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Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Jeanneth Cervantes Pesantes

La noche que Daniel no habló…

Amanece el 16 de noviembre y las ganas de salir a votar en una consulta popular convocada entre gallos y medianoche por mandato de Daniel Noboa son pocas. Hace apenas unos días se levantaron las acciones del paro nacional y es difícil no pensar en Efraín Fuérez, José Guamán y Rosa Elena Paqui quienes fueron asesinados en ese contexto. Es imposible no pensar en cómo se organizaron en Imbabura puntos de resistencia para enfrentarse al poder y cómo el racismo jugó a favor del gobierno de Noboa. 

Mientras trato de animarme a salir de casa ese domingo para ejercer eso que llaman “el derecho al voto”, vuelve una emoción conocida: el miedo persistente a que gane el Sí y el empresario continúe acumulando poder.

A las 14:00, después de un fuerte aguacero, por fin logro subirme al bus que me llevará al recinto electoral. Me acerco al lugar, que casualmente es el mismo donde estudié el jardín de infantes y que todavía me devuelve escenas borrosas de mi niñez. Marco en la papeleta las tres preguntas del referéndum y la de la consulta: todas No.

Al salir, abro el enlace de Ecuador Decide para seguir el exit poll. Sorpresivamente, anuncian que el NO estaría ganando. Y, en esa espera, se abre paso una ilusión profunda: ojalá esa sea la tendencia que marque los resultados oficiales.

Se cierran las urnas a las 17:00. A las 19:00, apenas unas pocas actas habían sido subidas a la página del CNE. Cerca de las 20:50 la tendencia era irreversible, los medios de comunicación se retiran de un hotel en Santa Elena donde, se suponía, el presidente Daniel Noboa se dirigiría al país sobre un triunfo que creían asegurado. ¿Qué pensará el presidente ahora que el NO ha sido rotundo? ¿será que la noche del 16 de noviembre se le quitó el sueño placentero en sus sábanas de seda? ¿será que en un gesto de humildad se pregunta a sí mismo: qué hice mal y cómo remediarlo? ¿será que esos personajes a los que ni la política ni la música les dieron réditos, convertidos ahora en influencers de ocasión —Fausto Miño y Antonio Ricaurte (y más)— que, en su intento desesperado por ser vistos por el poder ejecutivo y asegurarse algún puesto, promovieron el racismo, el fascismo y hasta intentaron instalar la idea de traer mercenarios al Ecuador, como si esto fuera una película de Rambo; les dará algo de vergüenza? ¿sentirán por lo menos un mínimo de reproche por sus posturas?, ¿se ruborizarán, aunque sea por un instante, al sostener ideas tan deleznables?, me pregunto mientras voy esbozando estas líneas. 

Llamo a mi mejor amiga y le digo: ¿puedes creer que perdió en todas las preguntas? Me responde que es un milagro después de que días antes sentenciábamos que difícilmente se podría ganar frente a una gigante maquinaria de comunicación estatal-empresarial. Hablo con otra colega comunicadora y me cuenta que su mamá está llorando de emoción, diciéndole que: “Dios es misericordioso y que todas las noches debemos salir a hacer sonar las ollas para que no se olviden de que el poder es del pueblo”. Hablo con mi padrino y me suelta un “mujer de poca fé” cuando le anuncio mi sorpresa ante el NO. En todas las respuestas inmediatas, las manifestaciones de fé se desbordan. Y es que realmente es una sorpresa que el NO haya ganado de forma tan contundente en todas las preguntas, no dejando la menor duda del mayoritario rechazo ciudadano a las propuestas de Noboa.

Es una sorpresa frente a la maquinaria y el gasto comunicacional que desplegó la élite gubernamental: la noción del miedo como eje, los ajustes constantes del discurso cada vez que aparecía una mínima posibilidad de cuestionamiento… Una consulta que arrancó presionando y hostigando a la Corte Constitucional para que aprobara las preguntas del referéndum y la consulta; una consulta con apenas dos semanas de campaña, instalada en un escenario de muerte y represión durante el paro nacional; una consulta alimentada con bonos, dádivas y promesas; una consulta atravesada por prohibiciones, imposiciones e impedimentos, incluso para manifestarse o sostener un plantón en distintos puntos del país, pero especialmente en Quito.

El silencio del presidente la noche del domingo 16 de noviembre y, en retireadas ocasiones en las que no responde o no da la cara como cuando hay que pronunciarse frente a vulneraciones de derechos, frente a la violencia, frente a la muerte a la desaparición y asesinato de Josué, Ismael, Steven y Saúl (los cuatro niños de Las Malvinas) o por Carlos Javier Vega Ipanaqué asesinado durante un operativo militar en Guayaquil o por los asesinatos de Efraín, José y Rosa durante la represión ejercida por el gobierno durante el paro nacional de este 2025; y así en las reiteradas escenas de violencia que a diario tiñen nuestro país, donde vemos niños, niñas y adolescentes asesinados fuera de sus escuelas, de sus casas, en la calle. Su silencio demuestra que no es solo ausencia de palabras es la evidencia de que la narrativa oficial no cabe en la realidad y en su estrategia de comunicación de jamás dar la cara, porque la realidad es lo más palpable antes que sus promesas de Un Nuevo Ecuador; que en la calle, el garantizar el pan y la leche diarios pesan más que cualquier intento populista de campaña.

Y en ese desfase —en ese ruido ensordecedor que dejó su silencio— aparece una posibilidad distinta: la de un pueblo que, aún golpeado y exhausto, sigue encontrando maneras de decir NO en los retazos de democracia que quedan.

Entre las muchas cosas, quizás lo que terminó jugando en contra del Gobierno fue, justamente, siempre subestimó al pueblo y el pueblo —por suerte— no olvida. Que por más que intente doblegar su dignidad —aunque sea de manera silenciosa—, más allá del ruido de las redes sociales, de los intentos desesperados de influenciadores, que venden humo en Tik tok, en las urnas el pueblo se enfrentó al poder.

Por eso la noche en la que Daniel no habló no es solo un episodio político, es un recordatorio, una advertencia firme y fuerte de que incluso en este país cansado, herido, sitiado por el miedo, amenazado de manera constante con armas, todavía hay la posibilidad de esperanzar un futuro distinto y un pueblo crítico.

Aún así el miedo persiste, el presidente ha demostrado que gobierna desde el resentimiento y con un proyecto de reconfiguración de las élites, por lo que ahora, más que nunca, las lecturas críticas se hacen más urgentes para ir determinando el futuro escenario y cómo buscará perpetuarse en el poder. Estas mismas lecturas también son urgentes para construir una oposición verdaderamente popular frente al gobierno empresarial.

No importa cuántas cadenas nacionales, cuánta propaganda, cuántos mensajes diseñados para infantilizar, para infundir pánico, mostrando armas e imponiendo un ambiente de guerra, que nos va lacerando la vida nos impongan: la gente sabe reconocer cuándo hay que decir ¡No!, cuando hay que decir ¡Basta! Y darle al gobernante de las élites lecciones dignidad para que, ojalá, con humildad se someta a la decisión popular y lo deje de nuevo sin voz y sin palabras.

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Autoras

Jeanneth Cervantes Pesantes

Editora de la revista digital feminista: La Periódica. Asesora de comunicación con enfoque en violencia, género, derechos sexuales y reproductivos. Feminista apasionada por la encrucijada digital.