Hace poco estuve en un encuentro con familiares de personas desaparecidas. En este espacio se impartieron talleres para que las familias puedan compartir sus experiencias y aprender de primera mano de una madre buscadora que llegó desde México para contar su experiencia, enseñarnos lo que ella ha aprendido durante los años y conversar con las familias que buscan a sus desaparecidos en Ecuador.
Durante el taller, ella dijo algo que no es nuevo para mí y quizá para quienes me leen tampoco: la mayoría de personas buscadoras son mujeres. Y sí, quienes buscan a las personas desaparecidas mayoritariamente son sus madres, hermanas, abuelas, primas, esposas, hijas, tías y hasta las vecinas. Las mismas que se encargan de preservar la memoria y narrar las vidas de quienes han sido olvidados intencionalmente por el Estado, la sociedad y no constan en las cifras estadísticas oficiales.
¿Por qué las búsquedas recaen mayoritariamente sobre las mujeres?
Porque cultural y socialmente se ha impuesto sobre los hombros de las mujeres la responsabilidad de los cuidados familiares (alimentar, bañar, acariciar, proteger, abrazar, escuchar, aconsejar y mil cosas más que a veces pasan desapercibidas en desmedro de quien las brinda y favor de quien se aprovecha de esta forma de explotación capitalista), frente a esto, son ellas quienes mantienen la memoria viva de sus familiares, quienes se niegan a olvidarlos y se ven obligadas a organizar y liderar las búsquedas porque a menudo el Estado no cumple —o más bien en muchas ocasiones no le interesa cumplir— con el deber de brindar personal de búsqueda y destinar recursos para localizar a las personas desaparecidas y aquello constituye otra forma de violencia contra las mujeres y quizá lo que aquí estoy diciendo no es nuevo, aún así, es importante traerlo a colación y ponerlo en discusión.
En Ecuador la cifra de personas desaparecidas crece cada día, y se ha agravado tras la declaratoria infundada del conflicto armado interno, la violencia Estatal y el avance del crimen organizado. Según datos de la Fiscalía General del Estado, el primer año de la declaratoria del conflicto, las denuncias de abusos ejercidos por militares, policías y otros funcionarios públicos se incrementó. En 2023 se registraron 52 denuncias por el delito de tortura, mientras que en 2024 ascendieron a 195. Las ejecuciones extrajudiciales pasaron de 9 a 19, las extralimitaciones en la ejecución de un acto de servicio pasaron de 118 a 272. Mientras que, las desapariciones forzadas en manos de agentes estatales pasaron de 12 en 2023 a 26 en 2024. Sin embargo, a partir del testimonio de familiares, el Comité Permanente para la defensa de Derechos Humanos de Guayaquil (CDH) denuncia que son al menos 43 las personas desaparecidas de manera forzada como resultado de operativos y allanamientos irregulares por parte de los militares. Esto, sin contar las desapariciones involuntarias, aquellas en las que no existe la participación de agentes estatales, aquellas que cobran las vidas de los adolescentes víctimas de reclutamiento. Sin embargo, ambas constituyen una grave violación de los derechos humanos y el Estado debe desplegar los recursos necesarios para las búsquedas y la prevención de las desapariciones.
En el país, el gobierno de Daniel Noboa decidió “enfrentar” los problemas de seguridad pública haciendo uso del despliegue masivo de las Fuerzas Armadas en gran parte del territorio ecuatoriano, sobre todo, en las provincias de la Costa. Esta estrategia, que el presidente llama “Plan Fénix” —que más bien responde a un proyecto necropolítico, guerrista— se sostiene en los constantes estados de excepción acompañados de toques de queda que siempre son un fracaso para resguardar el bienestar pero son exitosos para mantenernos en estado de shock constante y zozobra permanente para después legitimar actos tan crueles como las desapariciones de niños, niñas y adolescentes negros y afrodescendientes como fue el caso de Ismael, Josué, Nehemías y Steven, los cuatro niños de Las Malvinas desaparecidos en manos de las Fuerzas Armadas, torturados y asesinados el 8 de diciembre de 2024. En nombre de la mal llamada guerra contra el “terrorismo” se han desparecido y asesinado a jovenes y hombres negros como Ángel, Jhonier, Ariel, Nevil (encontrados sin vida) y hay familias quienes continuan sufriendo la ausencia de Edwin, Bruno, Fardi, Romario, Josué, Cirilo, Luis, Jefferson, Oswaldo, Jordy, Dave, Juan, Jairo, Justin, Julio, Dalton, Cristina, Óscar, Jonathan, Maicol, Jahayra, Dario, Elian, Miguel, Francisco, Jorge, Jason, Fabricio, Miguel, Bryan, Kleiner, Carlos, Jonathan, Kevin, Víctor y muchos que a los cuales aún no se nombra.
La militarización de las calles, barrios y ciudades en Ecuador ha legitimado a las fuerzas militares —y no militares— a “combatir” al enemigo interno que amenaza la seguridad nacional y como consecuencia de aquello, se ha implantado la peligrosa idea de que las personas desaparecidas, torturadas y asesinadas “merecían” ese destino porque eran, “delincuentes de quienes debíamos protegernos”. Y así, las mujeres que buscan no solo tienen que lidiar con el peso de la desaparición, sino con el estigma que se genera alrededor de su familiar, la persona desaparecida. Al parecer, no son suficientes las noches de llantos eternos, sin dormir, el dolor en el pecho, la desesperación de querer respuestas, las ganas de salir corriendo, la carga emocional, psicológica y económica que supone una desaparición. Además, deben buscar estrategias para limpiar el nombre de su familiar desaparecido y generar argumentos alrededor de por qué nadie NUNCA merece ser desaparecido y que si alguien ha cometido un delito existe el debido proceso, donde la desaparición forzada no es una opción. Y no suficiente con eso, viene después la culpa: sentirse culpables por aquellas desapariciones, porque la sociedad les hace creer que fue su culpa como mujeres, que no fueron tan buenas madres, que no cuidaron lo suficiente, que algo hicieron mal y la desaparición es la consecuencia esperada. Sí, eso hace la cultura patriarcal y misógina: instaurar la culpa como mecanismo de dominación y silenciamiento.
Al parecer se ignoran todas las emociones que conllevan buscar a un familiar desaparecido y lo que para las mujeres significa rastrear huellas, sin más herramientas que el anhelo de respuestas, sin preparación previa porque nadie está lista para afrontar algo tan lamentable y doloroso. ¿Quién te prepara para eso? Ellas buscan movidas por el amor y, al mismo tiempo, por el dolor y la rabia de no saber qué pasó. Realizan sus búsquedas mientras elevan oraciones y pedidos al cielo clamando una señal que les lleve hasta sus familiares desaparecidos. No dejan de pensar en dónde están y esos pensamientos muchas veces se sienten como martillazos en la cabeza y el pecho. A medida que pasan los días se preguntan sí están vivos, sí están muertos, sí comen, sí sienten frío o miedo al estar lejos de casa. Se aferran a los recuerdos y a la esperanza de encontrarles con vida.
Pese a esta crueldad, las mujeres están buscando a sus seres queridos sin que el Estado asuma su responsabilidad en la localización. Incluso enfrentándose al mismo Estado que en algunas ocasiones es cómplice de aquellas desapariciones cuando no busca de manera adecuada, porque deja a las familias a la deriva sin considerar los peligros que implica rastrear personas en contextos de militarización y violencia desplegada en distintos territorios por parte de grupos relacionados con el crimen organizado. Las desapariciones forzadas e involuntarias en la mayoría de los casos están relacionadas con el empobrecimiento, las desigualdades estructurales y la racialización, son estas las bases para legitimarlas y naturalizarlas. En el contexto ecuatoriano, los niños, adolescentes, jovenes, hombres negros y de sectores populares parecen ser el nicho perfecto para potenciar el discurso de quien sí y quien no es un objetivo militar o enemigo del Estado.
El racismo y el clasismo latente en este país salvajiza y deshumaniza a estos cuerpos para después someterlos a la humillación y la tortura y así, creer que merecían ser desaparecidos.
Las buscadoras —aquí y en países de Latinoamérica amenazados por estas graves violaciones de derechos humanos— y las familias que buscan viven con miedo, bajo la amenaza constante de no saber sí las búsquedas que se hacen traerán más consecuencias: ¿asesinatos?, ¿desaparición de quien busca?, ¿amenazas directas de los perpetradores?, ¿pérdidas de empleo?, ¿ausencia en la crianza de sus otros hijos e hijas?, ¿cansancio extremo, agotamiento mental, desarrollo de enfermedades crónicas, discapacidades, la muerte de la buscadora?
Adicionalmente, las mujeres que buscan a sus seres queridos tienen que hacerse cargo de la responsabilidad de cuidado y sustento de sus familias, de sus otros hijos e hijas, de personas con discapacidad, personas adultas mayores o con alguna enfermedad terminal, todo esto, en ausencia de sus seres queridos. ¿Acaso eso no representa otra forma de extrema violencia? Tener que enfrentarse a un sistema punitivo, violento y racista que constantemente las somete a litigios extremadamente cansados, extensos y revictimizantes con el fin de silenciarlas, pero ellas se resisten.
La carga de buscar a un familiar desaparecido constituye otra forma de violencia en contra de las mujeres, una forma de tortura y frente a ello, el Estado es responsable y tiene la obligación de responder y de proporcionar a las familias reparaciones, trabajar en la prevención y erradicación de estos actos tan crueles. Con esto, hago un llamado a pensar(nos) y poner nuestra mirada y reflexiones sobre la violencia que significa una desaparición.
El dolor que significa la ausencia de un ser querido, de atravesar el duelo de una pérdida sin cuerpo, las formas de búsqueda tan indignas: buscar en barrancos, entre la basura, los matorrales, morgues, cárceles, hospitales, las fosas; remover la tierra mientras tiemblas de miedo porque no sabes con qué te vas a encontrar. Caminar con preguntas que nadie quiere responder, lidiar con el silencio ensordecedor. Resignarse a que mientras pasa el tiempo las posibilidades de encontrarles con vida son casi nulas.
Quiero que quienes leen esto imaginen, por un instante, lo que significa buscar a un ser amado mientras la vida sigue su curso, enfrentando un sistema que te trata como un número más que con el pasar del tiempo quedará en el olvido.
Autoras
Mishell Mantuano Cabezas
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