El caso de Satya, la lucha por la defensa de las familias diversas


El caso de Satya, la lucha por la defensa de las familias diversas
Estefanía Chávez Revelo

La familia es una arena en disputa. Empiezo por esta frase porque es clara y subvierte la idea tan asumida en algunos sectores de la sociedad de que la familia es una estructura atemporal, un lugar idílico donde acontecen los hechos que dan forma a la vida privada. Una institución que se mantiene ajena a un mundo que avanza siempre de forma vertiginosa.

El caso de Satya da cuenta de que la familia dista mucho de ser este tipo de estructura idílica. Además, ha cobrado tal trascendencia que, hoy por hoy, hablar de este ha motivado a que esta idea de la familia como una categoría imperturbable a las transformaciones sociales, sea derribada y reemplazada por una visión distinta que posee un sentido político y emancipatorio.

Su caso ha invitado a que más personas puedan pensar a la familia como un concepto en constante transformación que nos debe permitir abrazar nuevas visiones y experiencias, pues el ritmo que impone la heterogeneidad de la realidad en que vivimos nos exige estar permeados de nuevas ideas, planteamientos y reivindicaciones para nutrirnos de ellas.

Asimismo, el caso de Satya y sus madres ha promovido que en Ecuador se hable de familias sí, en plural con s al final, —porque hay más de un modelo de familia— sea sinónimo de desestabilizar la visión tradicional de la familia nuclear (padre, madre, hijas e hijos), y la oportunidad de vencer los atavismos y obstáculos de quienes todavía se apegan a la visión más conservadora y niegan otras configuraciones familiares.

En estas líneas me referiré a la lucha emprendida por las madres de Satya, e intentaré explicar las visiones que se han planteado, y exponer de qué manera estaríamos frente a un punto de no retorno en la lucha por conseguir el reconocimiento a los diversos tipos de familia. Un punto en donde los caminos se bifurcan y podemos arribar a dos escenarios diametralmente opuestos, en donde solo uno de ellos puede asegurar la pluralidad y la tolerancia como principios fundamentales.

Comencé a seguir su caso cuando empecé a cursar la maestría en Estudios de Género en Flacso. Lo que me motivó a estudiar la historia de Satya y sus madres, fue que la misma proponía la posibilidad de construir nuevas visiones acerca de instituciones del Derecho de Familia y del Derecho Civil, que han sido construidas sobre los cimientos del patriarcado y la Biología. Me refiero a las instituciones de la filiación y el reconocimiento de la maternidad y la paternidad.

Aproximarme al caso, ha estado atravesado por un sinfín de intentos por comprender cuál es el sistema de valores que permea al Derecho, y también ha dado a pie a descubrir que el camino que las madres de Satya han emprendido, en buena parte está trazado por las reivindicaciones de mujeres viudas, solteras, mujeres que sin estar unidas a un hombre han recurrido al sistema judicial para de mostrar que su autonomía no les resta aptitud para cuidar de los suyos y ejercer la autoridad legal sobre éstos. Este hecho no debe dejarse de lado, pues el Derecho tradicionalmente ha favorecido a que sean los padres y no las mujeres, quienes puedan ser protagonistas de sus propias historias.

Este caso me ha hecho tomar consciencia de que lastimosamente, y si no empezamos a pensar el Derecho desde los aportes del feminismo, el mismo estará destinado a reproducir un sistema de privilegios, que no han contribuido más que a colocar al margen de la Ley a las mujeres que piensan y actúan distinto a lo que está socialmente admitido y calificado como aceptable.

La batalla legal que las madres de Satya iniciaron, sin duda topó uno de los nervios más sensibles de la frágil y conservadora visión que se ha construido alrededor de la familia en los sectores más recalcitrantes de la sociedad. Esta batalla legal inicia con la historia personal de las madres de Satya. Como la mayoría de parejas, Helen y Nicola se conocieron y enamoraron siendo adolescentes. Posteriormente, en 2007, como parte de su proyecto de vida, ellas decidieron mudarse a vivir a Ecuador y luego de más de doce años de relación, las dos acordaron legalizar su unión. Lo hicieron primero en Inglaterra en 2010, mediante una unión civil, y después en Ecuador en 2011, por medio de una unión de hecho. Helen suele referirse a este hecho de manera jocosa, pues para ella, ella y Nicky se han “casado” más de una vez con la misma persona.

Ambas vivieron antes en Kenya, y confirmaron lo difícil y cruel que es vivir en una sociedad que castiga a la homosexualidad, y condena al ostracismo social a quienes se atreven a desafiar la visión heteronormada de familia. Por esta razón, Ecuador se convirtió en una posibilidad para vivir libremente su relación, sin esconderla de nadie.

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Audiencia en la Corte Constitucional de Quito. Foto: Alba Crespo Rubio

La idea de experimentar la maternidad era un aspecto que ambas habían contemplado para en sus vidas, por lo que a inicios de 2011, Helen y Nicola recurrieron a un donante de esperma para que ésta última pudiera quedar embarazada. Tiempo después, en diciembre de 2011, Nicola dio a luz a una niña a quien decidieron llamar Satya Amani. La bebé nació sin mayor complicación en la casa de sus madres.

Dos semanas después de su nacimiento, sus madres llevaron a la pequeña Satya a las oficinas del Registro Civil de Ecuador, con el objetivo de inscribirla como su hija, con el primer apellido de cada una. Para su sorpresa, el director de la institución negó formalmente el pedido que habían planteado. La interpretación que realizó el funcionario dejó por fuera lo dispuesto en la Constitución, respecto de que el Estado tiene el deber de brindar protección jurídica a la familia en sus diversos tipos, y se centró en la legislación infra constitucional, esencialmente, en lo dispuesto en la Ley del Registro Civil y en el Código Civil, que reconocían la familia heterosexual como el único modelo existente.

Al respecto, como parte de su argumento, las autoridades del Registro Civil plantearon que el reconocimiento de los hijos e hijas nacidos fuera del matrimonio o dentro de una unión de hecho, solamente podía operar en el caso de uniones de tipo heterosexual, y que lo debía prevalecer era la “seguridad de la filiación paterna”.

En conexión con lo anterior y como parte de su largo peregrinaje por el sistema de justicia, Satya y sus madres han tenido que escuchar declaraciones que dan cuenta del pobre nivel de reflexión que existe entre los funcionarios administrativos, pero que además revelan el carácter patriarcal que subsiste entre ellos y dentro del sistema de administración de justicia.

Como muestra de lo antes mencionado, en una de las audiencias llevadas a cabo dentro del caso, la Procuraduría General del Estado señaló que Helen no significaba nada para Satya, y que la familia lesbiana no existía. Por su parte, el sistema de justicia indicó que la restricción por la que la institución del reconocimiento está limitada a los progenitores biológicos era legítima, y que además el interés superior de la niña no estaría garantizado si fuera registrada con los apellidos de sus madres, pues podía ocurrir que después ella quisiera saber quién era su padre biológico.

Como si las palabras tuvieran el efecto de deshacer la realidad y la historia que esta familia ha construido, la Procuraduría y el sistema de justicia dejaron entrever que existía una brecha gigante entre la postura sostenida por las madres de Satya y el interés por preservar la identidad biológica de la niña. Como si la petición de Helen y Nicola fuese un auténtico atentado al interés superior de Satya. Al respecto, lo único que se ha conseguido oponiendo los derechos de las madres de Satya a los de esta última es acentuar las desigualdades y estigmas que existen contra las familias homoparentales y la comunidad GLBTI, al negarles la posibilidad de recibir la protección jurídica del Estado.

A estas miradas sesgadas, asentadas en los privilegios que han sido reservados a los hombres (concretamente, me refiero al privilegio que la cultura judicial ha otorgado a los hombres para reconocer voluntariamente la paternidad de los hijos), se suma un hecho puntual y es que al caso se han sumado visiones, que desde una interpretación legalista y gris han querido plantear que en el sistema judicial no se han vulnerado los derechos de Satya.

Esta visión desprovista de empatía y de sensibilidad alguna a la realidad que atraviesan muchas parejas homosexuales, ha querido señalar que quienes hemos apoyado el caso deberíamos aceptar la ley que rige en el Ecuador, y ceñirnos a su texto sin ningún análisis de por medio. Este tipo de argumentaciones no se han detenido a considerar las desigualdades y estereotipos que se estaría contribuyendo a reproducir si no se garantizan los derechos de Satya y sus madres.

Al respecto, considero importante que jueces y abogados, puedan considerar que el Derecho no existe para tornar amarga la existencia de las personas, y que ha sido justamente, este aspecto, el que se ha querido reivindicar a lo largo de los cinco años que ha durado la batalla legal por el registro de Satya con los apellidos de sus madres.

El caso que hoy se encuentra a puertas de ser resuelto por la Corte Constitucional, sin duda nos invita a pensar que el amor no tiene límites, que cuando existen dos personas igualmente comprometidas a criar a su hijo o hija, eso es justamente lo que se debe ponderar, que antes que rescatar a la figura del padre e imponerla porque eso es lo que correspondería desde una visión anclada en la biología, importa más proteger los vínculos de amor y cuidado que se han construido con tanta paciencia y constancia, en un contexto muchas veces hostil y anacrónico.

Si el amor no tiene límites, y estas tres mujeres han dado una lucha ardua y sin tregua, vale la pena escoger el lugar correcto en el que queremos estar, y elegir el camino que permita arribar a un desenlace digno a esta familias diversas que se han esforzado por lograr que la existencia de sus hijos sea feliz.

La Periódica

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