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Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Jeanneth Cervantes Pesantes

¡A la muy excelentísima!

Mi muy excelentísima, 

Señora Ángela Lavinia Valbonesi Acosta de Noboa:

Patrona autoproclamada, de las personas desposeídas, que camina por estas calles atestadas de asfalto y baches… clap, clap, suenan las tapas de sus lujosos tacones; chin, chin, chin, golpetean sus flamantes joyas.

Sepa usted disculpar estas escasas palabras. 

Desde acá abajo se la ve muy allá arriba. Más rubia, más inalcanzable. Su séquito militar de seguridad es como un coro de ángeles, dispuesto a entonar un cántico de odio a los que se oponen. ¡Oh, innoble y violenta eminencia, con bolsos Hermès Kelly!

¡Qué sublimes lucen esos bienintencionados y eternamente incomprendidos proyectos privados en nombre de la dignidad de las mujeres! Casi una obra de arte digna del Museo del Prado: eso de transformar causas urgentes en ornamentos, en filigranas pulcras que no incomodan.

Desde acá abajo se la ve muy allá arriba. Más pulcra, más luminosa, más ajena. Su altura no solo impresiona: consagra la distancia. Tan elevada que ya no parece caminar entre la gente, sino sobre ella. ¡Cuán lejos nos queda usted, mi señora! ¡Cuán remoto ese brillo, ese glamour de escaparate, esos oropeles que tintinean con promesas vacías! ¡Cuán lejos se la ve desde aquí abajo, desde aquisito nomás, este cerquita del suelo, donde la podredumbre y el hambre no tintinean, pero claman justicia!

Aquí abajo, señora, viven quienes sostienen el mundo con dos dólares al día; dos dólares que se deshacen entre los dedos, que dudan en gastarse entre un pasaje de bus o una pieza de pan. Tan insignificantes allá arriba, pero tan necesarios aquí abajo. 

Pobres, mi excelentísima señora, no por falta de dignidad sino por la abundancia de abandono y el despojo del gremio empresarial, pobres aquellas que no alcanzan la gracia de ser como usted: buenas, plenas, esculpidas por el ejercicio y dotadas de una vida fitness. Pobres de las que no pueden tener niñeras para ser buenas madres, pobres de las que no cuentan con chófer para llegar a tiempo, pobres de las que no se ven como usted en una foto de Instagram. Pobres de las que no fueron tocadas por un apellido Valvonesi y casadas con un Noboa. Pobres de las que en lugar de celebrar, andan contando muertos; de las que no tienen hijos rubios, vivos, resplandecientes y millonarios, sino ausencias, silencios, desapariciones y tumbas. 

Sus fanfarrias de poder golpetean en lo alto. Tan lejos como su vida perfecta, tan afinadas que apenas logran oírse entre el molesto clamor de quiénes piden medicinas, aunque sea un paracetamol; entre los cuerpos que esperan diálisis como quien ruega un milagro; entre la ausencia de respuestas a los guaguas marrones de Taisha. Pero claro, ¡qué despropósito exigirle tanto! Usted solo es “la primera servidora”, “la primera dama”, armada apenas con su buena voluntad… y con las alianzas lucrativas del proyecto Ana.

Lejos, lejos como el eco funesto de aquel adolescente que recientemente fue amenazado con una pistola en la sien dentro de su aula de clase, en el sur de Quito. Una escena sin importancia: no era suyo, no era ojiclaro, no era rubio, no era millonario. Apenas uno más de esos empobrecidos que insisten en existir desde la educación pública.

Y qué decir de esas provincias impertinentes, como Imbabura, con la necedad de levantarse, de incomodar, de recordar. Qué inoportuna esa memoria de septiembre-octubre de 2025, qué mal gusto el de resistir… y peor aún el de no agradecer la firmeza con la que fueron devueltos al orden por su señor esposo. 

¡Qué molesto eso de quejarse! Deberían agradecer que sus glamorosos pies turisteen por la zona este 22 de abril. Deberían sentirse dichosos en ese pueblo de indios que una mujer como usted, de su alcurnia y porte pose, al menos, la mirada sobre esos pueblos que pese a todo siguen de pie.  

Aún la recuerdo, mi excelentísima, en sus historias de Instagram, celebrando el firme actuar de su señor esposo por no dejar que esa gente fiera llegara a Quito ni que intentara diseminar el paro más allá de esa provincia del norte. Solo dos comuneros, dirá usted para sí misma: Efraín Fuerez y José Guamán fueron asesinados. Y aun así, qué insistencia la de esa bola de resentidos, siguen reclamando.

Bienhecho seguro usted pensará durante su visita turística, aunque nadie la entienda en el bienintencionar de su buenproceder. 

Aquí abajo, no hay oropeles ni ese glamour que ha blanqueado la política nacional, pero hay memoria. Y la memoria, esa que tanto incomoda allá arriba, tiene la mala costumbre de volver una y otra vez hasta derribar los pedestales del poder.

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Autoras

Jeanneth Cervantes Pesantes

Editora de la revista digital feminista: La Periódica. Asesora de comunicación con enfoque en violencia, género, derechos sexuales y reproductivos. Feminista apasionada por la encrucijada digital.