Pie de foto: Melany Guaramag, integrante del semillero de guardias de la Guardia Indígena Sinangoe, posa para un retrato durante el Segundo Encuentro de Guardias Indígenas en Cotopaxi, Ecuador. Foto de: JHORDAN ANDI. Octubre 04, 2024. Relatos en Territorio Amazonía con el apoyo de Catchlight.
Un grupo de mujeres amazónicas captan su realidad en imágenes y videos con su visión y cosmovisión. Relatos que proponen una narrativa construida desde la autorrepresentación, donde la fotografía se convierte en una herramienta para el intercambio de saberes, la preservación cultural y la protección de la Amazonía.
Morelia Mendúa, de la comunidad A’i Cofán de Sinangoe, recuerda “que sabía llegar gente de afuera para sacar registros que se llevaban y nunca dejaban”. Se refiere a personas extranjeras que se acercaban a su territorio para hacer fotografías o videos que la población nunca volvía a ver. “Nosotras somos de ahí y podemos contar más de lo que somos. Una persona de afuera no puede contar igual que nosotras. Con el conocimiento que nos dieron, estamos narrando como indígenas Cofanes, Siona y Siekopai. Creo que eso es más importante”, continúa Morelia.
Ella y otras mujeres indígenas defensoras de ocho millones de hectáreas de selva de la Amazonía norte de Ecuador formaron parte del programa educativo de fotografía y storytelling ‘Relatos en Territorio’, en su cuarta edición. Aprendieron sobre imagen, narración visual y autorrepresentación para fortalecer las redes de creadoras y artistas indígenas-comunitarias. En una sala del museo del Alabado, en Quito, seis mujeres amazónicas se reunieron para ver la exposición de su trabajo que resultó en tres ensayos fotográficos colectivos, uno por comunidad, y cuatro diarios visuales personales.
Las mujeres que se formaron como comunicadoras comunitarias registraron y registran las luchas, la vida cotidiana y los procesos de defensa de la selva y sus ríos. Quieren narrar y documentar los territorios desde su propia mirada. “Lo que me contaba mi abuelito, lo tenía guardado en mi memoria, pero no en imágenes. Entonces ahora yo cuento en imágenes lo que él me sabía contar”, dice Morelia con orgullo y emoción. Ella vive en la comunidad de Sinangoe, que se encuentra cercana a la frontera con Colombia y al Parque Nacional Cayambe-Coca. Está rodeado por los ríos Cofanes, Aguarico y Condué.
Las amenazas que acechan este pedazo de tierra son la Hidroeléctrica Coca Codo Sinclair, la minería ilegal, la tala y la caza furtiva. Ella fue parte de ‘Relatos en Territorio’ y es integrante de la escuela de comunicación ‘Gente de Río’ impulsada por Alianza Ceibo y Amazon Frontlines para visibilizar estos problemas. “Yo sabía cómo tomar fotos, pero no sabía contar historias. Ahí fui viendo que es importante aprender de comunicación y cómo defender el territorio con ese conocimiento”.
Daris Payaguaje es una mujer alta, con una cabellera abundante y lleva unos aretes de plumas rojas y blancas. Ella vive en la comunidad Aboquëhuira y pertenece a la nacionalidad Siona del Ecuador, también es parte de la escuela ‘Gente de Río’. Con actitud jovial y relajada, comenta que empezaron cerca de 40 mujeres y se quedaron siete de diferentes nacionalidades. “Nosotras plasmamos las historias que nuestros abuelos nos han dejado y es un aprendizaje para preservar la memoria porque las generaciones que vienen pueden perderlo todo”. La escuela de comunicación lleva cuatro años de formación. “Si yo no hubiera conocido esta herramienta, se hubiera perdido mucha memoria porque no hay nadie de mi nacionalidad que haya aprendido esta área de comunicación y estoy plasmando estas historias todo el día para que se pueda archivar, podamos tener ayuda y mostrarlo a las generaciones que vienen para sobrevivir a cosas como el colonialismo”.
El grito de una bebé de casi dos años de edad interrumpe la conversación. Entre risas, las mujeres dicen que la pequeña también quiere ser escuchada. Es la primera hija de Milena Piaguaje, una joven madre de nacionalidad Siekopai de la comunidad Siekoya Remolinos, donde se habla la lengua pikoka. Ella es parte de “Gente de Río” e integra la guardia de su comunidad, la última que sigue resistiendo a las actividades extractivas en la zona, el ingreso de maquinarias que deforestan el lugar y el paso de las gabarras que ahuyenta a los peces del río Aguarico. Con recorridos constantes en su territorio, hombres y mujeres cuidan la selva que rodea su hogar y hablan directamente con los desconocidos que transitan por la zona para pedirles que se retiren. “Como mujeres”, menciona, “llevamos todo el proceso de la sucesión y he participado en varios espacios de algunas organizaciones de mi comunidad sobre la lucha del territorio, acompañando a hacer fotografías y videos. Mi hija me acompaña a todos lados”. Muchos de sus retratos muestran cómo vive la maternidad.

Los retratos también son una fuente de memoria de sus tradiciones y cultura. Yadira Ocoguaje es ceramista y para ella, el agua es esencial en su comunidad no solo para la subsistencia. “Como yo trabajo con arcilla, para las mujeres y las familias Siekopai, es muy importante tener agua porque cuando tenemos buen estado del agua, también tenemos buena arcilla y donde hay buena arcilla, el estado de la selva es sano”. Cuenta que para su cultura todo es un complemento, tanto el agua, la tierra, la selva, todo está conectado. “Nuestros abuelos siempre dicen que dentro del agua habitan seres espirituales, que solo se puede ver a través de la medicina del Yagé o Ayahuasca. Y desde esa visión, desde esa forma de conexión con el mundo espiritual, nos ha ayudado a sobrevivir en este mundo occidental”.
Mantener prácticas como el ritual de la menstruación se ha convertido en un reto. “Para nosotras las mujeres es un tiempo sagrado para revisarnos a nosotras, escuchar nuestro cuerpo. En ese momento trabajamos en crear ollas de barro, aretes, manillas, utensilios de la cocina, todo eso es un espacio de la mujer. En nuestra cultura, antiguamente, las mujeres cuando estaban en menstruación no cocinaban, no iban a la chacra, porque nuestra energía es súper fuerte y los bebedores del yagé decían que es un choque porque ellos también sienten esa energía, por eso cuidamos ambos lados, a los hombres y a nosotras. Mi papi toma bastante yagé y yo le pregunté qué siente cuando una mujer está en menstruación. Me respondió: me marea la cabeza, me sale sangre, hasta puedo oler. Me dice que hay dos tipos de shamanes, uno bueno y uno malo. El bueno puede oler como cuando recién está floreciendo y al oler, está cortando la energía a la mujer y ella puede morir. Otros huelen como algo malo, no les agrada, entonces por eso hay que cuidarnos. Y después de la menstruación viene un ciclo del ritual, un baño de purificación. Nosotras siempre nos bañamos en el río con todo tipo de hierbas aromáticas, con flores. Eso ayuda a salir a este ambiente para compartir con los demás. Pero actualmente ya no hay ese cuidado de la mujer porque muchas veces tenemos que salir a trabajar, nos toca hacer varias actividades, también por el cambio del territorio, muy pocas de las familias practican eso”, menciona Yadira.
El parto es otro momento sagrado de su cultura. “En esta etapa igual tenemos esa energía súper fuerte y hay un choque con los hombres. No un choque machista, sino un choque de energía, porque los bebedores de yagé sienten esa energía, tenemos esa conexión fuerte. Y es por eso hay un cuidado mutuo. Actualmente ya no hay porque han habido cambios desde la conquista de los españoles, desde la evangelización, toda esa forma de ver es un cambio totalmente ajeno a lo nuestro. Han habido cambios en todas las nacionalidades. Y eso nos ha hecho adaptarnos a nuevas realidades”, añade Yadira.


Pie de foto: Izq. Elizabeth Noteno, participante de los talleres Relatos de Territorio, posa para un retrato en la comunidad de Sinangoe, Ecuador. Foto de: Celia Tupuy, Guardia Indígena Kuirasundekhu, comunidad A’i Cofán de Sinangoe, Ecuador. Octubre 08, 2024. Relatos de Territorio Amazonía con el apoyo de Catchlight. Der. Elsy Alvarado, integrante de la Guardia Indígena Yuturi Warmi, sostiene piedras del río Jatun Yaku en la comunidad de Serena, Ecuador, como parte de la defensa de su territorio frente a proyectos mineros. Foto de: Elva Tanguila, Guardia Indígena Yuturi Warmi, comunidad de Serena, Ecuador. Julio 27, 2024. Relatos en Territorio Amazonía con el apoyo de Catchlight.
La defensa que lideran las mujeres parte desde el cuerpo y su relación con el río y el territorio porque lo sagrado de la menstruación, el parto y la naturaleza también se vio afectado por la contaminación de “las empresas extractivas, que son petroleras, palmicultoras, todo eso también nos cambia esa conexión que teníamos antes con la selva, con los seres espirituales, con el agua”. Yadira cuenta que los cambios externos del mundo occidental van modificando su forma de vivir, invisibiliza el rol de la mujer y ya no hay complementariedad con los hombres. Los cultivos de palma, que luego derivan en el aceite utilizado en productos ultraprocesados como papas fritas de bolsa, representan una amenaza para las comunidades amazónicas porque usan grandes cantidades de agrotóxicos y fertilizantes que contaminan los ríos, suelos y afectan la salud de las personas.
A pesar de las amenazas que enfrentan, tratan de equilibrar estos cambios con organización. “Yo trabajo con las 26 mujeres de la asociación Keñao que moldeamos el barro y hablamos sobre temas como el cuidado de la mujer, como ser tomadas en cuenta en las reuniones, en los espacios políticos y toma de decisiones. Actualmente lo que queremos como asociación de mujeres es ser parte de ese proceso de lucha, del cuidado del territorio, de la mujer, en toma de decisiones, también ser lideresas, alzar nuestra voz, ser escuchadas en esos espacios y también crear nuestras memorias en barro para que también sean un puente de ingresos para sustentar económicamente a nuestras familias”.
Las mujeres también cuentan la defensa del territorio a través del lente. Morelia también forma parte de la guardia indígena de Sinangoe, un colectivo comunitario de la nacionalidad A’i Cofán en la Amazonía ecuatoriana que protege su territorio ancestral de aproximadamente 64 mil hectáreas con recorridos permanentes de vigilancia del río y la selva. “Cuando inicié la formación en la guardia, había más hombres que mujeres. La primera mujer que inició y abrió el camino para otras fue Alexandra Narváez. Desde ahí, fueron entrando más mujeres”, cuenta Morelia y agrega: “Hay mujeres que todavía piensan que no pueden, toca darles ánimo porque somos capaces”. La primera vez que fue a una expedición, no tenían ropa ni botas adecuadas. Ahora ya cuentan con estos implementos. “Ahí fui conociendo el territorio, la guardia y la comunicación. Tenemos una cámara para hacer fotografías y videos. Siempre nos reunimos para acordar acciones con toda la comunidad”.
En una reunión comunitaria se dieron cuenta de que estaban perdiendo las costumbres y el idioma y decidieron formar a las nuevas generaciones mediante la guardian infantil Chipiri Kuirasunde’Khu, donde niñas y niños aprenden a defender su cultura y la selva. “Yo me siento muy orgullosa porque mi hija de siete años ha aprendido muchas cosas. Mi hija no habla el idioma porque nosotros salimos a estudiar afuera y nos discriminaban por no hablar español y yo no quería que mi hija sufra lo mismo, pero fue un error. Por eso, le estoy enseñando ahora nuestra lengua. Ahorita estoy dando todo en mi idioma porque a veces podemos vestirnos con nuestros trajes pero si no podemos hablar, no somos nada”.
La conexión con el río
Durante los talleres en territorio, Johis Alarcón, directora y coordinadora general del proyecto, trabajó con cámaras desechables, celulares, dron y cámaras profesionales. Una de las preguntas guía sobre la historia personal de las participantes fue sobre la relación que tenían con su territorio y su historia personal. Hicieron mapas del territorio que se trabajaron en base a cuatro preguntas: ¿Qué defiendes? ¿De qué lo defiendes? ¿Cómo lo defiendes? ¿Quiénes lo defienden? ¿Por qué y para qué?
“Si ustedes se fijan en los mapas van a ver que están acorralados los tres territorios. Están en medio de grupos armados, porque la mayoría están viviendo con temas fronterizos, y en medio de procesos extractivos y no es una población tan grande”, comenta Johis.

La conexión con los ríos donde habitan las mujeres de las diferentes comunidades fue el fundamento que guió, igualmente, el encuentro en el museo del Alabado. Lilian Calapucha, de la comunidad kichwa de Serena, cuenta entre lágrimas e indignación que “el río no solo es agua, sino también fuente de vida, alimento y memoria. El río también transmite enseñanza, respeto a los abuelos, el territorio y sabiduría ancestral. Yo veía como mi abuelita iba al río a estar lavando el oro mojada las piernas y se me rompía el corazón porque yo decía por qué no puedo ser grande y yo darle la plata a mi abuelita y que no pase esto. Y ahora, todo depende del oro que está entrando a dañar nuestros ríos”.
Joselyn Andi, es de la comunidad Meo, cercana al parque Nacional Cayambe – Coca, pero iba a la comunidad de Sinangoe con su abuelo. Él le contaba que en el río Aguarico había una boa y que cuando tomaba Yagé se conectaba con el animal. Llevaba a otros jóvenes a tomar la medicina y ellos lograban ver a la boa que aparecía en forma de anciano. “Pero en este tiempo, mi abuelito puede conectarse, pero los jóvenes ya no pueden pegarse con los animales sagrados porque no estamos cuidando. Tenemos que estar sanos, limpios para poder conectarnos”.
Yadira habló de los ríos Concaya y Ucuya. Concaya significa río que habla. Ella contó los recuerdos que le traía de su infancia cuando recorría por meses junto a sus abuelos estas vertientes. “Actualmente este río Concaya está contaminado por las empresas palmicultoras porque todos los desechos que producen se van por el río. Ya no hay los peces que yo consumía cuando era niña. El río ya no tiene vida. Los ríos son nuestro origen para la nacionalidad Siekopai, ahí nacimos, ahí quedaron los huesos de nuestros abuelos, la sangre que derramaron cuando dieron a luz a nosotros, ahí quedó. Para mi estos ríos son de resistencia, porque viven a través de nosotras, a través de lo que hablamos en diversos espacios”.
Ira, indignación, impotencia y tristeza llenaron la sala del museo donde se llevó a cabo el taller. Fue una respuesta de las seis mujeres que se reunieron a recordar las experiencias que marcan sus vidas frente a la magnitud de la devastación en sus territorios. Entonces, una melodía entonada por Yadira juntó todas las experiencias contadas sobre las fuentes hídricas. Con sonidos que cada una de las asistentes le puso a los ríos que marcaron sus vidas, la canción cobró más fuerza. El canto llegó como un abrazo que reconfortó las emociones que surgieron en el encuentro.
“Hermanos, familiares, amigos, esto está dedicado al río. Resiste un poco más porque hay todavía niños. Los niños tienen que nadar todavía en esos ríos, andar por los ríos, ser más conscientes para que el agua sane. Porque los ríos tienen que seguir bañando. Resiste”.
Mientras la melodía sonaba, Lilian Calapucha iba pronunciando una por una la palabra que cada mujer imaginó que los ríos les decían. Tráele a tu hijo… resiste un poco más… ayúdame a que no me contaminen… ámame… estemos unidos… unámonos para resistir… cuídame… les extrañamos… como ha cambiado todo… Se mencionaron los lugares donde el río conectaba con sus cuerpos: te siento en mis pies, en mis manos, hombros, voz, corazón, mente, en todo el cuerpo, mis sueño y en todo tu cuerpo.
Frente a las enormes adversidades que enfrentan los pueblos y nacionalidades, las acciones de estas seis mujeres y de sus comunidades se vuelven un motivo profundo de esperanza. Cada día luchan por cuidar su hogar, la selva, y sueñan con que sus hijos puedan vivir las mismas alegrías que ellas experimentaron en esos ríos. Quieren recuperar la memoria de sus ancestros, fortalecerla, y al mismo tiempo aprender nuevas habilidades para seguir defendiendo la vida.
En el encuentro, hubo momentos cuando las voces se cortaron y las lágrimas fluyeron, pero también abundaron las risas, la complicidad y el abrazo colectivo. En esa mezcla de emociones se mantiene encendida una lucha común que no se apaga, una llama que sigue viva y busca, con creatividad y ternura, nuevas formas de transformar la realidad.
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