Y, el banquete continúa…
Se aprende a administrar la violencia.
Aprende a silenciarse.
Se repite. Se encadena. Se vuelve rutina.
Y la rutina exige silencio para no interrumpirse.
Así vivimos este ciclo inacabado en este pedazo de tierra llamado Ecuador. Asistimos a matanzas carcelarias que ya no provocan asombro alguno. “Algo habrán hecho”, “se lo merecen”. Más de uno lo repite, una y otra vez, convenciéndose de que ese es el lugar correcto para que ahí —en esas cloacas construidas con impuestos “ciudadanos”— se encierren y se lapiden cuerpos. Donde la muerte se teje como una constante y se resguarda...