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Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Jeanneth Cervantes Pesantes

Sin pedir perdón ni permiso

Mi reconocimiento como mujer lesbiana no fue violento, fue de lo más amoroso y acompañado. Me enamoré en aquel tiempo de una mujer que fue esa luz y ese cariño que una necesita para reconocerse. Fui acompañada por mi familia, amigas y amigos (incluso exparejas). Sé que no todas las historias son iguales y que es un privilegio haberlo vivido de esa manera: sin prejuicio y sin miedo, pero esto no me ha impedido activar la memoria para hablar de las mías.

Memoria por mi tío William, que jamás se casó, pero a quien vi sentir tristeza cuando un amor ingrato de otro hombre, se marchó casi casi sin despedirse. Jamás se dijo gay, pero un amor sodomita se rumoreaba. Murió portando VIH y la familia decía que fue cáncer para guardar las apariencias. Memoria por quienes han sido borradas y que avergüenzan de manera deshonrosa la tutela familiar.

Memoria para la peluquera de la calle Jota, al sur de Quito. Ella era una chica trans que alquilaba una pieza pequeña para así ahorrar y enviar dinero a su familia en otra ciudad, para que sus sobrinos más jóvenes pudieran estudiar. Ella sentía cierta fascinación por darme recomendaciones de amores, de idas y venidas en esos afectos, de cómo no dejarse estafar por los hombres en aquel tiempo en el que yo creía ser hetero.

Memoria por las trabajadoras sexuales trans que día a día sobreviven a la violencia estatal, social y del crimen organizado que no da tregua. A ellas que habitan ciudades que son cada vez más perversas con sus cuerpos porque las torturan y las matan. A ellas que de manera seguida levantan campañas para reunir dinero y que sus muertas al menos tengan un sepelio digno. A ellas que dan nombre a cada estadística fría de la crónica roja. Memoria por ellas.

Memoria por las viejas, por las trans, por las lesbianas y por todas las mariquitas que exigen trabajos dignos; por aquellas que no tienen seguro social o una jubilación, por las que exigen al Estado sus derechos luchando día a día por ser visibles. Por las que llevan en su cuerpo las enfermedades de los años y de los malos tratos y para quienes es un privilegio acudir a una cita médica.

Memoria por aquellas a las que sus familias las internaron en clínicas de tortura que falsamente ofrecen “deshomosexualizar”, por aquellas que han sobrevivido a la tortura física y psicológica. Memoria también por las siguen desaparecidas porque que fueron internadas en contra de su voluntad en alguno de esos centros de tortura.

Memoria por las que aún están encerradas en sus casas, en sus entornos familiares, viviendo violencia por su orientación sexual y buscan rendijas para escapar y sobrevivir.

Memoria por todas las que son víctimas de un Estado indolente, de una sociedad intolerante y de un crimen organizado que van perfeccionando formas de discriminación, odio y muerte.

Hoy, por ellas, porque no nos basta con el discurso de inclusión y con “el amor es amor”, no nos basta con un pride de brillos y algarabía si no miramos las condiciones de las otras. Retomar el más ofensivo de los sentidos del Pride, el orgullo y la soberbia de no aceptar este mundo tal y como nos lo presentan. Somos el pecado capital y no nos basta con que el Estado apruebe nuestras existencias y emita permisos para marchar. En tiempos como estos, particularmente como estos, que nuestro acto de rebeldía sea seguir existiendo sin pedir perdón ni permiso.

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Autoras

Jeanneth Cervantes Pesantes

Editora de la revista digital feminista: La Periódica. Asesora de comunicación con enfoque en violencia, género, derechos sexuales y reproductivos. Feminista apasionada por la encrucijada digital.