Ir al contenido principal
Elsie Monge en la sala de su departamento en Quito. Marzo de 2022. Foto: Karen Toro A.
| Jeanneth Cervantes Pesantes

Prensa corrupta, prensa vendida

Llevo varios días, con sus noches, pensando en una escena que presencié durante una cobertura. Desde entonces no dejo de escuchar resonar en mi cabeza dos frases: “prensa vendida”, “prensa corrupta”. Y no es la primera vez que la escucho. Ya en el año 2019, cubrir el paro nacional implicó estas dificultades: teníamos que mostrar la credencial, que se leyera que no éramos prensa tradicional (lo cual ya era complejo) para evitar agresiones, y aun así, en momentos, las personas te soltaban un “prensa corrupta”.

Ahora el escenario de nuestro país abre otras reflexiones urgentes sobre los medios de comunicación, porque ese posicionamiento —esa adjetivación generalizada de “prensa corrupta”— se inserta en medio de un ámbito de conflicto armado interno, de militarización, de reiterados estados de excepción, toques de queda focalizados, de dificultades para acceder a información pública, donde los hechos van a una rapidez que resulta difícil de procesar, donde la misma narrativa de la violencia y guerra es desgastante.

El 13 de marzo de este año se realizó una movilización multitudinaria que congregó a sectores sindicales y trabajadores organizados en Quito. Aunque hubo varias demandas, una de las principales fue el rechazo al acuerdo ministerial MDT 2026-059, que plantea un ajuste en la jornada laboral de hasta diez horas diarias.

Este texto no es para hablar de la movilización. De eso escribiré en otro momento. Lo que quiero abordar aquí es el trato a la prensa, especialmente a las mujeres que cubrimos, que hacemos reportería en calle. Sin embargo, lo paradójico es que esta misma movilización plantea algunas interrogantes también sobre los derechos y la situación en la que hacemos comunicación y periodismo desde una línea de trabajo de independencia en el contexto no sólo local, sino regional: 

¿Cómo no pensar también en los derechos de quienes somos obreras de la palabra? ¿Cómo no pensar, durante éste tipo de movilizaciones, en la sostenibilidad de nuestros medios en el contexto actual? ¿Cómo no pensar en la seguridad durante las coberturas o cuando realizamos investigaciones en condiciones precarias? Y no solo en nuestra seguridad, sino también la de nuestras fuentes. Porque también hay condiciones laborales complejas para quienes trabajamos o neciamente buscamos sostener medios con líneas editoriales realmente independientes.

No voy a discutir ni a legitimar la línea editorial de cada medio de comunicación, porque intentar justificar desde ese lugar las agresiones a quienes reportean en la calle es, en el fondo, legitimar los gestos del poder. Un poder que además se aprovecha de esa mirada limitada para restringir coberturas de medios que trabajan desde perspectivas de derechos humanos, feminismos, ecologismos y más. Y eso termina abriendo una puerta peligrosa: la idea de que alguien podría merecer ser hostigado o hostigada solo por incomodar al poder de turno.

Los medios no son iguales ni pretenden serlo (por suerte): hay algunos conservadores, otros alineados al gobierno, otros que intentan equilibrar sus fuentes y también están los independientes y comunitarios, que buscamos otras formas de mirar y narrar la realidad. Y es justamente en esa diversidad donde se enriquece la opinión pública; de lo contrario, imaginemos un mundo donde todas las personas piensen igual, una sola visión impuesta, como de forma totalitaria hoy se intenta instalar proyectos políticos.

Ese 13 de marzo, mientras caminaba en la marcha haciendo cobertura, un hombre muy molesto que llevaba una bicicleta me increpó: “¿Cuánto te paga Noboa por ser prensa vendida?”

Su molestia empezó cuando mi cara me delató y lo miré con desaprobación mientras incitaba a que agredieran a un reportero y al camarógrafo de un medio tradicional. El logo del medio se distinguía claramente en el micrófono, así que era imposible no notar que se trataba de una agresión dirigida.

El hombre, desbordado de rabia, empezó a gritar. Intenté explicarle por qué me parecía injusto lo que estaba haciendo, pero también porque sentí que esa actitud amenazante podía escalar. Tuve que pedirle que bajara la voz porque no lograba escucharlo: sus propios gritos lo ensordecían. En medio de ese intercambio le dije que esa misma actitud —la de desacreditar— es la que ha tenido el poder de turno cuando decide no entregar información a la prensa o cuando concede entrevistas controladas a ciertos medios que ni siquiera le plantean repreguntas. Le pregunté si había visto lo que publicaba ese medio al que incitaba a atacar. Le hablé, por ejemplo, de la cobertura sobre la desaparición y muerte de Steven Medina, Josué Arroyo, Ismael Arroyo y Nehemías Arboleda, los cuatro niños de Las Malvinas y de otras investigaciones.

En un momento volvió a alzar la voz y decidí irme. Una se va cuando entiende que el grito es la única alternativa que queda en la conversación. Y eso va más allá del oficio.

Pero él me siguió unos metros entre las banderas sindicalistas y gritó:
“Claro que se va porque no quiere oír”.

Intentó alcanzarme. Antes de hacerlo volvió a increparme:
“¿Cuánto te paga Noboa por ser prensa vendida?”

Por suerte mi colega fotógrafo estaba cerca. En cobertura no solemos separarnos demasiado, también por seguridad: nos cuidamos para llegar e irnos juntas. Cuando el hombre lo vio, se detuvo. Ya no se acercó más.

Cuando terminamos la jornada supimos que la reportera de Teleamazonas había sufrido una agresión. Vale la pena mirar con atención la secuencia del video publicado en redes sociales. Un hombre que transmite en vivo todo el tiempo, al que ella intenta acercarse para pedirle una declaración, empieza a acusarla señalando el nombre del medio como si fuera suyo, como si ella encarnara a toda la empresa. Pero no se queda ahí: incita de forma insistente y descontrolada a que alguien más reaccione y se sume a la agresión. La sigue a ella, no a nadie más, a la reportera, durante varios metros entre la multitud, mientras ella va tomada del brazo de su asistente de cámara, a la par que el camarógrafo pone el cuerpo para evitar que el hombre se acerque más.

Al ver la escena no pude evitar preguntarme cuánto daño ha hecho ese discurso homogeneizador de “prensa corrupta”. Cuánto daño ha hecho para ejercer el periodismo en Ecuador en el contexto actual. ¿Quién decide qué se cubre y qué no? ¿Qué pasa con quienes, desde las organizaciones sociales, históricamente han gestionado sus temas con los medios?

El problema no es solo la agresión, que ya de por sí es grave. El problema es que estos ataques terminan limitando las coberturas. Y cuando eso ocurre, también se limita que cierta información llegue a públicos a los que el algoritmo no alcanza.

Y me planteo varias preguntas porque el discurso y adjetivación trasciende a la práctica: ¿A quién beneficia que un medio tradicional no pueda cubrir una marcha? ¿Qué habría pasado si el agresor alcanzaba a la reportera? ¿Solo merecen información quienes escuchan lo que quieren oír? ¿Estamos aquí solo para satisfacer a las audiencias?

Hay algo más que se repite en estas escenas: son hombres incitando estas agresiones en medio de movilizaciones. Hombres que se muestran muy valientes para imponerse frente a una reportera, pero que rara vez exhiben la misma valentía para atravesar una valla.

Los medios de comunicación no tenemos por qué ser del agrado de todo el mundo. Para eso existe la diversidad de líneas editoriales y también la mirada crítica de quienes leen, escuchan o miran. Incomodar debería ser un principio del periodismo. No somos influencers ni estamos aquí para caerle bien a nadie, por suerte.

El problema es otro: que no hay una crítica real al trabajo periodístico ni a quienes fungen de esbirros del poder de turno a conveniencia (porque de eso sí hay mucho. Y, casualmente, ellos no son quienes salen a cubrir en calle). Lo que sí hay son agresiones desproporcionadas dirigidas a cualquiera que lleve la palabra “prensa”.

¿A quién ha beneficiado que se desvirtúe así el periodismo?

Hay medios que operan como empresas, que lucran de sus audiencias, que prefieren declararse en bancarrota antes que pagar a sus trabajadores, que responden a intereses empresariales. Pero eso no se discute a profundidad. Quienes son dueños de esos medios siguen intactos. A muchos de ellos, me atrevo a decir, nunca los verán tomando un bus para ir a una cobertura en calle. No salen. Se sientan cómodamente a mirar desde lejos los ataques, sin garantizar condiciones mínimas de seguridad ni de dignidad para sus equipos.

Cuando apareció el cuestionamiento a la “prensa corrupta”, también existió —por allá en el año 2008— una propuesta de redistribuir las frecuencias y democratizar los medios de comunicación, que estaban concentrados en monopolios y oligopolios. Y sí, esos mismos grupos volvieron a concentrarlos después. Pero el problema ahora es la fragilidad de la memoria: olvidar en qué contexto ese discurso tuvo sentido y no ver el daño que hoy está causando para ejercer este oficio, ya de por sí precario.

Y entonces vuelvo a preguntarme en qué se diferencia ésto de lo que vimos meses atrás, cuando el propio poder político descalificaba a periodistas en público durante coberturas, incluso seleccionando qué periodistas podían entrar a cubrir ruedas de prensa de la vocera de turno del Gobierno. Porque fueron justamente esos periodistas —muchos de medios tradicionales— quienes pusieron en evidencia, una y otra vez, la ineficiencia y las contradicciones del gobierno.

¿Qué nos queda en contextos así de hostiles? Francamente no tengo una respuesta clara. Quizás apostar por audiencias más críticas, que no repitan sin más los discursos del poder de turno y que puedan sostener estos cuestionamientos. No creo que la salida sea pedir más medidas de seguridad al Estado o a los gobiernos de turno; quizás uno de los retos es la autogestión desde quienes cubrimos en calle, que no esté mediada por ONGs que terminan lucrando de la precariedad más que generando mecanismos reales de seguridad y acompañamiento capaces de empujar cambios estructurales.

Tal vez la respuesta esté en seguir haciéndonos preguntas y en acompañarnos en las coberturas en calle, porque más allá de las líneas editoriales hay condiciones reales y materiales desde las que intentamos ejercer el oficio, en medio de una evidente decadencia democrática.

Compartir

Autoras

Jeanneth Cervantes Pesantes

Editora de la revista digital feminista: La Periódica. Asesora de comunicación con enfoque en violencia, género, derechos sexuales y reproductivos. Feminista apasionada por la encrucijada digital.