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Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Daniela Alcívar Bellolio

Una pausa para el enojo

Foto: David Diaz Arcos

Intervención: Ana Larco Moreno

Un mes de paro nacional, el más largo que hayamos visto en este siglo, y una vez más acudo al lenguaje con cierto reparo, quizá sería más preciso llamarlo pudor, vergüenza incluso. Siempre me acomete cierto tipo de vergüenza cuando escribo sobre los levantamientos de la resistencia indígena ante el atropello neoliberal, o cuando procuro solidarizarme del único modo que tengo como posibilidad (especialmente en este 2025 en que no fue Quito el espacio principal de las concentraciones), la escritura. Me parece adecuado iniciar por la consignación del recato porque encuentro que es vicio del escritor promedio adjudicarle importancia excesiva a eso que escribe, lo cual por lo general podría no pasar de ser gracioso o irritante, pero en contextos de lucha política, opresión y violencia estatal, terrorismo institucional y clara cercanía con el abismo como estos que vivimos hoy en este país, esos delirios egóticos pasan a ser cuestiones más bien abyectas y, por supuesto, contraproducentes.

Sin embargo, escribimos. En mi caso se trata de una resistencia enfática a permitir la menor confusión entre quienes me rodean con respecto a mi emplazamiento político (por pura alergia a los fascistas y filofascistas, diríamos); de cierta débil esperanza en las potencias de la intervención del campo intelectual en este siglo en el que eso que ampliamente se llama cultura ha quedado relegado a los albañales de la estructura capitalista (en la que todo lo que es improductivo desde un punto de vista estrictamente monetario, por ejemplo pensar, es estúpido y absurdo); de algún resquicio de ilusión de que el azar de la vida actúe como cámara de ecos y que ese apoyo simbólico, político y estético que algunas personas queremos hacer llegar a la resistencia indígena pueda tener un efecto de acompañamiento, apoyo, cariño, cercanía, gratitud o lo que fuera, aunque sea esto, en realidad, tan poco.

Y también es cierto que insisto en escribir porque entre los varios efectos que esta extraña época ha tenido sobre mí (y me parece percibir que se trata de un estado colectivo, el que aúna tristeza, desánimo, sensación de vacío de futuro, miedo, angustia, ansiedad), está el cabreo. Procuro sacudirme el enojo en momentos clave como ese en el que acuesto a mi niña a dormir y le digo que la amo, el encuentro con los seres que me hacen feliz, las largas conversaciones con mi compañero. Pero si me rindo a la evidencia no puedo negar que casi siempre estoy enojada. Lo ideal, me digo a veces, sería cerrar las redes definitivamente y beneficiarme de una saludable ignorancia parcial con respecto a nuestro horror cotidiano. Nunca está de más recordar(me) que soy una privilegiada que goza de un sueldo fijo y que por ahora se salva de la auténtica precariedad. Pero no me animo porque pienso que mi rabia es lo mínimo que puedo entregar en calidad de ofrenda de puro gasto sin economía retributiva en el altar-hoguera que es en este momento nuestro país.

Y también porque pienso que este enojo enconado que tengo y que comparto con muchas personas en el campo cultural nuestro (con otros, muy cómodos y calmados, no), es lo único que, cuando todo esto haya pasado (lo escribo y me parece que es posible que mi generación exhale su último aliento sin ver el final de esta pesadilla, y entonces pienso en la edad que tendrá mi hija cuando empiece a ser posible imaginar con algún grado de realismo que esta tierra en que respiramos y caminamos puede volver a ser un país), preservará la memoria, la certidumbre de quién fue quién en el campo intelectual de hoy. Quién fue quién. Y cómo, y por qué.

No pienso olvidar el modo nefasto en que se usaron versiones liberales, individualistas, descontextualizadas o simplemente estúpidas y oportunistas del feminismo y las políticas de identidad para lavarle descaradamente la cara a gobiernos culpables de crímenes de Estado, como cuando la escritora María Fernanda Ampuero, quien ha lucrado (al menos simbólicamente) de la representación pornomisérica y custom-made para el lector español ávido de digeribles dosis de exotismo salvaje latinoamericano, y quien fue funcionaria del gobierno de Lenin Moreno —responsable de once muertes y un sinnúmero de violaciones a los derechos humanos durante el paro de octubre de 2019—, apareció en una entrevista en el diario El País de España defendiendo a María Paula Romo (Ministra de Gobierno), en la que afirmó que si no hubiera sido Romo una mujer, los muertos habrían sido muchos más. Resulta que mientras la resistencia indígena ponía muertos, heridos, lesionados, humillados en las calles de Quito, Ampuero, que tanto y tan descaradamente se autofigura como la escritora ecuatoriana del “horror social” (¿?), cuyos personajes son los pobres, los marginados, los desposeídos, los abusados —digámoslo: esos, de carne y hueso, que en ese mismo momento peleaban en la calle contra un aparato represivo poderosísimo y financiado por el gobierno que le pagaba a ella su sueldo como gerente del Plan Nacional del Libro y la Lectura—, guardaba (por primera vez, quizá) discreto silencio. Y de una renuncia por dignidad, ni hablar. En fin: el aura de feminista-escritora (sobre cuyo talento deberemos hablar en algún otro texto de crítica literaria) como coartada para el servilismo político y la posterior impunidad. 

Hoy, otra figura de la cultura despunta en su instrumentalización del feminismo como categoría teórica completamente despojada de aquellas implicaciones que le dan sentido amplio y le impiden caer en el envilecimiento, es decir las implicaciones militantes que vinculan de manera inexpugnable las luchas por la igualdad de género con la lucha de clases, que es de naturaleza estructural. La ex Ministra de Cultura, Romina Muñoz, se ha erigido como una de las funcionarias más leales y activas en la defensa del gobierno de Daniel Noboa y de él mismo como persona y personaje. Yo nunca había visto un activismo tan febril, tanta habilidad con las cámaras (que incluye hasta actuaciones en co-protagonismo con hombres-alegoría de la corrupción, entre los tik-toks que recuerdo), tanta cintura para el giro discursivo inesperado, tanta capacidad para contradecirse a gusto y conveniencia del líder. De repente, el Ministerio de Cultura nunca fue en realidad tan buena idea; y un gobierno que supuestamente fomenta la cultura y al mismo tiempo elimina la contratación por régimen especial por obra artística (pero crea el régimen especial para compra de armas, en una misma ley enviada entre gallos y medianoche), es decir, que hace prácticamente imposible la ejecución del presupuesto público en cultura, no le concita un solo comentario. El autoritarismo que tanto la indignara cuando lo ejercía Rafael Correa es nada más que mantenimiento del orden democrático cuando es Noboa quien compra con dinero o amenazas a todas las instituciones del Estado (por cierto, a niveles nunca jamás vistos en nuestra historia republicana reciente). Una supuesta intelectual sin empacho en salir a marchar por la seguridad ¡cuando es parte del gobierno que debería garantizarla!, que repostea declaraciones amenazantes de los ministros del interior o de defensa, que censura a artistas por hablar contra el gobierno, que apoya abiertamente a un régimen que por primera vez en lo que llevamos siendo república entra con tanques y trucutús a las comunidades y territorios de las nacionalidades indígenas en resistencia y con sus “convoyes humanitarios” mata, asfixia, intimida e invade, que se suma sin pudor alguno a las campañas de odio y mentiras, que no dice una palabra sobre las alianzas estratégicas de su cuadro político con el gobierno genocida israelí, sobre la obsecuencia asqueante de Noboa con el colonialista insufrible de Trump, sobre el papelón infamante del presidente posando para una foto con un machete junto al desequilibrado Milei con su motosierra. Que calla ante el evidente atraco generalizado que este país está viviendo, que posa feliz con la “obra de arte” de un militar que la ha retratado en los mismos días en que cuatro niños afros fueron secuestrados, torturados y asesinados… por el ejército del Ecuador. El discurso feminista tergiversado funciona en estos casos (y en tantos, tantos otros que no podría enumerarlos a todos ni aunque me tomara un mes para escribir esto) como escudo contra toda réplica, como una perversa coartada. No habría que olvidar jamás que la reserva del Museo Nacional (cuya nueva mega sede en eterno estado de proyecto, por cierto, ha sido una de las estrategias de campaña noboístas más obvias y pirotécnicas) está llena de representaciones de la insurrección indígena, esa misma a la que hoy se cataloga sin empacho como terrorista y golpista y a la que se reprime con un contingente militar y policial que no aparece nunca para combatir a la delincuencia organizada que ha llevado a dos ciudades ecuatorianas al honroso ranking de las diez más peligrosas del mundo. De este modo funcionan los léxicos políticos cuando han sido vaciados, los del feminismo y el arte y la cultura, por ejemplo: ¿debemos festejar que sea una mujer la que lideró —un ahora inexistente y fantasmático pues no deja de reaparecer con una entidad imprecisable— ministerio de cultura que utiliza fría y calculadamente el discurso de la igualdad de género para blindar al gobierno de críticas legítimas a su bochornosa y criminal gestión? ¿Debemos permitirnos la artificial calma que nos quiere imponer el poder con imágenes de “lo indígena” como simple postal de un folclor sin agencia, como pasado ancestral y arcaico con el que nuestro presente no quiere tener nada que ver porque lo desprecia y, así, se desprecia a sí mismo?

Higienizado de toda interrogación sobre la opresión brutal que el actual gobierno ejerce contra el pueblo, el discurso pseudo feminista termina por ser, en siniestra mezcla con los concernientes a la cultura, la literatura y el arte, en estos y varios otros ejemplos, doblemente dañino: relativiza luchas imprescindibles, las degrada y las tergiversa, escamotea y corrompe significados profundos que requerimos para darles sentido a nuestros caminos, vuelve indistintos estos bloques político-estéticos de significado con los que hemos crecido identificándonos al entreverarlos con aquellos que detentan, por ejemplo, los escritores e intelectuales liberales de derecha (mal disfrazados de regentes de una cómoda pero radical medianía, diríamos: los extremistas del centro), de modo que entre los discursos de mujeres empoderadas y los de la ranciedad más macha termina por haber cero indicadores de diferenciación.

Extraño (sin haberlas vivido) aquellas épocas en que la arena pública era el espacio para el intercambio (no siempre pacífico) de ideas, posturas y problemas de la política, el arte, la cultura, la economía, la sociedad, y donde no todo había sido tan fatalmente atravesado por la conveniencia, el arribismo, el oportunismo, la desfachatez y la intimidación. Hoy, parecería que lo más bajo de la más baja política acapara cada discurso, cada acción (que ya no son discursos ni acciones, sino guiones y movidas en el sentido táctico de la palabra); el intercambio de ideas entre contrarios es nulo (basta ver las redes sociales de la mencionada ex ministra y la cínica y pasivo-agresiva condescendencia con la que responde a quienes aún se atreven a cuestionar sus acciones); el poder lo engulle (casi) todo, todo lo homogeniza, todo lo acalla. El discurso único (terror pretérito del anti correísmo más inflamado, hoy aplaudido y elogiado como triunfo del nuevo Ecuador) es todo lo que nos va quedando, eso y cartones antropomorfos y un poco hipertrofiados (detentan falazmente las dimensiones de un hombre de estatura promedio) mirándonos en silencio y amenazadoramente desde balcones y ventanas, con esa aciaga sonrisa torcida. Eso nos va quedando, digo, eso y persistir en el cabreo y escribir sobre eso que nos cabrea, aunque parezca que en realidad no sirve para nada y aunque a veces nos dé un poco de vergüenza.

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Autoras

Daniela Alcívar Bellolio

Guayaquil, Ecuador, 1982. Escritora, crítica literaria, investigadora académica y editora. Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Becaria de CONICET y del Fondo Nacional de las Artes (Argentina). Miembro del Comité Editorial de la revista Sycorax. Editora general en Editorial Turbina (Quito). Es autora del libro de ensayos Pararrayos. Paisajes, lecturas, memorias (2016), del libro de relatos Para esta mañana diáfana (2016) y de las novelas Siberia ( 2018) y Lo que fue el futuro (2022). Sus libros y textos han sido editados en Argentina, Chile, Bolivia, España, Francia, Israel e Italia. Vivió en Buenos Aires entre 2005 y 2017. Dirige el Centro Cultural Benjamín Carrión, en Quito, desde 2019.