Fuck the police (FTP) y Freedom Dreams: En defensa de los piqueteros en Estados Unidos


Fuck the police (FTP) y Freedom Dreams: En defensa de los piqueteros en Estados Unidos
Foto de portada bajo la licencia creative commons: Miki Jourdan

 

Las vidas negras y los sueños de libertad


“Para que la no violencia sea efectiva, tu oponente debe tener consciencia. Los Estados Unidos de América carece de conciencia”- Stokely Carmichael.

El estallido de protestas militantes por el asesinato de George Floyd (1973- 2020) a manos del policía Dereck Chauvin, del Departamento de Policía de Minneapolis, Minnesota, inició la semana del 28 de mayo de 2020. Luego de este estallido, que se mantiene por otros asesinatos a personas negras a manos de la Policía, el asesino de Floyd ha perdido su trabajo, no quedó del todo impune; pero la historia de impunidad se repite, por ejemplo, hasta ahora el caso de Breonna Taylor, abaleada ocho veces por la policía el 13 de marzo de este mismo año mientras dormía en su casa en Louisville, Kentucky, sigue abierto. Sus asesinos no han sido procesados y siguen recibiendo su sueldo. Las protestas también exigen justicia para Breonna, excepto que, como fórmula común del liberalismo estadounidense -disfrazado de progresismo-, se creó una ley con su nombre en pos de “sancionar” su ejecución a manos de agentes del Estado, sin arrestar en el futuro a ninguna de las personas que la asesinaron.

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El sábado 13 de junio, una de las más grandes manifestaciones con miles de personas, por la visibilidad de la violencia social y estatal en contra de personas trans negras, sucedió en Brooklyn, Nueva York. Ahí, entre otrxs, se nombraba a Tony McDade, quien fue ejecutadx por la policía mientras paseaba en Talahasse, Florida. Tony es una de las 12 personas trans asesinadas en lo que va del año 2020 [1], y la tercera durante el mes de mayo; sus asesinos tampoco han sido procesados[2]. Breonna y Tony, en estados del sur, y George, en un estado del norte, son lxs mártires más recientes de la violencia policial, pero las listas alrededor de todo el país son interminables.

Escribo desde el Bronx y Queens, las periferias de la Nueva York metropolitana, que es el núcleo económico y financiero global del imperio estadounidense. Aquí se traman y administran las operaciones del saqueo global. Aquí se crean las fórmulas que priorizan el cálculo y el conteo de pérdidas económicas por encima de la vida.

En este artículo brinco entre lugares, horas, días, noches, historias, conexiones interrumpidas e información que no se alcanza a incluir, que forman parte de la infusión de imágenes aterrorizantes de violencia policial y el estado militarizado queriendo adueñarse de las calles, aquí, fuera de mi ventana. Así han sido las últimas semanas y meses de resistencia liderada por las personas negras, frente a la guerra sistemática contra la vida que no importa en esta ‘tierra del norte’.

Las calles de Estados Unidos están pasando momentos memorables, los cuales nos unen globalmente para rechazar al patriarcado. Es decir, rechazar los mecanismos que permiten que el Estado someta a las personas y sus cuerpos a través de la violencia, para luego esconder la mano y rechazar los testimonios vivos -o muertos- de estas. Para nosotrxs mismxs, estos actos de contar, nombrar y validar los piquetes como estrategias de reapropiación de mercancías y la militancia en las calles, nos consuela, y aquello se vuelve parte del cariño colectivo para afirmar nuestras luchas.

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Las (des) valorizaciones a la vida forman parte de los mecanismos del perfeccionamiento del progreso del “capitalismo racial” (Cedric Robinson 1983)[3]. En este régimen se manufacturan las ideas, el lenguaje que justifica dar más importancia y valor a la propiedad que a la vida y en especial a las de las personas negras que han luchado por siglos por su liberación. En el capitalismo racial, los policías son los “trabajadores de la violencia” (Alex Vitale 2017)[4].

A sabiendas de esto, es necesario urgar en la historia de los Estados Unidos y abolir sus mitos. Gracias a la enseñanza de los pueblos indígenas y nativo americanos de Norteamérica, aprendí hace muchos años que Nueva York se ubica en el territorio ocupado del pueblo Lenapehoking que es hogar de varios pueblos originarios y naciones[5], que comprende lo que hoy se conoce como los estados de New York, New Jersey y Delaware, en la costa Este. Esto delinea y reconoce las geografías de los pueblos en lucha, que existen dentro de ese monolito nacional estadounidense, entretejido a punta de alambre de púas, fronteras y genocidios.

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Estas y otras laceraciones en el territorio han sido retratadas, en parte, por las educadoras chicanas feministas fronterizas, como Alzandúa y Morraga. Y entre los dos lados de las fronteras creadas que ellas denotan se forjan las primeras y segundas generaciones de los flujos migratorios desde más al sur y los desplazamientos causados por el imperialismo estadounidense los últimos 40 años. Al escuchar de cerca estas narrativas y las luchas de los pueblos indígenas y al pueblo negro en los Estados Unidos, me surgen unas preguntas clave para la solidaridad y en contra de las fuerzas adversas a la liberación de los pueblos y la caída del patriarcado y el capitalismo racial: ¿Quién ha saqueado a quién?, seguida de ¿cómo estamos pensando, soñando y actuando colectivamente hacia la liberación?, y ¿cómo trabajamos por la abolición, el desarme y desmantelamiento de la Policía?

En mis pupilas están marcadas las imágenes de hace varias semanas atrás, del carro de la Policía de Nueva York en llamas en Brooklyn y de las ventanas de la tienda OLD NAVY que amanecieron cubiertas por paneles de madera luego de un piquete nocturno en Fordham, barrio del Bronx, paneles que al parecer fueron pagados por el Municipio. Esta última imagen de los paneles de madera es potente; primero, porque representa el miedo de los grandes negocios, la protección que los gobiernos municipales dan a las corporaciones y la posibilidad que tenemos de detener su economía. Esta imagen también representa la rapidez de las acciones de represión del Estado, especialmente para reprimir la protesta del 4 de junio pasado en el Bronx. Esta manifestación sirve como testimonio de la manera en la que la violencia policial se aplica con diferentes grados de intensidad para reaccionar y controlar las manifestaciones en los distintos barrios, y vimos la diferencia indignante especialmente en los de las periferias, ahí donde la gente negra, pobre, trabajadora y migrante reside en condiciones vulnerables. Señalar estas posiciones en las jerarquías de clase y sectores geográficos solo sirve para examinar y mapear los mecanismos de opresión del capitalismo racial en su despliegue policial, de acuerdo con la geografía del racismo en Nueva York.

Los medios masivos y la opinión pública dominante acusan a las protestas de apoyar saqueos, pero el verdadero saqueo del Bronx inició hace varias décadas, particularmente por la infame y poco conocida historia de incendios provocados en los edificios de apartamentos, para que los dueños de esos edificios puedan cobrar las pólizas de seguro durante una de las crisis fiscales más duras de la ciudad de Nueva York. Sería un insulto a esa historia no considerar estos actos de militancia como reapropiaciones. Históricamente, estos piquetes han traído interrupciones y reapropiaciones importantes como la de la calle, la revuelta y el fuego en estas sociedades hipervigiladas y militarizadas que han apaleado a estas rebeliones con represión naturalizada que da fe de la otra cara de la misma moneda de la violencia, que es el castigar a lxs jóvenes negros por ser violentxs.

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A propósito del anuncio de la protesta en el Sur del Bronx, que ha sido históricamente un campo de batalla del pueblo pobre, negro, caribeño, migrante, y la Policía, el gobierno municipal desde la media noche del 3 de junio, en cuestión de minutos, sin burocracia ni lagunas de indecisión se eliminó el mandato habeas corpus. Es decir que se suspendió el derecho constitucional a un juicio, lo que hace que una persona pueda estar detenida indefinidamente. En contraste, esta velocidad de respuesta del Estado se demostró incapaz de contener y organizar la logística de prevención y tratamiento de la Covid-19. Vemos a un Estado que se declara incompetente para proteger la salud del pueblo, pero ha sido altamente efectivo en amenazar, escarmentar y maltratar a más de 250 manifestantes del Bronx que la policía arrestó usando la fuerza y un despliegue de equipo caro y sofisticado [6].

De acuerdo con datos de la Universidad John Hopkins, que cambian cada día, al momento de escribir este artículo, existen casi ocho millones de casos de Covid-19 y 446.000 muertes por este mal registrados en el mundo[7]. En los Estados Unidos se registra 2 millones de los casos y 117.568 muertes, es decir que aproximadamente un 25% de la gente que ha muerto en el mundo entero están aquí, en los Estados Unidos y en Nueva York, y los números elevados de casos de contagio están en su mayoría en los barrios donde viven personas negras y trabajadorxs esenciales, entre esos el Bronx.

Para mí, apoyar las protestas fue también romper por primera vez el confinamiento por la Covid-19, que cumplía más de 100 días. Las sirenas de la Policía no dejaban de sonar, suenan al igual que sonaban las sirenas de las ambulancias que atendían llamadas de emergencia por la Covid-19, sobre las que tantos medios europeos escribieron. Las sirenas de la Policía agravan la crisis, nos mandan el mensaje de su poder y nos dicen que no van a retroceder porque estamos exigiendo que sus trabajos desaparezcan.

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Las imágenes del carro de la Policía de Nueva York en llamas en Brooklyn nos quedan como una remembranza. Cuando nos enteramos de que en El Centro Metropolitano de detención de Brooklyn (MDC), en el barrio de Sunset Park (a sabiendas que la Covid-19 afecta al sistema respiratorio y que las personas con asma están inmunocomprometidas), el Departamento de Correccionales se negó a liberar a las personas en situaciones de riesgo. Por el contrario, en las cárceles se está escarmentando con igual fuerza al pueblo privado de la libertad. Los maltratos, torturas y condiciones infrahumanas para las personas encarceladas son el pan de cada día en este centro de detención. Jamel Floyd, fue un ciudadano afroamericano que estaba en (MDC) esperando su juicio y sufría de asma y diabetes, murió el 4 de junio a causa de tortura con gas lacrimógeno en su celda [8]. Más allá de la furia que nos provocan las violaciones al derecho a la protesta y la represión policial, estos asesinatos a plena luz nos recuerdan que el sistema carcelario policial en Nueva York y en todo el país no solo ha demostrado negligencia intencional y descuido para crear condiciones que eviten el contagio del virus en esas situaciones de confinamiento; sino que las personas encarceladas en mayor riesgo de contagio son mayoritariamente negras, latinas y de clase pobre trabajadora.

Así, la violencia de la Policía se intersecta con las experiencias globalizadas que la pandemia ha profundizado y ha hecho más visible en nuestra vivencia, sobre el poder del control social del Estado sobre nuestros cuerpos, espacios, formas de socializar, trabajar y la salud. La empatía es la única opción que nos queda. En el caso del poder ejecutivo a nivel federal, al mando de Donald Trump, nos ha horrorizado con decretos parciales y ambiguos de confinamiento cuando se trata de la salud y su imposibilidad de garantizar condiciones de menor exposición y seguridad social que interrumpan las actividades económicas, tomando en cuenta las vulnerabilidades de la gente trabajadora y del pueblo pobre. El toque de queda repentino fue declarado por el gobernador Andrew Cuomo para Nueva York el 1 de junio, a pocos días de inicios de las manifestaciones. Fue una acción para controlar las movilizaciones sociales. Las protestas de las últimas semanas se han vuelto otro campo de experimentación nefasta del control social bajo condiciones de crisis sanitaria. La Policía, replicando sus prácticas racistas de vigilancia, según el New York Times[9], reporta entre el 17 de marzo y el 4 de mayo en Nueva York, 40 multas por violaciones de distanciamiento social, de las cuales 35 se aplicaron a personas negras. Estos son los vínculos que conforman la economía de la pandemia, la salud y la seguridad pública que le garantiza a la Policía el poder bajo las condiciones actuales.

Cada explosión y carro de policía encendido por la furia de lxs jóvenes, adultxs y mujeres negrxs, y otros grupos oprimidos en los Estados Unidos, reaviva a las generaciones siguientes y a los movimientos por venir. Somos testigxs, sin duda, de una oportunidad para globalizar el feminismo antifascista, que encuentra soluciones al estado policial y carcelario en la protección de la economía de los cuidados, de la salud y del bienestar colectivo.

Pensadoras y activistas negras, como la geógrafa Ruthie Gilmore y Mariane Kaba, analizan los intersticios del sistema carcelario estadounidense, y, gracias a su brillante trabajo, podemos develar que el capitalismo necesita del racismo para sobrevivir, y las cárceles y centros de detención en los Estados Unidos son claves para su economía.

La construcción y administración de los monumentos del estado carcelario policial en los Estados Unidos: las cárceles, centros de detención y el sistema judicial desde los años 80 han gozado de un opulento crecimiento económico, además registran un incremento del 450 % en el número de personas encarceladas (Gilmore 2007) [10]. Esta es una consecuencia material del prejuicio racista, de la supuesta peligrosidad y supuesta predisposición a la violencia de las personas negras. Esto va de la mano del intento por borrar la importancia del análisis histórico que brinda la tradición negra radical de pensamiento, arte y filosofía; como explica C. Robinson, es a la par una negación europea, occidental de la genealogía de la historia de resistencia de la gente de África y sus lazos con las diásporas en las Américas. Este acercamiento nos permite delinear la white box que por décadas ha impedido que movimientos por la liberación antimperialista y procesos organizativos tomen en cuenta a las mujeres negras y de las naciones oprimidas dentro de los Estados Unidos y sus militancias, así como también, la de los pueblos nativo americanos. En los últimos días hemos presenciado el hilar de las continuidades de esta violencia estatal, por lo cual es imprescindible defender la importancia de este estallido social para los movimientos por venir.

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En estas épocas, no regreso a escuchar a Nina Simone, la dejo descansar, y ni decir a Willie Colón, que al vivir en Nueva York he descubierto que es un traicionero trumpista. Me ha dado por oir a Bad Brains. En respuesta por las ventanas luego de las protestas a veces suena NWA y el himno Fuck the Police. He recurrido, agradecida como de costumbre, al magnificente cuerpo musical rebelde del archivo histórico afroamericano. Géneros como el hip hop, el R&B, el neo soul, el afropunk, el rasta reggae y el afrobeat ayudan a sentir esperanza. En el Bronx, cuna del hip hop, se sabe de la experiencia vivida y la banda sonora de la lucha individual y ganancia colectiva de la liberación social, sexual y económica, que se debe pelear. La música nos sintoniza con pistas importantes para poder identificar cómo reparar las consecuencias del racismo, la esclavitud y el colonialismo, que no quede duda que la tradición radical negra le ha dado a cualquier transición social revolucionaria las claves para la abolición de la Policía como acto clave.

Nombrar, mapear y monitorear las consecuencias que tienen las ejecuciones de personas negras a manos de la violencia estatal de la policía estadounidense es un gesto feminista de conmemoración a nuestrxs difuntxs. Lo hacemos para desmantelar la impunidad del Estado y porque el proyecto es destruir tanto la capacidad del estado para aterrorizarnos, como los obstáculos que nos impiden concebir que un mundo sin policía, donde se respeta y cuida la vida, es posible.


[1] Tony McDade fue asesinado por la policía, varios de los otros casos han sido perpetuados y calificados como crímenes de odio por prejuicios de identidad de género a manos de civiles.

[2] https://www.cbsnews.com/news/transgender-killed-in-2020-merci-mack-18-total/

[3] Robinson, Cedric J. Black Marxism : the Making of the Black Radical Tradition. Chapel Hill :University of North Carolina Press, 2000.

[4] Vitale, Alex S. The End of Policing. Verso.

[5] Lo que hoy se conoce como Nueva York es el territorio Lenapehoking y hogar de varios pueblos originarios que fueron desplazados a la fuerza. Entre ellos están los pueblos Muhhekunneuw, Cayuga, Erie, Mohawk, Montaukett , Shinnecock, Lenapeyok (conocido como Delaware), Onyota’a:ka (conocido como Oneida), Onoñda’gaga’ (Onondaga), y el pueblo Seneca. En el estado de Nueva York hay 8 naciones reconocidas por el gobierno federal. De acuerdo al Censo 2010, la ciudad de Nueva York tiene la población nativa urbana más grande con 111.749 personas que se identifican como Nativo Americano o Nativo de Alaska. Fuentes: https://native-land.ca/ Instagram: @redhouse series, @JoeWhittlephotography

[6] https://gothamist.com/news/roughed-and-arrested-protesting-new-yorkers-spend-hours-packed-cells-during-pandemic

[7] https://coronavirus.jhu.edu/map.html

[8] https://www.huffpost.com/entry/jamel-floyd-mdc-brooklyn-dies_n_5ed8da05c5b60050eb286502

[9] https://www.nytimes.com/2020/05/07/nyregion/nypd-social-distancing-race-coronavirus.html

[10] Gilmore, Ruth Wilson. Golden Gulag: Prisons, Surplus, Crisis, and Opposition in Globalizing California. 1st ed., vol. 21, University of California Press, 2006, doi:10.1525/j.ctt5hjht8.

María A. García
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