresos eran mínimos. Decía que era la primera comerciante LGBTIQ+ en la vía pública y lo hacía sola: vendía desde un cepillo de dientes hasta relojes de mano. Era, además, una asesora generosa que no dudaba en ayudar a quien quería comenzar un emprendimiento.

“Hay que seguir luchando siempre”, repetía María Jacinta. No solo cuando la abordaban en una entrevista, sino en sus espacios íntimos, en el activismo que hoy la extraña. Pero Purita Pelayo, su histórica compañera, sobreviviente de los crímenes de lesa humanidad en la época de los 80 y 90, dice que la ausencia de María Jacinta, en realidad, se convierte en una presencia permanente, esa que está en sus carcajadas y sus ojos achinados.

Hay una fotografía en la sala memorial Nueva Coccinelle, en el Centro de Arte Contemporáneo, que representa muy bien lo que fue María Jancita en vida. Su imponencia como mujer trans para reclamar sus derechos pero, a la vez, la ternura con la que incorporaba a nuevas ‘integrantes’ a su lucha.

No salía sin sus sombreros -le gustaba innovar-, el maquillaje que resaltaba sus facciones y los anillos, pulseras y collares plateados que eran parte de su estética. En esa imagen, la “señorita trans”, como le gustaba que la llamaran, aparece con una pequeña niña, mientras toma su mano para dirigirla en una marcha del orgullo gay en Quito. “Era una vecinita. La madre de la niña la apoyaba, siempre querían conocer cómo era nuestra dinámica. Cuando íbamos a reunirnos en casa e íbamos a la puerta, ella, la pequeña, siempre estaba ahí. Ella también tenía una sobrina que la acompañaba, aunque ese día no estuvo”, relata la activista.

Purita cuenta que conoció a María Jacinta meses después de la toma de la Plaza Grande, en agosto de 1997. Ella, recuerda, se acercó para formar parte del colectivo y comenzar su camino en la defensa de los derechos humanos. “Cuando llegaban a la casa de Coccinelle se sentían como en casa. Se podía conversar, cantar, bailar. Era la necesidad de un refugio y ella llegó justamente en ese proceso de fortalecimiento como base social”, dice.

Pero era la humanidad de María Jacinta lo que más resaltaba en ella. Cuando Purita iba a su casa, su compañera siempre ofrecía algo, una limonada, una bebida que amenizara las conversaciones. “Se sentaba y preguntaba: ‘A ver, cuéntame, ¿cómo están las cosas?, ¿fueron las periodistas?, ¿qué debo hacer?, ¿Qué hace falta?. Siempre estaba pendiente de nuestra lucha”, afirma.

Sí. María Jacinta fue parte de una revolución en medio de un contexto de violencia extrema, sobre todo, con las mujeres trans. Ella, como muchas de sus compañeras, fue golpeada, insultada y detenida por la fuerza policial. Su vida, sin embargo, no está definida por las agresiones, sino por su resiliencia. Luchó para que la justicia llegara no solo para ella, sino que colectivizó su propia causa y lo hacía con humildad.

Pero murió sin recibir justicia. Y hoy, dice Purita, las motiva aún más para no dar tregua y continuar con sus labores. La activista dice que lo más importante es que la comunidad se una para continuar ese camino dedicado a la búsqueda de “sueños y la fantasía de libertad. Necesitamos que se integren por los logros vitales, nuestros espacios laborales”, cuestiona.

El 20 de noviembre de 2020, la primera marcha trans en Ecuador se tomó las calles de Quito. La memoria de María Jacinta se sentía en cada paso, en cada cartel y consigna; se diseminó a lo largo del trayecto, mientras sus amigas y colegas gritaban reclamando sus derechos.

Ese también es su legado, afirma Purita, quien, después de recordar los años junto a su amiga, promete continuar ese camino con más fuerza.

“Ella dejó un espacio que nos anima a seguir luchando para que la justicia llegue y podamos decir: ¡Lo logramos, aunque sea casi muertas, pero lo logramos!

Espera. Espéranos. Ya vamos…

Lo vamos a lograr, María Jacinta”, le dice Purita a la eterna señorita trans del Ecuador.
 

Blanca, la abuela amorosa del Centro Histórico  

Disfrutaba del roce del sol en sus mejillas, mientras descansaba en una de las bancas de la Plaza Grande, donde se han gestado miles de historias. Caminar en las calles del Centro Histórico era parte de su rutina. Luego, Blanca Sánchez, una abuela riobambeña que migró a Quito en busca de un camino más próspero, volvía a su casa, en La Tola, y contemplaba esa gran familia que había construido: sus siete hijos y los nietos que iban creciendo de a poco.

Era una mujer creyente y en cada Navidad sonreía cuando la fotografiaban con una pequeña figura del niño Jesús en brazos. Su cabello castaño, su rostro, apacible, tierno, aparece con un pesebre de fondo en una imagen que hoy su familia atesora, a cinco meses de su muerte por la afectación del coronavirus.

Melissa Mera, nieta de Blanca y joven médica que atiende a pacientes covid-19 en primera línea en Quito, la recuerda así: como esa abuela amorosa que siempre la esperaba con un café en casa, con dos tazas de arroz con leche o su sopa favorita.

Hay días dolorosos en los que Melissa recuerda lo que Blanca le dijo días antes de morir: “Quiero que mi Melita me cure”. Entonces, la joven piensa y dice: “Yo no logro perdonarme… a veces siento que pude haber hecho algo más para salvarle la vida”.

Pero, en realidad, Melissa lo hizo todo. Los primeros síntomas del covid-19 en el cuerpo de su abuela aparecieron en julio. Blanca no salía de casa -apenas podía caminar porque tiene dos prótesis en su cadera luego de una caída a finales de junio- pero cuando presentó tos y malestar llamó a su nieta. “Yo le mandé un jarabe y paracetamol. No imaginaba que tenía coronavirus porque ella permanecía en casa y había pedido a mi familia que no la visitaran. Cuando fui a verla, ella ya respiraba con la barriga. Tenía lo que nosotros llamamos una insuficiencia respiratoria severa. Ahí comenzó mi desesperación…”, recuerda.

Melissa buscó oxígeno; no había. Llamó a clínicas, hospitales, pero todo estaba copado. En aquellos días, cuando el sistema sanitario de Ecuador estaba en su etapa más crítica y cientos de pacientes tenían que esperar en los pasillos de las casas de salud, la posibilidad de hospitalización para Blanca comenzaba a agotarse.

Su nieta no se rindió. En tiempo récord, la joven, de 27 años, logró que la reciban en una clínica privada ese mismo martes por la noche. Parecía que su abuela sobreviviría al covid-19 y mostraba mejoras. Sin embargo, la madrugada del viernes 17 de julio, Melissa recibió la noticia: Blanca había fallecido por un paro respiratorio.

No pudo llorar, no hubo tiempo para el luto. Su familia también estaba contagiada. “No pude enterrarle, no pude ni estar en la misa porque tenía que ver en donde recibirán a mis familiares. Hoy, que me he sentado a pensar, me doy cuenta de que no he logrado asimilarlo. No lo viví como debí hacerlo”, lamenta.

Melissa atiende esta entrevista después de su última guardia, en la que vio morir a dos adultos mayores por el virus. Cada día, cuenta, tiene que contarle a una familia que uno de los suyos ha muerto. “Y recuerdo que no son estadísticas, que, al igual que mi abuelita, ellos también tienen una familia, pueden ser los hijos, hermanos, padres o abuelos de alguien. Y el dolor es inimaginable”, dice.

Aunque no pudo despedirse, ‘Melita’ la tiene presente en los días buenos, en los recuerdos del abrigo tierno de una abuela. Con la voz quebrada, le dice: “Te amo muchísimo. Te extraño todos los días. Quisiera llamarte a decirte eso, que tú sabes cuánto yo te amo. Gracias por estar orgullosa de mí”.

Hay días de quiebres y dolor en sus hogares, de llorar en silencio, sin entender por qué. Sentarse en la cama, abrazar una fotografía y desempolvar videos, mutear por un minuto el ruido de la pérdida. No hay música, tampoco abrazos. Pero hay memoria, recuerdos y risas que no se van, que perduran el corazón de las familias, las remembranzas que sobreviven a la muerte.

Karol E. Noroña
Publicada en Derechos, Letras sueltas / Artículos, Novedades | Etiquetada como