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Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Jeanneth Cervantes Pesantes

Imagen de la indolencia estatal en tiempos de impunidad

Portada: 8 de diciembre de 2025. Exteriores de la Fiscalía General del Estado, Quito. Foto: Ramiro Aguilar Villamarín

¿Una imagen vale más que mil palabras…? Las redes sociales y esta sociedad del ver —del ver imágenes espectaculares, amplias tomas desde drones, estilos de vida que provocan anhelos consumistas y una perfección estética deshumanizada— han desplazado muchas nociones auténticas de vida hacia lo que vemos: retratarnos permanentemente, mostrar nuestras rutinas cotidianas y exhibir aquella perfección aspiracional que, realmente, pocas personas alcanzan.

Y claro, en ese mostrarse de la vida cotidiana también está el quehacer de la política local. En este tiempo las ruedas de prensa y las vocerías oficiales casi han desaparecido, y la mayor parte de la estrategia comunicacional del gobierno central se destina a promocionar mensajes oficiales en redes sociales: respuestas breves en reels o comunicados, tan cortos, que en ocasiones se asemejan a memes.

Por eso la tribuna de Instagram es una zona de análisis y cuestionamiento permanente sobre quienes fungen como personajes políticos. Y claro, aunque una siente que es evitable termina viendo los posteos de personajes locales que intentan hacer pública su vida para acercarse políticamente a la gente de a pie. 

Este 8 de diciembre, mientras familiares y organizaciones sociales y de derechos humanos exigían justicia por la desaparición y asesinato de cuatro niños negros perpetrada por militares en Guayaquil en 2024, Lavinia Valbonesi decidió publicar en redes sociales una foto posada junto a uno de sus hijos. En el texto preguntaba: “Ya no crezca mi bebé chiquito. Dicen que se parece a mí, ¿ustedes qué opinan? ¿Mamá o papá?”. Un gesto calculado: la imagen de la maternidad feliz como cortina de humo ante un país que llora a cuatro niños que fueron secuestrados, torturados y asesinados, a quienes incluso se intentó tachar de delincuentes para justificar su detención con un “algo habrán hecho”, mientras sus familias han tenido que vivir la odisea, no solo para exigir justicia sino para limpiar persistentemente su memoria.

Cuatro niños cuyas vidas no han sido mencionadas ni una sola vez por el actual gobierno. No existe ni un solo comunicado que lamente y menos aún condene la forma en que un grupo de militares los desaparecieron y asesinaron, o al menos un tuit que afirme que esto no volverá a pasar, aunque no sea suficiente decirlo. No emitir ni una sola palabra es la muestra de la indolencia que avala la impunidad. Nada. Jamás hemos escuchado a Daniel Noboa, como presidente, decir sus nombres; tampoco a Lavinia Valbonesi, su esposa.

Y ante ese silencio cómplice, resulta indignante ver cómo la pareja presidencial se regocija con la felicidad de sus hijos blancos, de ojos claros, millonarios, frente a la situación devastada de muchas familias empobrecidas que lloran a sus muertos, que ahora deben escarbar en fosas comunes para hallar a sus seres queridos, que buscan respuestas y exigen que esto no vuelva a ocurrir, mientras lamentablemente sigue ocurriendo. Basta con mirar las notas de crónica roja de la última semana: dos  adolescentes asesinados fuera o camino a sus colegios en el país.

No es inocente. La figura de la “buena madre”, de la familia perfecta, ha sido históricamente usada para desvirtuar la responsabilidad política y moral de quienes dirigen el país. Es una narrativa que se activa justo cuando el Estado está siendo interpelado por su violencia racial y por la impunidad que rodea la desaparición forzada de Ismael, Josué, Saúl y Steven. Mientras sus familias siguen esperando verdad, justicia y reparación, Lavinia Valbonesi como figura pública —que, aunque no tenga un cargo burocrático, ha usado su rol para instalarse en el Palacio y promover políticas asistencialistas con mujeres en situación de vulnerabilidad— eligió exhibir su normalidad. Eligió el retrato familiar antes que la memoria colectiva.

La pregunta es incómoda pero urgente: ¿qué significa mostrarse como una madre amorosa el mismo día en que el Estado es señalado por arrebatar a cuatro niños negros de sus familias? Significa intentar desplazar la atención y no solo no mencionarlos sino hacer alarde de su familia perfecta en un país que se desangra y en el que las infancias no conocen lo que es vivir sin miedo: ¿acaso se pretende diluir la indignación de la población?, ¿mostrar una apariencia humanizada de quienes ejercen un poder empresarial que no ha asumido responsabilidad alguna? ¿O es la muestra de la completa ignorancia de qué significa este día para el país?

La violencia estatal también opera en lo simbólico: en las imágenes que se producen como anestesia para el dolor y la indignación social. Por eso es necesario nombrarlo. Porque mientras algunas personas que fungen de un rol político publican fotos de sus vidas “exitosas”, otras deben contar sus ausencias, clamar por respuestas. Ahí está la diferencia de qué vidas importan.

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Autoras

Jeanneth Cervantes Pesantes

Editora de la revista digital feminista: La Periódica. Asesora de comunicación con enfoque en violencia, género, derechos sexuales y reproductivos. Feminista apasionada por la encrucijada digital.