El relato de un gimnasta que dejó de sentirse seguro allá
Portada: ilustración de María José Mesías – Pepa ilustradora
El 24 de octubre de 2026, Marcelo —nombre protegido— cumplió 17 años. Ha pasado buena parte de sus días en un gimnasio. Cuando todavía no había cumplido los 5 años, llegó a la Concentración Deportiva de Pichincha (CDP), como parte de un curso vacacional de gimnasia artística. Y, lo que comenzó como una actividad temporal, terminó ocupando un lugar esencial de su vida.
Rápidamente, el quiteño aprendió que para un deporte de competencia hacían falta más que habilidades físicas. Se necesita disciplina, constancia e incluso dejar de lado aspectos básicos en la niñez y la adolescencia. De lunes a viernes, después de clases, entrenaba desde las 15:00 hasta las 19:00 o las 19:30. Los sábados pasaba en el gimnasio de 10:00 a 13:00. Eran por lo menos tres horas y media al día de prácticas, para representar a la provincia.
En ocasiones inclusive renunció a que le celebraran el cumpleaños para no perder el ritmo de entrenamiento. Durante los feriados, mientras su familia viajaba a la playa, él se quedaba en la capital. Se podría decir que su vida transcurría en el gimnasio.
Su padre y su madre, Diego y Silvia —también nombres protegidos para evitar la revictimización de la familia—, recuerdan que Marcelo era todavía muy pequeño cuando empezó a formar parte de la selección de gimnasia artística de Pichincha.
En 2016 hizo su primer viaje con el equipo. Fue a Cuenca. Su madre y su padre sabían que debía ir en el bus de la delegación y alojarse en un hotel con los demás deportistas. Ellos solamente lograron verlo durante media hora. Le invitaron a comer pizza y se despidieron. Marcelo terminó aquel torneo como campeón de su categoría.
Diez años después, el gimnasio dejó de ser para él un espacio seguro. Varios episodios se sumaron, hasta el viernes 30 de enero de 2026.
Eran algo más de las 17:30, cuando Diego recibió una llamada de su hijo, gimnasta de la categoría juvenil. Marcelo le dijo que estaba llegando a casa, en el valle de Los Chillos. El padre se sorprendió, ya que a esa hora debía seguir entrenando. Cuando llegó, les relató a él y a su madre lo que había enfrentado.
Ese día había salido temprano de casa, antes de las 07:00, para ir a la Unidad Educativa de la CDP, que opera en un terreno del organismo deportivo, aunque es privada. No le era posible regresar al valle y salir rumbo a la Concentración Deportiva de Pichincha, en La Vicentina, en el centro norte de Quito, por lo que almorzaba en las instalaciones deportivas. Aquella tarde había comido con un par de compañeras del colegio. Después calentó y comenzó su rutina: piso, arzón y anillas.
Estaba en el piso cuando vio a J., que se encontraba en la zona de pesas. Marcelo era el menor del grupo con el que entrenaba, algunos superaban los 20 años. J. tiene 23 años y además se desempeñaba como entrenador de la escuela permanente, no solo como deportista.
“Yo me encontraba en el piso y J. estaba (en el área de) pesas cuando comenzó a sacarse el pene y a mostrarlo bajándose la pantaloneta”, relata, en la entrevista junto a su padre y a su madre. “Sentí mucha incomodidad”.
Entre la zona de pesas y el resto del gimnasio hay una pared que, sin embargo, no impide la visibilidad. Marcelo calcula que al menos siete personas pudieron haber visto lo que ocurría.
“Me apresuré, traté de terminar mi entrenamiento más rápido. Y por eso me han dicho que me volví proclive a lesionarme, ya que no me tomo el tiempo necesario”, cuenta. Marcelo empezó a sentirse incómodo desde que tenía 12 años. Y desgraciadamente, el entrenador no puso un alto a las agresiones; tampoco una autoridad de la CDP.
El 30 de enero del 2026, el adolescente estaba sentado mientras, a su alrededor, entrenadores y deportistas de distintas edades, incluidas niñas, permanecían cerca. Marcelo se encontraba en una silla, con la cabeza agachada por el cansancio.
“Sentí de pronto que tomó mi mano y me la puso en su pene”. Marcelo retiró la mano inmediatamente. También afirma que J. intentó besarlo y que le tocó la nalga.
“Me puse mal y enojado y retiré mi mano enseguida”. Según su relato, frente al reclamo, J. le dijo que supuestamente solo estaba revisando su codo y que no entendía qué había de malo en hacerlo.
Marcelo se dirigió entonces a las anillas. Pero el problema se mantuvo. “Ahí tomó mi mochila y la lanzó contra ellas, que suelen estar colgadas dentro de tubos”.
Ya no era solo incomodidad. Marcelo estaba enfadado, asustado y, cuenta, no sabía qué hacer.
Pero reaccionó muy molesto. “No aguanté más. Le increpé: ‘¿Qué te pasa? ¿Por qué agarras mis cosas?’”.
La respuesta, de acuerdo con su testimonio, fue que J. hacía lo que le daba la gana y que Marcelo no tenía cosas de valor. Entonces el adolescente le gritó que no volviera a tocarlo ni a tomar sus pertenencias. Incluso le dijo que podía utilizar un palo, en lugar de lanzar su mochila contra las anillas.
A pocos metros, el entrenador estaba con el teléfono, algo que Marcelo describe como habitual. El adolescente recuerda que el hombre levantó la vista hacia la escena y que vio una pequeña sonrisa en su rostro. A sus padres les inquieta que no haya intervenido.
Marcelo dejó por unos segundos sus pertenencias en el suelo y se sentó. Entonces escuchó decir a J.: “Ya me tiene cabreado, le voy a sacar la puta”.
En ese momento sintió miedo, molestia e impotencia porque sabía que no contaba con respaldo. Recogió su mochila, se cambió y salió del gimnasio.
“Me duele, me molesta que normalicen el acoso sexual entre hombres. Lo ven como una broma, a la que no debíamos dar importancia. Un compañero de Guayaquil repetía que ‘solo eran juegos, cosas que pasan en el deporte’. Por mucho tiempo no quise contarle a nadie lo que pasaba, temía que me hiciera algo. Iba en caída, con pensamientos negativos, sufrimiento y ganas de suicidarme”.
En enero — anota— se sintió directamente ofendido, agredido. Pero no era la primera vez que salía del gimnasio incómodo y sin ganas de volver a entrenar.
En el 2019, Marcelo fue blanco de acoso o bullying por parte de sus compañeros mayores. Su padre relata que les contó que se burlaban de su peinado, de su mentón y también diciéndole que estaba loco porque él le avisó al entrenador que por un par de días su hijo llegaría más tarde, luego de una cita con el psicólogo. La familia acudía a terapia tras la muerte de un tío, ocurrida un año antes.
Aunque el chico evitó dar detalles de lo que vivía, en una ocasión, varios padres de familia, incluyendo los suyos, fueron testigos de un hecho que les llamó la atención.
“Un compañero colocó sobre sus piernas a otro y simularon que realizaban un acto sexual”, señala. Además, que en otras ocasiones se tocaban el pene y las nalgas, “intentaron hacérmelo, besarme y no me dejé. El entrenador era nuevo, no intervino. Él escogió a tres compañeros a los que les prestaba más atención en las prácticas”.
Marcelo admite que empezó a sentir temor al acudir al gimnasio, desde hace cinco años. “Un chico me pegó porque otros me acusaron de haber dicho algo sobre él. Yo no fui. Tenía 12 años y él, 18. El entrenador lo vio y no hizo nada”.
Pese a no saber lo del golpe que recibió su hijo, los padres de Marcelo acudieron al entrenador unas cinco veces; le pidieron, sin éxito, que ponga un alto, que no permita que le sigan molestando.
“Llegó un punto en que les pedí no intervenir más porque el discurso del entrenador era el mismo: ‘eviten hacer más tonterías delante de los padres, no permitan que los vean porque se están quejando. Tampoco digan groserías cuando ellos estén en el gimnasio’”.
Durante años, Marcelo se mantuvo en el equipo de gimnasia porque quería competir. Había aprendido a soportar, a disociarse, a apartar la mirada del grupo. Era un menor de edad con compañeros mayores y un entrenador, que lamenta, no puso límites.
“No soy homofóbico. No pertenezco a esa comunidad, pero los respeto. Me sentía incómodo, me perturbaban esos bailes, intentos de tocar, besar. Mi mayor miedo era sufrir una agresión física otra vez. Luego de la agresión de enero sentí que ya era suficiente, tenía que soltar ese peso al contárselo a mis padres. No solo pensé en mí sino en el resto de generaciones de gimnastas que están detrás. Lo normalizan, por eso no estoy 100 % seguro de que no vuelva a pasar algo parecido”.

¿Qué ha hecho la CDP? Otros casos preocupan a la familia
La Periódica solicitó formalmente una entrevista a la Concentración Deportiva de Pichincha (CDP), para conocer en detalle los protocolos que ponen en marcha ante casos de presunto abuso sexual, además para saber cuáles son las edades y el número de deportistas que entrenan en ese complejo y particularmente en el grupo de gimnasia artística. Así como cuántos profesores están a cargo y si han tenido más denuncias al respecto.
En una publicación de EXPRESO del 2023 se señala que hay alrededor de 7.000 deportistas federados por la Concentración Deportiva de Pichincha, sin contar con 1.616 de las escuelas permanentes.
Sin embargo, un comunicador de la CDP respondió que no brindarían la entrevista y compartió un comunicado anterior en el que se lee:
“Ante la sensibilidad y gravedad de este tipo de situaciones, consideramos fundamental actuar con responsabilidad, prudencia y respeto al debido proceso, evitando emitir criterios o conclusiones anticipadas mientras las instancias competentes realizan las investigaciones que correspondan”.
Asimismo, la Concentración señaló: “reiteramos nuestro compromiso con la protección, seguridad y bienestar de todos los deportistas, especialmente de niños, niñas y adolescentes, así como con el cumplimiento de los protocolos y procedimientos establecidos para atender cualquier situación que pudiera afectar su integridad”. No hubo detalles sobre los protocolos aplicados.
No es la primera denuncia de este tipo, el 20 de julio del 2019, La Periódica acudió a un plantón, protagonizado por madres de gimnastas de la CDP, que llevaban un año solicitando que se actúe frente a denuncias de presunto abuso sexual a cuatro niñas gimnastas. Otro medio de comunicación informó sobre esta protesta, con carteles en los que se leía: “Profesor abusador a prisión” y “Las niñas no se tocan”.
A El Comercio, entonces un medio importante, una de las madres, con nombre protegido, le dijo que el instructor supuestamente llevaba a las niñas a un salón de coreografías, para hacer ejercicios de flexibilidad, en donde aprovechaba para tocarles sus partes íntimas. En esa época dijeron que lo denunciaron ante la Fiscalía. A El Telégrafo, Anibal Fuentes, expresidente de la CDP, le dijo que cambiaron de tarea al señalado, para que se dedique a actividades de oficina en la Liga de Mejía.
El caso de Marcelo está en manos de la Fiscalía General del Estado, en etapa de investigación, desde febrero. El Colegio Concentración Deportiva de Pichincha, en donde estudia gracias a una beca, habría denunciado el caso ante el Distrito Educativo, en principio. Los padres no tienen información al respecto.
Su padre afirma que después de enterarse de lo ocurrido, él y su esposa se convirtieron en una especie de “arqueólogos”. Volvieron al pasado para reconstruir lo que había sucedido durante esos años: revisaron mensajes en sus teléfonos, recordaron comentarios de otros padres y entrenadores y repasaron las conversaciones que habían mantenido con su hijo.
Buscaban las señales que quizá habían tenido y no vieron. La madre recordó que tiempo atrás, en el 2023, otro entrenador presentó una denuncia ante los directivos de CDP.
“Dijo que un profesor se acercaba a sus alumnos menores de edad, buscaba que lo abracen… Y mencionó a J. Comentó que bailaba inadecuadamente con menores de edad y que hubo tocamientos en partes íntimas, dándoles nalgadas”, recuerda el padre. Además, luego de escuchar a sus estudiantes de 10 a 13 años, supo que en una parada, en un viaje a una competencia, que se desarrolló en Portoviejo, en el 2023, gimnastas senior compraron alcohol.
Diego, el padre de Marcelo, relata que su esposa buscó mensajes antiguos de WhatsApp y así encontró la denuncia formalizada en una carta de un profesor que ya no trabaja en CDP. Ese antecedente los perturbó mucho más. Concluyeron:
“J. había presentado comportamientos sexualizados, que se normalizaron” y lamentan un hecho: cuando vivían en el sur de Quito, le pedían a J. que cuidara de su hijo, cada vez que el equipo debía viajar y ellos no podían acompañarlos.
“No sabíamos a lo que le exponíamos”, repite el padre. Y asegura que en ese viaje a Portoviejo hubo alcohol y obligaron a los chicos, entre ellos a su hijo, a vapear.
Diego recordó que Marcelo, tiempo atrás, les contó que J. decía en el gimnasio que tenía una página azul (Only Fans) y les enseñó videos manteniendo relaciones sexuales.
Entre los padres de familia de alumnos activos y de quienes dejaron CDP circuló un video, de 12 segundos, en el que ellos señalan se observa a J. acercándose a la zona de colchonetas azules, en donde había al menos dos chicos y una chica. A otro de los gimnastas, uno que usa lentes, le muerde la nalga. La única reacción que se observa es un gesto de dolor.
En la noche, luego de unas horas de ocurrido el presunto abuso, Diego telefoneó al entrenador F. C. Asegura que él le preguntó si su hijo Marcelo hizo algo para provocar esos comportamientos de J. y que el entrenador le dijo que no y que hablaría con el joven, “admitiendo todo”. Luego, supuestamente, según la versión del padre, incluso han conocido que a los compañeros de su hijo, se les pidió negar lo que ocurrió en el gimnasio, en enero de este 2026.
Los padres presentaron la denuncia formal, en una carta, dirigida a la CDP, no solo al entrenador sino al presidente de la Pre Asociación de Gimnasia Artística, José Abad.
La investigación en la Fiscalía y la consulta del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes
Al mes siguiente, al no tener una respuesta clara a sus inquietudes, la familia de Marcelo acudió a la Fiscalía para denunciar los hechos y se enteró que la Concentración había iniciado el proceso, el 7 de febrero del 2026, sin informarle. La autoridad había solicitado que la víctima acudiera con un abogado y no se les dijo a sus padres. Se les informó que debían presentar un casillero judicial y que el supuesto agresor J. y el entrenador ya habían rendido sus versiones anticipadas.
En el documento se lee: denuncia 170101826020858, presentada el 5 de febrero del 2026. Se indica que el “incidente ocurrió el 30 de enero, a las 16:00”. En la casilla tipo de infracción ubican: “abuso sexual”. Aparecen las siglas del nombre de Marcelo como “víctima no reconocida”.
El padre reitera que la CDP debió informarles para ser parte, desde el inicio. Finalmente, ya son parte del proceso, que ahora está en etapa de investigación. La denuncia es por agresión sexual, abuso y omisión de protección en el ámbito deportivo.
De acuerdo con el padre, la CDP argumenta haber activado rutas y protocolos. ¿Qué hizo? Básicamente dicen haber separado a los deportistas implicados, a su hijo y al presunto agresor, con solo modificar los horarios de entrenamiento de ambos; pero ¿quién está a cargo de supervisar para que eso no vuelva a ocurrir?
Tampoco se sabe cómo se registra que ese procedimiento sea efectivo o si se respeta la medida de alejamiento a favor de Marcelo que debería cumplir J. Ni se ha indicado si se ha tomado recaudos respecto al entrenador, que no habría actuado, como corresponde.
El adolescente comentó que en dos ocasiones vio en los alrededores del plantel a J. “Me quedé paralizado, sentí ansiedad, en septiembre, durante el repaso de la jura de la bandera. Soy parte del cuadro de honor y lo vi. En otra ocasión ingresó al colegio”, refiere Marcelo, también que una amiga le aseguró haberlo visto una tercera vez. Su padre reclama, indica que se debió llamar a la Policía.
Por su parte, la CDP resalta que han mantenido la beca de estudios de Marcelo y que le ha brindado acompañamiento psicológico. Pero Diego, su padre, no lo ve así. Y recuerda que las pericias psicológicas revelan “afectación postraumática, tras la agresión”.
El Ministerio de Educación, Cultura y Deportes no ha respondido al pedido de información de este medio, enviado el 30 de septiembre del 2026. Se les preguntó si conocen sobre esta denuncia y otros hechos en torno al presunto agresor.
Sin embargo, La Periódica conoció que el 25 de agosto, con el oficio MINEDEC-DAGPP-2026-0074-O, Luis Miguel Pinto, director de Atención de Grupos prioritarios del Ministerio, consultó cómo avanza el caso en la Fiscalía. Asimismo, las medidas implementadas por CDP para cuidar de la integridad, garantizar la permanencia y el ejercicio de los derechos del gimnasta Marcelo. El oficio se dirigió a José Eduardo Monge Simbaña, interventor de la Concentración.
La experiencia de otra gimnasta, que hoy es parte de Gymnast for Change
Desde Londres, la ecuatoriana Gabriela Santacruz, de Gymnast for Change, busca que se escuche a Marcelo y a sus padres. “La Concentración Deportiva de Pichincha ha fallado rotundamente en su deber de cuidado”. La organización concentra a supervivientes que quieren transformar la cultura de la gimnasia a nivel global, erradicar los abusos y exigir rendición de cuentas a los organismos deportivos.
Santacruz está en contacto con Marcelo y su padre, Diego. Ella también fue gimnasta del equipo de la CDP, se integró a los 4 o 5 años y se retiró a los 19, en el 2017. "Tuve una carrera deportiva, fui parte de la selección de Pichincha, competí en juegos nacionales, campeonatos interclubes. En el caso de Marcelo tenemos abuso y acoso sexual. No me pasó eso, pero años después entendí que viví violencia física y psicológica".
Enumera ejemplos: no dejar que beba agua o que vaya al baño, castigos físicos extremos, que te obliguen a competir o a entrenar con lesiones, no darte seguridad y protección al no colocar colchonetas, como se requiere; controles excesivos sobre el peso.
“No eran nutricionistas, sino entrenadores, pero medían la comida, nos pesaban cuando éramos adolescentes. Además nos hacían la ley del hielo varios días o había comentarios de ‘si no haces tal cosa no te consideraré para el equipo’. "Hay violencia, que se queda guardada en el cerebro, desde que era niña. Yo competí desde los 6 años. Escuchaba que niñas de 8 ó 10 años querían empezar a entrenar y les decían que ya estaban ‘viejas'".
Gabriela Santacruz lamenta la situación que vive Marcelo. "Desgraciadamente hay dinámicas que se han normalizado en el mundo de la gimnasia. Hay poder de una autoridad, de un entrenador o de un compañero mayor de edad".
Como activista, Gabriela pone en debate un hecho: "se ha revictimizado a Marcelo. Se ha visto obligado a dejar el deporte, con secuelas físicas y psicológicas. Hay hechos de violencia sistemáticos, su papá me contaba que antes de las competencias le obligaban a hacer un ejercicio muy difícil, por lo que se provocó un esguince y no recibió atención médica adecuada; se sintió ignorado por sus entrenadores. Obviamente lo más visible del abuso fue que le toquen sus partes íntimas, también mostrarle pornografía. Pero eso se ha construido sobre un montón de hechos violentos".
En torno a lo que puede estar sufriendo Marcelo al haber decidido abandonar la gimnasia artística, para sentirse seguro, Gabriela Santacruz advierte: "No hay ni habrá nada en el mundo que le devuelva la felicidad y el gusto que sentía antes de que pasara todo eso. Yo me retiré con dificultades físicas y mentales, dolor crónico de espalda, depresión, muy confundida porque amaba la gimnasia. Sentí alivio porque el ambiente era tan hostil, había castigos, juzgamiento constante".
Al preguntarle sobre eso, Marcelo apunta que sacrificó mucho, pero “era feliz como gimnasta; esa felicidad se deterioró a medida que me molestaban, me acosaban. Perdí el gusto por practicar esta disciplina, muchas veces extraño esos tiempos, pero es más fuerte el sentimiento de que la CDP no es un lugar seguro para mí. No quiero terminar peor”.
¿Le gustaría practicar otro deporte? No puede, dice que al tener 17 ya es complicado empezar de cero. Además cree que al estar en tercero de bachillerato debe pensar en qué seguirá en la universidad. Por ahora solo va a un gimnasio, para hacer algo de pesas.
¿Qué le haría sentir mejor? “Que se haga justicia, que haya una pena. Pero además poder apoyar a otros gimnastas, quisiera poder armar una fundación junto a Gaby (Santacruz)”. También admite necesitar apoyo psicológico para superar lo que vivió.
Desde la plataforma de Gymnast for Change, Gabriela espera que más tutores de niños y adolescentes que hayan pasado por violencia en la CDP se comuniquen con ella. Esto debe tomarse muy en serio, recalca. Cuestiona la reacción de la CDP pues hasta el cierre de esta nota J. continuaba acudiendo a los entrenamientos e incluso representando al país en competencias.
La deuda se mantiene para otras víctimas de abuso sexual y violación, cometidos, por ejemplo, por un supuesto instructor llamado Alcides P., quien regentaba el Gimnasio Club del Ecuador, ubicado en el norte de Quito. En mayo del 2025 fue declarado inocente en un juicio por violación, pero culpable por abuso sexual del único caso que no había prescrito.
En 2019, mujeres levantaron la campaña Seremos Las Últimas, sacando a la luz lo que vivieron más de 20 años atrás, cuando apenas tenían 8 años y sus padres las inscribieron en cursos, en principio, vacacionales, pero en los que se quedaron de forma permanente. Sufrieron violaciones, que denominaron rutina del terror, ya que el supuesto profesor tocaba sus partes íntimas sistemáticamente.
Gabriela Santacruz lamenta lo que enfrentan las y los deportistas en Ecuador. Busca que más padres de familia y gimnastas brinden sus testimonios. Los recibirá en la dirección de correo electrónico: gaby@gymnastsforchange.com
"Una acusación, una denuncia debe tomarse en serio. La CDP debió tomar medidas que protejan a todos. Eso no quiere decir que el acusado sea culpable, de eso se encargará la justicia. Pero deben evitar que el acusado (de 23 años) siga en contacto con menores". Pone el ejemplo de un surfista en México, acusado de abuso sexual, por lo que la Federación de Surf lo sacó de una competencia.
"No pueden permitir que represente a la provincia y siga con su vida normal. Envían un mal mensaje. Tiene una acusación en la Fiscalía y no pasa nada. Hay un montón de menores que interactúan con esa persona".
Autoras


