Voy a cumplir 40 y hay una idea que no deja de rondarme: el horror de salir de casa y no volver jamás.
No por decisión propia. No por elección.
Simplemente desaparecer.
Desaparecer porque alguien decide borrarte.
Porque en este país, a veces, la vida depende del azar, del lugar, del momento, “de la oportunidad”… o de nada.
Y si no tienes a alguien que note tu ausencia, parece que no pasa nada.
La violencia se ha vuelto parte del paisaje.
Está en las paredes cubiertas de carteles de personas desaparecidas, uno sobre otro.
Está en las redes sociales, donde los rostros se acumulan como si fueran anuncios que se reemplazan cada día.
Está en nuestras conversaciones breves, entre almuerzos y cafés, donde el horror dura apenas unos segundos antes de que sigamos con la rutina.
Nos estremecemos… y seguimos.
Como si no fuera con nosotros.
Como si nunca fuera a serlo.
El miedo debe dejar de ser abstracto.
Mañana puedo ser yo.
Mi hermano.
Mi mejor amiga.
Cualquiera de las personas que amo.
Porque ya no hace falta “estar en algo”.
Porque nunca hizo falta tener vínculos con el narcotráfico.
Hoy, simplemente, puedes desaparecer.
Y mientras pienso en esto, no puedo evitar recordar a los niños de Las Malvinas.
Niños a quienes el Estado desapareció, torturó y asesinó.
Niños que, de no ser por el ruido —por la bulla en redes, por los videos que evidenciaron lo ocurrido—, habrían sido borrados en silencio.
Intentaron convertirlos en culpables.
Reducirlos a una narrativa conveniente: delincuentes, peligrosos, prescindibles.
Niños negros y pobres, como si eso explicara o justificara su muerte.
Y entonces el miedo se mezcla con rabia.
Pienso también en lo que significa desaparecer para quienes se quedan.
En no saber.
En no tener un cuerpo.
En no poder cerrar un duelo.
Pienso en David Romo, que salió de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central —la misma en la que yo me formé—, se subió a un bus… y fue desaparecido.
Pienso en su historia, en todo lo que no sabemos.
Y, sobre todo, pienso en su madre, en ese dolor suspendido en el tiempo, en esa búsqueda interminable.
Pienso en Karina del Pozo.
En cómo no solo le arrebataron la vida, sino también la dignidad.
En cómo, después de la violencia, intentaron hacerla responsable de lo que le hicieron.
Y hoy, uno de los feminicidas, está libre.
Y así podría seguir nombrando casos.
Los que lograron volverse mediáticos.
Los que alcanzaron, de alguna forma, a resistir el olvido.
Pero ¿qué pasa con los otros?
Con los nombres que ya nadie recuerda.
Con los rostros que dejaron de circular.
Con las historias que se archivaron como noticia vieja.
¿Cuántas personas están desapareciendo ahora mismo?
¿Cuántas están retenidas contra su voluntad, viviendo el horror que no alcanzamos a imaginar?
¿Cuántas familias siguen buscando, solas, sin respuestas, sin un Estado que acompañe, que investigue, que actúe?
Vivimos en un país donde la violencia dejó de ser excepción.
Se volvió paisaje.
Se volvió costumbre.
Se volvió silencio.
Y en medio de todo eso hay una pregunta que incomoda, que duele, que insiste:
¿Cuándo será tu nombre el que aparezca en un cartel?
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