Lía Burbano

Lía Burbano, guayaquileña de 48 años, activista de la Fundación Mujer a Mujer.


Fotografía: Juan Manuel Ruales

Lía Burbano, guayaquileña de 48 años, es activista de la Fundación Mujer a Mujer. Ella recuerda cómo era el Guayaquil de los tiempos de la penalización de la homosexualidad. Cuenta que habían lugares clandestinos de encuentro, no muy visibles, que funcionaban pasadas las 12 de la noche, hora en la que las compañeras trans podrían salir con sus trajes, y los hombres gay, ser amanerados libremente.

Así como en Quito, en Guayaquil las batidas también eran frecuentes. “No era posible ser lesbiana en ningún otro sitio que no sea el privado”, recuerda Lía. La estrategia para no ser detenidas en las batidas era que en los ‘bares de ambiente’ se recibía a hombres y mujeres, y cuando prendían las luces se cambiaban de parejas, de modo que la Policía encontraba un ambiente heterosexual.

Quienes venían de sectores populares tenían más dificultades, no era sencillo tener espacios de divertimento. Habían sitios exclusivos para personas LGBTI de clase alta, a los que solo entraban quienes pertenecían a esos círculos,eran lugares con seguridad y la entrada era exclusivamente con invitación.

Lía descubrió a sus 15 años que le gustaban las chicas. Se enamoró y no pudo compartirlo con nadie. Recuerda su adolescencia como una de las etapas “más tristes” de su vida,descubrió el amor pero también el silencio y la clandestinidad. La vergüenza por amar a alguien de su mismo sexo se apoderó de ella, tenía miedo de decepcionar a su familia o de ser rechazada en su colegio. Presenció las burlas a un compañero que no era gay, pero era amanerado, y a una compañera fuerte, masculina que le decían marimacha. Temía que también se burlarán de ella si sabían que era diferente.

Prefirió vivir sin mencionar “ciertos asuntos” de su vida personal y así evitar preguntas incómodas o que cuestionen, incluso, su trabajo como educadora. Descubrió ese lugar donde podía ocultar sus miedos, pero también esa realidad que solo ella conocía: “el clóset”.

En los años 80, la palabra ‘lesbiana’ no era conocida por Lía. Ella no imaginó que podría haber convivencia afectiva y sexual, tal como tenían su madre y padre, entre dos mujeres. Simplemente se descubrió diferente.

En 1989, a sus 20 años, sintió su vocación e ingresó al convento de Las Marianitas, quería ser monja. Allí tuvo su primera experiencia sexual con una mujer. Para ella fue terrible escuchar que no entraría al Reino de los Cielos por ser homosexual, lloró, se aplicó silicios, se arrodilló y pidió perdón. Su pareja de aquel tiempo era otra novicia, quien viendo el sufrimiento de Lía, le preguntó qué pasaba, ella angustiada le dijo: “¿¡no te das cuenta que no vamos a ir al Reino de los Cielos?! ¡Somos unas pecadoras!”. Su pareja empezó a consolarla, se besaron e hicieron el amor. Ahí terminó el sufrimiento, y entre risas cuenta que no fue el fin de su vida,“¡gracias a Dios!”

Finalmente, fue expulsada del noviciado por ser lesbiana. Siente que la Iglesia se perdió de alguien que podía aportar mucho, y todo por no comprender el amor entre mujeres. Ella cuenta que quería cambiar la Iglesia pero que se asustaron al ver una novicia irreverente que no obedecía ciegamente, pero tenía fe.

Lía desconocía que la homosexualidad era penalizada de cuatro a ocho años de cárcel, según el inciso 516 del Código Penal que hasta 1997 estuvo vigente. En 1997,tuvo un bebé, y en aquel entonces sostenía una relación de más de cinco años, una casa y su hijo. No importó que la homosexualidad sea penalizada, las personas se seguían amando y tomando decisiones independientemente de eso. Afirma.

Hoy en día es activista por los derechos LGBTI y todo lo aprendido ha fortalecido su espíritu libre y rebelde. Ama desde la disidencia y apoya a que más personas de la comunidad puedan hacerlo libremente.

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Última modificación: 18 de noviembre de 2017 a las 03:16

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