Ir al contenido principal
Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Jicela Montero Bravo

Ella

Ella tenía 17 años cuando comenzó a mirar de dónde venía.

No fue un recuerdo suelto. Fue una suma. Una secuencia. Como si cada escena de su infancia empezara a acomodarse en orden.

Primero, la costa profunda.

El barrio de calles empedradas y polvo constante. El cielo intensamente azul sobre casas de caña y construcción mixta. El calor. El ruido. La vida afuera.

Después, la tienda de la esquina. La señora brava y carera, la de las láminas más caras, la que todos llamaban “la vieja lagarta”. El miedo mezclado con las monedas contadas.

El amigo al que llamaban “mudo”, aunque tenía nombre. Nunca fue a la escuela. Nadie preguntó demasiado.

Luego, la gente del barrio. El policía de tropa. La profesora de escuela unidocente. La lavandera. La prostituta de la esquina del centro. El chorito de buses. La costurera. El albañil. El chofer interprovincial. El jornalero de la mancha.

Todos habitando las mismas calles, todos resolviendo la vida como podían.

También estaban las cosas que se aprendían sin que nadie las enseñara: ver a la vecina con los ojos morados y entender que de eso no se hablaba. Escuchar que una chica de quince “se fue con marido” y no preguntar más. Saber que cada año el agua iba a entrar a las casas cuando llegaran las lluvias.

Pero no todo era silencio.

Estaban las flores robadas del patio de Doña Colombia para jugar a la casita.

Las casas con tres familias bajo un mismo techo.

El verde compartido, los huevos de las gallinas prestados, la mortadela frita.

Los cumpleaños con arroz de fiesta, arroz con pollo.

Las vecinas cantando y llorando sus penas con cristal en la mano.

La bicicleta con chanclas.

El grito colectivo cuando volvía la luz: “¡llegó la luz!”.

La organización para que los choros no entren.

La vecindad.

A los 17 años entendió que venía de todo eso junto: de la carencia y del cuidado, del silencio y del juego, de la violencia y de la solidaridad cotidiana.

Entendió que los niños y niñas de su barrio no crecieron en el vacío. Crecieron entre necesidades, sí, pero también entre manos que compartían, entre amistades que sostenían, entre juegos que resistían.

Y entonces supo, con claridad sencilla, que crecer no debería doler tanto.

Que los niños y niñas merecen algo más que sobrevivir.

Merecen crecer con esperanza.

Compartir

Autoras

Jicela Montero Bravo

Comunicadora y gestora cultural. Ha trabajado en proyectos vinculados al arte, la cultura y los procesos comunitarios, desarrollando narrativas y estrategias de comunicación. Es editora en jefe de la revista Públicos y ha participado en diversos procesos editoriales y culturales. También es creadora del podcast De Ganita.