La bañera de un fiscal · 15/11/2017

La bañera de un fiscal

Un fiscal quiere encarcelar a Ana, mujer negra que ha abortado en medio de la pobreza.


El fiscal Rodríguez, interpretado por Gonzalo Estupiñán.

Se le nota que algo le carcome las entrañas. Sentado en un inodoro, suda y exhala como si no hubiese absolutamente nada más en el mundo, solo sudor y aire. Con brusquedad se toca el vientre y después empieza a contar una parte de su versión del caso de Ana Cárdenas. Toma las hojas de otros procesos y se las mete adentro de su pantalón en un gesto que podría simular la limpieza después de la deposición, como a quien no le importa que la vida de las personas, muchas veces, esté en vilo por un proceso judicial.

El fiscal Francisco Rodríguez (Gonzalo Estupiñán) es el protagonista de ‘La Bañera’, obra dirigida y escrita por Alicia Lax Noguera (seudónimo de Pablo Tatés Anangonó). Su único objetivo es que Ana Cárdenas, mujer negra en situación de prostitución y empobrecimiento, no tenga una sentencia favorable al ser acusada de parricidio [1] por un aborto de 10 semanas de gestación en un centro de salud de Quito. Se estrenó el pasado 15 de septiembre en el Estudio de Actores y estará hasta el 7 de octubre, fechas que coinciden con este mes de jornadas feministas latinoamericanas por la despenalización del aborto y que se divulgan en redes sociales virtuales con la etiqueta #AbortoLegal #UnGritoGlobal.

En este nuevo unipersonal de Pablo Tatés, el formato teatral que más ha puesto en escena el director y actor quiteño, se juegan –desde el trabajo actoral de Gonzalo Estupiñán– algunos temas que tocan la médula de nuestra sociedad: la misoginia, el racismo, la corrupción, la violencia institucional y la de género. Rodríguez encuentra un aliado en el abogado que lo acompaña en el caso: el silente Martínez; su representación y la relación entre los dos funcionarios susurra al público el modo de actuar de la sociedad frente a estos temas tan violentos y, en especial, da pincelazos sobre la construcción de la masculinidad predominante. Ahí está uno de los puntos más sólidos de la obra: poner en escena un tema que pasa por la decisión de las mujeres desde la voz y el cuerpo de un hombre. Un riesgo que corren Lax Noguera y Gonzalo Estupiñán.

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Foto: Miro Aguilar Villamarín.

¿Por qué tomaste esa decisión? “Por inútil”, se ríe el director, “… es algo para lo cual no estoy preparado. Escribir desde la lógica de la mujer y desde una lógica de marginación, también desde una lógica de maltrato, de situación de prostitución… se puede, pero llevando un proceso de investigación, un trabajo muy fuerte y largo”. Con los dados sobre la mesa, pues el tema es bastante complejo, el actor y quien dirige la obra crean un vehículo para denunciar la dimensión de la violencia cuando esta viene desde el Estado y en cuerpo masculino. Las luces, la música, el actor –con sus movimientos, su discurso y sus intercambios con otros personajes– y la escenografía, incluyendo todo lo que se quiere opacar detrás de una cortina, se compactan para dejar clara esa voz de denuncia; que por momentos puede resultar bastante provocadora, incómoda y corrosiva.

Si bien vemos al fiscal Rodríguez y a otros personajes, es muy interesante el momento en que Ana puede aparecer. Si el público se conecta con esos cuarenta y cinco minutos fugaces de La Bañera se sorprenderá cuando la mujer –por la que este abogado nos muestra su comportamiento cotidiano, a qué responde este y cómo llegó ahí– irrumpa en el espacio. El recurso que devela a la humilde trabajadora nos arroja a un vaivén de emociones, porque no es nada fácil conocer sus circunstancias. Y quizá también porque no es nada fácil saber que todos los días muchísimas mujeres en Ecuador y Latinoamérica atraviesan situaciones similares a las de Ana; en el país y hasta junio de este año 184 mujeres estaban enjuiciadas por haber tomado esa decisión, según cifras de la organización Surkuna. De hecho, el texto de la obra está basado en la historia de una mujer que el director conoció en una de sus facetas de periodista, hace cinco años.

Lo único que puede romper la unidad de La Bañera es una de las condiciones corporales del fiscal, cierta deformación que quizá cae en el lugar común de la figura del desviado. Esa figura que termina siendo fácil de odiar y señalar y que no ha permitido ver la complejidad sobre cómo están integradas las violencias y que estas no suelen responder a los estereotipos. Sin embargo, esa característica –bien sostenida por Gonzalo Estupiñán– bien puede hablar sobre cómo se ve a ciertas personas en cuanto a lo que muestran, lo que hacen y su relación real con el poder; si tomamos en cuenta que nuestros rasgos físicos nunca bastan para decir quiénes somos. En este punto solo es el público quien decida cómo interpreta aquella condición.

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Foto: Miro Aguilar Villamarín.

Para el director su nuevo unipersonal “es una indagación…, es una forma de abrir diálogos”. No considera que sea su última palabra sobre los distintos temas que se deshilvanan, pues lo que representa la obra “no está escrito en piedra”. En ese sentido, es muy interesante asistir a la indagación teatral de estas problemáticas desde la misma puesta en escena de La Bañera, una obra que no puede pasar desapercibida; mucho más en este tiempo en que se están removiendo las maneras de percibir estas realidades que nos tocan a todas y todos.

[1] Antes de la reforma del Código Orgánico Integral Penal en el 2014, las mujeres que eran procesadas por haber abortado eran acusadas de parricidio; un número realmente bajo si se toma en cuenta la alta incidencia de la práctica en el país, aunque no hay cifras oficiales de las mujeres que fueron privadas de su libertad por abortar antes del 2014. La sanción contemplaba la reclusión de la mujer de 16 a 25 años.

Ficha Técnica
Actuación: Gonzalo Estupiñán
Dirección, dramaturgia y escenografía: Alicia Lax Noguera (Pablo Tatés Anangonó)
Teatro Cimarrón

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Pablo Tatés Anangonó. Foto: Miro Aguilar Villamarín.

Última modificación: 15 de noviembre de 2017 a las 20:45

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