¿Qué significa para cada una de nosotras estar segura en Internet?


¿Qué significa para cada una de nosotras estar segura en Internet?

Reflexiones ante el Día internacional por una Internet segura.

Cada segundo martes de febrero, Insafe y otras organizaciones, invitan a participar del Día Internacional por una Internet como una oportunidad para debatir sobre el uso responsable, respetuoso, crítico y creativo de la tecnología. Esta es una campaña orientada principalmente a niños, niñas y jóvenes, por un lado, y a padres; con consejos sobre cómo cuidarnos frente al cyberbulling o las amenazas de explotación con fines sexuales.

La idea generalizada cuando hablamos de seguridad en internet referirnos a «todas aquellas precauciones que se toman para proteger todos los elementos que hacen parte de la red como infraestructura e información, la más afectada por delincuentes cibernéticos». Hablamos entonces de ciberdelincuentes, de robo de datos, de protección a recursos críticos, ataques informáticos, de acceso no autorizado a sistemas de seguridad, etc. Pero, ¿es suficiente este noción de seguridad?

Evidentemente Internet es un territorio complejo y muchas veces hostil para muchas de las personas que lo habitamos. La seguridad, aunque podemos consensuar nociones comunes, significa cosas muy distintas para cada persona. En inglés, existe la diferencia entre las palabras «safe» y «secure»; la primera se refiere a condiciones objetivas, físicas, externas, la última se refiere al aspecto emocional e interno de la seguridad. Entonces, ¿qué cosas sentimos que son una amenaza para la seguridad en Internet?

Nos preocupa el avance sobre la privacidad y el anonimato. El capitalismo de plataformas necesita de la extracción masiva de datos y metadatos para generar riqueza. Nos gustaría creer que este modelo está llegando a su límite pero, con el despliegue del 5G y la Internet de las cosas, parecería que este es solo el comienzo. Aunque la presión ciudadana ha puesto esta preocupación en la agenda, y los organismos internacionales y las tecnológicas han respondido creando mecanismos de protección de la privacidad como la Relatoría Especial sobre el derecho a la privacidad o aumentando los parámetros de privacidad de sus plataformas. Sin embargo, no parece no ser suficiente ya que no cuestiona el modelo de dataficación, recopilación, procesamiento y venta de datos.

Esto tiene dos consecuencias concretas: la vigilancia masiva y la lucha contra el anonimato, una tensión que cede en favor, como siempre, de los poderosos. La narrativa de la seguridad es poderosa porque apela a emociones primarias, como el miedo, que son estimuladas a través de lo que conocemos ahora como fake news. Nadie quiere vivir con miedo. Pero, ¿acaso la gestión de nuestros conflictos tendrán solución a través de un algoritmo? ¿quién decidirá qué puede ser entendido como bueno o malo, aceptable o no aceptable?, o ¿qué es un comportamiento esperado o deseado y cuál no? El anonimato -que goza de muy mala prensa: alguien anónimo no puede ser identificado ni explotado comercialmente- es de los pocos resquicios de libertad y seguridad para defensores y defensoras de derechos humanos, mujeres e identidades diversas, personas que denuncian la corrupción e investigan el crimen organizado, o cualquiera cuya integridad física pueda estar en riesgo.

Quienes defienden el anonimato y la privacidad de las internautas, y quienes abogan por la transparencia en la gestión de datos (ya sean empresas, Estados u organizaciones sin fines de lucro) son criminalizados. Lo vimos con el caso de de Ola Bini en Ecuador, y con Joaquín Soraniello y Javier Smaldone en Argentina. Todos perseguidos y procesados por «saber de informática». Pero también lo vemos en los intentos de prohibir el cifrado de las comunicaciones o la persecución de ciudadanos y ciudadanas que ejercen su derecho a la protesta, como en el caso de Ecuador o de Chile. Medidas que van en contra de los estándares de Derechos Humanos y de la propia Declaración Universal de Derechos Humanos que garantiza la inviolabilidad de las comunicaciones.

Por otro lado, estamos resistiendo a la privatización de Internet. Casos como la venta del dominio .org a un fondo de capitales de riesgo, sin que haya sido tomada en cuenta la opinión de las organizaciones sociales -principales usuarias de ese dominio- nos deja en situación de total vulnerabilidad. ¿Y si suben arbitrariamente las tarifas? ¿Puede ser considerada una amenaza a la libertad de expresión?

En este escenario, ¿qué es la seguridad? ¿Quién la define y delinea sus parámetros? ¿Pensando en quién? Si cada una de nosotras tuviera el control de sus datos, de manera local en sus dispositivos, los robos masivos de datos serían más difíciles y escasos. Si tuviéramos una infraestructura realmente descentralizada, los ataques serían más fáciles de mitigar. Si apostáramos por redes locales tendríamos más capacidad de incidencia sobre la gestión de la Internet que habitamos. Si se garantizara nuestro anonimato podríamos construir nuestras identidades libremente, accederíamos a la información que quisiéramos y podríamos defender los derechos de nuestras comunidades sin miedo a sufrir represalias.

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