
| Jicela Montero Bravo
La Feria del Libro: entre la disputa cultural y la administración del espectáculo.
Aún recuerdo —con una emoción que no se desgasta— la primera FILQuito que habité. Yo era entonces una joven universitaria que encontró en los libros algo más que historias: encontró un rumbo. En esas páginas descubrí que el mundo no era uno solo, que había múltiples formas de existir, de pensar, de nombrarse. Y, sobre todo, entendí que no estaba sola.
Esa memoria vuelve como la luz cálida de una joven enérgica, convencida de que leer también era una forma de abrirse paso en el mundo.
Con los años, la vida me permitió habitar ese mismo espacio desde otro lugar: la organización, la gestión, el trabajo invisible que sostiene lo que otros viven como experiencia. Y fue ahí, entre pasillos, stands y conversaciones fugaces, donde comprendí con mayor profundidad el sentido de todo esto.
Recuerdo —como si fuera ahora— un sábado cualquiera. En una de las entradas vi a un hombre con su hija. Ella llevaba el uniforme de la escuela: impecable, como si se tratara de una ocasión especial. Él miraba con cierta distancia, entre la duda y la curiosidad. Ella, en cambio, lo tomaba de la mano con una insistencia silenciosa, casi urgente.
Me acerqué.
Le expliqué que podían entrar, que la feria era libre. El hombre, con una timidez que no se olvida, me preguntó si realmente no costaba. Venían desde Guamaní, el sur de Quito —me dijo— y, por si acaso, le había pedido a su hija que se pusiera el uniforme, porque a veces eso ayudaba a que la entrada fuera gratuita o más barata. Nunca había estado en una feria del libro.
Aceptaron que los acompañara.
Recorrimos juntos cada espacio. La niña se detenía en todo: en los libros, en los talleres, en los materiales que recogía con una alegría que parecía desbordarse. Miraba a su padre esperando una respuesta que él no siempre podía dar. Entonces me preguntó, casi en voz baja, si sabía dónde encontrar libros baratos. Tenía tres dólares. Tres dólares para cumplir el deseo de su hija.
Lo llevé al stand del Ministerio de Cultura. La niña descubrió allí un mundo posible: libros que podía tocar, hojear, llevarse. Luego compraron unas revistas del Capitán Escudo. Y algo cambió en el rostro del padre: la timidez se transformó en alivio, en una dignidad silenciosa que pocas veces se nombra.
Ese día entendí —de una forma que ningún discurso logra— por qué este trabajo importa.
Años después regresé a la feria desde otro lugar: como parte de quienes no venden libros, pero sí ideas. Levantamos un stand distinto, un espacio que convocaba desde la curiosidad. Era la Revista Públicos: un ejercicio colectivo para pensar la cultura, para discutirla, para incomodarla incluso.
Lo que más me sorprendió no fue la acogida —que fue amplia—, sino quiénes llegaban: adolescentes, jóvenes, lectores, lectoras atentas que no solo consumían, sino que querían debatir, escribir, disentir. Ese espacio se volvió suyo. Y ahí confirmé algo esencial: el pensamiento crítico no es un privilegio de pocos; es una necesidad latente en muchos.
Hoy, todos estos recuerdos regresan con una intensidad difícil de esquivar.
Porque sé —desde la experiencia— lo que significan estos espacios. Sé lo que implica sostener la gestión cultural independiente, esperar estos momentos para dinamizar el trabajo, circular ideas, encontrarse. Sé que en estos lugares no solo se venden libros: se disputa el sentido, se construyen comunidades, se ejercita el pensamiento.
Y por eso duele pensar que puedan desaparecer.
No se trata de señalar culpables inmediatos —aunque los hay—. Sería demasiado fácil. Lo que está en juego es más profundo: es el resultado de un modelo que reduce, limita, despoja. Un sistema que no necesita personas críticas, sino sujetos funcionales; que no promueve el pensamiento, sino la obediencia al poder de turno.
Cuando se debilitan los espacios culturales hay una estrategia: la cultura incomoda. Siempre lo ha hecho. Es una piedra en el zapato del poder porque abre preguntas, desarma certezas, invita a imaginar otros mundos posibles. Y eso —para ciertas lógicas— es peligroso.
Una feria del libro es un territorio donde alguien puede descubrir, como aquella joven universitaria, que su vida puede ser distinta. Donde una niña puede encontrar un libro que la acompañe. Donde un padre o una madre puede transformar tres dólares en un gesto de amor y dignidad. Donde una comunidad puede pensarse a sí misma.
Cuando esos espacios desaparecen, no solo perdemos actividades culturales: perdemos posibilidades.
Lo que está en juego no es solo una feria.
Es la forma en que se decide hacerla, sostenerla y para quién existe.
Porque incluso cuando se anuncia que “sí habrá feria”, queda en evidencia el problema de fondo: cuando la cultura se convierte en escenario de disputa política, en vitrina o en reacción a la presión, pierde su sentido público y su horizonte colectivo.
No se trata de celebrar que ocurra a cualquier costo.
Se trata de preguntarnos en qué condiciones, con qué lógica y al servicio de quién.
Cuando la cultura se reduce a evento, a espectáculo o a respuesta coyuntural, deja de ser un derecho garantizado y se vuelve una concesión administrada.
Y eso no es menor.
Porque una feria del libro no debería depender del cálculo político ni del capricho institucional, sino de una política cultural sostenida, coherente y comprometida con la ciudadanía.
Por eso, más que aplaudir su existencia, toca disputar su sentido.
Nombrar lo que ocurre.
Y no perder de vista lo esencial: estos espacios no son favores.
Son derechos.
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