Carmen


Carmen
Jeanneth Cervantes Pesantes

Primero de mayo

Se huelen distintos aromas de hierbas sanadoras de distintas dolencias: del hígado, del riñón, del corazón, la diabetes, la depresión, el estrés. Unas cuantas luces iluminan el interior de la feria, no siempre todas funcionan, pero quien llega a comprar ya se ha habituado, no hacen falta. Ya están acostumbradas y saben dónde encuentran cada cosa. Conocen casi de memoria dónde está cada puesto y cada casera, y cada hierba con la que llegan desde Nayón, Machachi u otros sitios, en busca de distribuir estos productos entre las negociantes de los puestos de 49 mercados de Quito que se dan cita los días de feria: martes, viernes y sábado.

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Algunos de los puestos tienen soportes de madera, otros están acomodados con plástico en el piso. Cada quien tiene su dinámica y conocen a quiénes llegan a comprar; ahí la madrugada no pesa, quien circula en la feria se da cuenta que es un lado de Quito despierto, atento y comerciante. Así empieza un día más de trabajo para la plataforma Primero de Mayo que queda cruzando el puente que une a San Roque con el Cumandá en la Av. Mariscal Sucre y Av. 24 de Mayo.

Si no se madruga, no se alcanza.

Son las 2 am y María Carmen Colcha —Carmita o Carmencita como le conocen— se despierta a esa hora todos los días. Media hora después está lista, junto a su madre, esperando que pasen por ellas e iniciar con sus tareas cotidianas. A las 2:30 las recoge un vehículo que alquilan diariamente para que las movilice desde Rancho Alto José Peralta, vía Nono, hacia el Mercado Santa Clara y después a San Roque.
No importa la distancia entre San Roque y Rancho Alto, pues como dice Carmen “es casita propia”. Las tardes son un poco más difíciles porque regresan a su casa en bus después de las cinco, y a veces el retorno demora entre dos y dos horas y media.

La primera parada de la madrugada es para dejar a su mamá, Anita. Ella trabaja desde la hora en la que pasa dejándo el auto por Santa Clara, entre las 3:00 o 3:15, fue varios años estibadora –cargadora de bultos-, ahora por una dolencia en sus meniscos trabaja en otras actividades en el mercado.

El mercado es como su casa. Trabaja con algunos de los negocios del patio de comidas, hierve el agua calculando que lleguen a poner los ingredientes para cocinar, pela las papas y las habas, hace el arroz y lo que haga falta. Por cada quintal de papa pelada le pagan USD 4 y por el de habas, USD 1,50.

La segunda parada es a las 3:30. Carmen, llega a la Plataforma Primero de Mayo y empieza a hacer sus compras. Sus caseritas son las de siempre. “Son mis caseritas que ya me conocen, por eso me avisan que no está buena la alfalfa. Hay que ver porque hay que veces que tocan las alfalfas malas, y como vendo a la madrugada, no veo bien”

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Carmen trabaja en el puesto de hierbas desde hace 15 años atrás. Empieza su jornada comprando lo que le hace falta para su puesto, y para que la clientela encuentre lo que busca. Va de casera en casera con toda la confianza, pregunta y pide lo necesario, pues el tiempo apremia para llegar y ordenar todo antes de las 7:00. Son un sinnúmero de caseritas que le van entregando las hierbas: Rosita, Doña Susana, Sra. Lourdes, Doña Angélica, y otras más.

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Mientras camina entre los puestos acomodados indistintamente, le ofrecen llantén fresco y níspero. Pero ya ha comprado lo necesario, así que la compra queda para la próxima. En todo amable Carmen responde a sus caseras: “Martes vengo, verá todo lo que me da siempre”.

Don José, un hombre de la tercera edad que trabaja en la plataforma, es quien carga los bultos para ponerlos en el vehículo. “Ya Josecito, ya, ya me voy”, es la frase con la que le paga unas cuantas monedas por la asistencia y se sube al vehículo para dirigirse a Santa Clara.

De domingo a domingo la jornada es similar: “hoy aquí (en la plataforma), mañana Iñaquito, lunes acá arriba (San Roque)”. Todo depende del día, es una rutina que con los años se ha vuelto habitual.

El mercado la vio crecer

Su abuela llegó a Quito junto a su madre desde Riobamba, cuando esta segunda era aún una niña. Viajaron en busca de empleo y empezaron trabajando dentro del mercado. Ahí nació y se crio Carmen, quien desde pequeña ayudaba en los puestos: pelaba cebolla paiteña, lavaba los apios y las acelgas, y aportaba en lo que bien pudiese echar una mano, “para hacer cualquier cosita”.

Años más tarde empezó a trabajar en el puesto de hierbas “Ahí aprendí a conocer las hierbitas”, recuerda. La dueña del negocio, la conocía desde que era una niña, de su mano aprendió a hacer las compras y encargarse del puesto. No hizo falta más de tres visitas a los mercados y las ferias para que Carmen conociera al dedillo lo que debía hacer cada madrugada.

A limpiar y poner bonito para poder vender

“De aquí ya me voy a acomodar mis hierbitas y a poner donde van, porque si me piden cómo vendo si no sé ni dónde están. Me piden romero, llantén, ya sé dónde está”.
Llega al mercado a las 4:30 y descarga lo comprado. Mientras a la entrada está una mujer pelando un costal de habas y otro de papas, sin perder la concentración, puesta toda su atención en seleccionar las mejores habas y ponerlas en dos bolsas distintas, unas para llevarlas a vender, y otras que usará para la cocina, se apresura y sin perder la atención sigue rápidamente porque “ya le agarró el día”.

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Carmen baja uno a uno los bultos de la camioneta, ponen en el piso los costales para después cortar o zafar lo amarrado y acomodar el puesto. Malva blanca, malva olorosa, hoja de naranja, acomoda una a una sus plantas. Saca el banco que está dentro del puesto, para tener más espacio y ordenar las hierbas del fondo. Corta las raíces, quita las hojas marchitas y las pone en su lugar, en un orden que solo quien ha trabajado ahí puede descifrar “como vienen más cositas toca ver dónde vamos a guardar”, indica Carmen.

Hace limpias con estas mismas hierbas, escobas dulces y amargas para curar “el espanto en los niños y la mala energía en los adultos. A los niños se les cura con rudita, santa María, huevito y colonita que ya se tiene listo para limpiarle; a los adultos, con unas hierbas que decimos escobitas, para limpieza son las amargas. Tiene ruda, santa María, marco. Todo eso viene ahí”.

Tiene que hacer de todo y estar a la espera de quienes entrar en búsqueda de algo. Llamar la atención: “caserito qué le doy, pregunte no más”. Sino cómo se gana. “Los puestos son del Municipio, se paga todo lo que ve aquí, ahora pagamos agua, luz, teléfono, guardias. Ahí queda para el pago diario de nosotras”, afirma, y agrega que “aquí vendamos o no vendamos, ya estamos enseñadas”

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El trabajo de Carmen es de domingo a domingo, solo descansa los primeros de enero. Si quiere descansar “solo se va a su cuarto nada más, pero ese día ya no se vende y ya no come”.

Nació en el mercado, conociendo ese oficio y se ha acostumbrado a las madrugadas, a vender, a ganar por día de trabajo. No cuenta con un seguro de salud, pero ahora no le hace falta. Ella seguirá ahí “hasta cuando Dios quiera y diga hasta aquí no más”.

Venga, pregunte y compre

Hay personas que van directo a buscar las hierbas y otras, a consultar qué podría servirles para alguna dolencia, por ejemplo, para el hígado. “Y le digo quiere solo para el hígado, o quiere un conjunto que viene para el hígado, para el riñón, para la vías urinarias.”, agrega Carmen.

Para las limpias hay más gente los martes y los viernes, Carmen tiene un cuarto aparte donde quita la mala energía en niños y adultos. Hace todo lo que ha aprendido estos años. Tiene que sacar dinero a como dé lugar para mantener el puesto, aunque ya “no se gana mucho como antes”.

En el puesto ofrece distintas plantas. “El llantén es para el riñón, es diurético y desinflamante. El toronjil es para los nervios y para el corazón. La manzanilla es para el estómago. El matico es desinflamante y antibacterial. La ruda, para la protección de las casas, negocios y baños. La alfalfa es para quienes les falta hierro y vitaminas para cuando tienen anemia. El órgano de castilla es para el estómago y para el colorín. La malva es diurética, desinflamatoria. La borraja para la tos, la gripe. La lavanda es para baños de estrés, relajante. La savia es para torceduras. El caballo chupa o cola de caballo, para el riñón. El boldo es para el hígado graso. La mashua es para la próstata, las vías urinarias, el hígado y el riñón. La hoja de granadilla es desinflamatoria, para cuando les quema el riñón. El perejil es para los nervios, el estrés, el corazón. La hoja de mango, para diabetes. La hoja de guanábana para el cáncer. La dulcamara o la hoja de la vida cura todas las enfermedades”.

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Van llegando la clientela de a poco y preguntan recomendaciones para distintas dolencias:
-¿Tiene para hacer infusiones?
-Para hacer las infusiones, para qué mi caserito…
-Para ahí abajo
-Deme todas las hierbas que son
-Por eso, le voy a dar matico, manzanilla. ¿Un dolarito será?
-Deme
-El paquetito que va amarradito es para una semana.

Todas juntas

Aunque son varios los puestos de hierbas se nota la complicidad con su vecina d, la Sra. Eulogia, quien trabaja ahí más de 40 años. Conversan, se cuentan el día, de una u otra forma se acompañan las unas a las otras, es que además “en el mercado trabajan pocos hombres, somos más mujeres” comenta Carmen mientras termina de ordenar el puesto.

La jornada termina a las 17:00, después de quince horas de trabajo. Hasta el final siguen ofreciendo y aprovechando a quienes llegan casi al cierre del mercado:
-¿Qué busca, corazón?
-Linaza
-¿A cuánto está? – A un dólar
-Dios le pague caserita, que le vaya bien

Mujeres que vemos transitar, quienes en ocasiones pasan desapercibidas, que no cuentan en horas laborables y que, finalmente son las que proveen sanación a toda la sociedad. Carmen cierra su negocio y espera a que el siguiente día llegue para volver con su jornada laboral.

La Periódica
Publicado el Crónicas | Etiquetado

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