Carta abierta (o algo así) a mi colega Pier Pigozzi


Carta abierta (o algo así) a mi colega Pier Pigozzi
Diego Falconí Trávez

Barcelona, 13 de junio de 2017

Estimado Pier:

Hace menos de un mes, en una de mis visitas habituales al Ecuador, cenamos en tu casa. Tu familia y la mía. Tuviste esa deferencia de invitarnos, porque además de haber sido compañeros de colegio, tú y yo ahora somos colegas, docentes universitarios en la misma rama jurídica de los derechos humanos. Esa noche hablamos principalmente de cosas académicas que tu esposa, tú y yo compartimos y que, por suerte, nos comprometerán por varios años más; aunque, también, algo pudimos hablar de nuestras vidas. He de decir que disfrutamos mucho de tu risotto, tanto que mi marido, italiano que aprecia la comida de su tierra, elogió enormemente. Te agradezco, una vez más, por el convite.

De vuelta en Barcelona, he visto, desde la distancia, toda tu implicación en el caso de Satya, que es vital dentro de la historia del derecho de familia ecuatoriano. Presenciado en streaming el debate que algunos expertxs en derechos humanos, incluido tú, mantuvieron respecto al drama familiar de esta niña, que aún no puede ser reconocida por sus madres, dos mujeres lesbianas británicas que viven en Ecuador.

Al final del debate, en base al dolor de Satya Amani (y su familia) incentivaste, a abrir un diálogo que, más allá de cualquier conversación ocurre, y te cito, “cuando nos dejamos afectar por el Otro, cuando nos acercamos al Otro, cuando conocemos lo que el Otro hace, por qué hace, qué vive y dejamos al Otro que conozca eso de nosotros mismos […]este […] y otros deberían ser un tema [sic] en que los abogados de derechos humanos demos un ejemplo de debate al país, en el que conociendo más del Otro nos dejemos fascinar por la forma de vida del Otro y si hay algo bueno, bello que seguir, pues dejemos atrás algo que esté equivocado en nuestras posiciones”.

Estoy de acuerdo. Como académicxs debemos proponer debates democráticos y amplios, basados en los derechos humanos, en los que las ideas fluyan por canales diversos, para así pensar en nuestra relación con la alteridad. Pero, ¿quién es ese “Otro” que invocaste hasta siete veces en tu intervención final? ¿Es ese “Otro” propuesto por Kant o Hegel, que se resolvía en la mente del “Uno”? ¿O es un/a Otrx de carne y hueso que nos interpela con su rostro, con sus acciones políticas y sus repeticiones y transgresiones corporales siguiendo, respectivamente a InmanuelLevinás, a Michel Foucault y a Judith Butler? Yo, como “otrx marica”, con cuerpo, que ha entrado en tu casa y a quien has alimentado; que comparte contigo el campo académico de los derechos humanos; y que se siente discriminado por parte del Estado y su visión tradicional de la familia, te escribo, pues me siento legitimado e invitado a proseguir con ese debate que has dejado abierto.

Creo que es fundamental para tener un diálogo honesto y diáfano, entender que en la academia, espacio de privilegio y responsabilidad en la sociedad, las categorías de “yo” y “Otrx” son básicas para entender quién habla y quién no habla cuando habla el “yo académico”. Aquí, los trabajos de Donna Haraway o Walter Mignolo son esenciales.

Antes se pensaba que el único conocimiento válido era aquel objetivo que alejaba a lxs académicxs de su objeto de estudio. Sin embargo, el conocimiento está situado y encarnado en quien lo enuncia. En su historia y sus privilegios, más aún cuando los “objetos” de estudio son “sujetos” que viven en una sociedad democrática. No se puede, como pretendió Roland Barthes, matar al autor para que queden solamente sus ideas sino que su contexto y el modo de habitar el cuerpo es fundamental para entender la motivación final de las teorías. El conocimiento no situado trae la peligrosa promesa de ensamblar “conocimiento universal”, olvidando que nuestra historia legal está plagada de ordenaciones jerárquicas en las que ciertos cuerpos tenían más derechos que otros y generaron saber supuestamente objetivo que subyugaba a ciertos sujetos por cuestiones de clase, raza, colonialidad o género, naturalizando ciertas ideas.

Cuando en tu intervención respecto al modelo familiar realizas preguntas cómo “¿cuál es la mejor familia para el Estado?”, o “¿qué familia voy a promocionar como sociedad?” y usas jurisprudencia canadiense para apoyarte en tus afirmaciones, eres tú y tu focalización social quien hace esas preguntas aunque te apoyes de un “conocimiento objetivo”.

Querido Pier, creo que es importante que en este acercamiento con “el Otro” que propones te des cuenta que en la mesa eras el único hombre heterosexual, que tiene un matrimonio binacional reconocible en ambos estados y que es esa historia sexual, más otras posibles articulaciones ideológicas que posees, las que definen tu postura en el debate. Con esto de ninguna forma te quiero decir que tu heterosexualidad, tu cisnormatividad, tu mestizaje deslegitiman tus criterios. Creo, sin embargo, que tenemos que hablar con claridad respecto a qué “otrxs” estoy queriendo representar como “yo”, sobre todo si te enuncias como académico.

El decir “somos profesorxs/abogadxs de derechos humanos” no puede ocultar lo que representamos y nuestras diferencias. En mi caso, que como académico defiendo posturas de diversidad y disidencia familiar, y que interrogo al Estado no para saber cuál es la jerarquía de las familias sino para saber por qué solamente existe un modelo de familia con plenos derechos, me sitúo desde el iusfeminismo e incluso un aún ficticio iusmariconismo; y lo hago porque, como menciona Marcela Lagarde, entiendo que mi conocimiento se construye desde el diálogo y la tensión entre activismos feministas, LGTBI y cuir; teorías de género; y derechos humanos.

Para tener este debate abierto y que nos acerquemos a esa otredad que mencionabas, te pregunto: ¿desde dónde estás hablando tú querido Pier?, ¿a quién busca responder ese yo académico de derechos humanos que estás construyendo?, ¿desde qué teorías y prácticas de los derechos humanos estás enunciándote para afirmar qué familias “debe promover” el Estado? Para decir esto, ¿estás pensando en tus privilegios para pensar en las discriminaciones de esos Otrxs? ¿O a qué se refiere esa afectación/acercamiento/conocimiento “al/del Otro” en el que tanto insistías y que va más allá de la decisión de la Corte Constitucional?

Te hago estas preguntas porque creo que son preguntas básicas para entender de qué hablamos cuando hablamos de derechos humanos en este caso. Mencionaste que para armar tu argumento no te basas en normas “religiosas o moral-religiosas” sino en observaciones “del derecho vigente”; además diciendo que lo haces desde una visión que no es la mainstream (que entiendo que en tu mente se refiere al género, lo que no tiene sentido porque si el género fuese mainstream no estaríamos disputando estos derechos todos los días frente a un Estado que tiene muchos problemas reconociéndolos; el género no es ideológico es, por pura lógica, contra-ideológico). Sin embargo, si nos regimos al derecho vigente de los Derechos Humanos (que es desde donde nos has invitado a hablar) la Constitución ya ha reconocido los diferentes tipos de familia y ésta, junto a la jurisprudencia del Sistema Interamericano, impide la discriminación a personas LGTBI y garantiza el principio de interés superior de la niñez. Tu interpretacióndel caso de Satyay de la jurisprudencia que sentará, me sorprende, desconoce los principales instrumentos de derechos humanos y las luchas de vida digna de grupos contraculturales.Se basa en el “derecho vigente” o preguntas gestadas en un país como Canadá, que hace rato ha garantizado un modelo familiar diverso y, por último, puede permitirse esas divagaciones.

Por ello te insto, a que nos permitas conocer de modo diáfano, al menos si te enuncias como “abogado de derechos humanos”, a ese “yo académico”, desde dónde se sitúa y se encarna saber quién es ese “Otro” que enunciabas y qué conocimiento de libertad o subyugación estás articulando para proponer un acercamiento.

Como profe de género, herederx del movimiento feminista, de esa escritura donde el “yo” encarnado se bifurca en personas pasadas, presentes y futuras (ahora mismo estamos revisando con los estudiantes ese ejercicio precioso que hace Virginia Woolf en Una habitación propia) para mí lo personal es político. Mi lugar, en este paraguas que llamamos “derechos humanos”, tiene su sentido en las opresiones y respuestas de los cuerpos que se enuncian desde la sexualidad normada. Además, como marica que soy, uno de los objetivos en mi práctica académica (que también es marica) es el de la seducción; intentar seducir a mis interlocutorxs para que entiendan que el Estado debe proteger jurídicamente las potencialidades e incertidumbres del cuerpo, mucho más que a cualquier agenda ideológica. En este caso la seducción se traduce en que mi retórica haga que deseemos, al menos, la diversidad familiar, un paradigma contemporáneo que obedece a esas gigantescas posibilidades humanas para amar, reunirse, formar proyectos de vida común de la mayor cantidad de personas. Tal como acaba de ocurrir ayer en la vecina Colombia, mucho más cercana que Canadá, donde se ha permitido la realización de un matrimonio de tres hombres.

Pier, amigo y colega espero que algún día el Estado ecuatoriano, que me vio nacer y crecer, pueda recibirme a mí y a mi familia, con atención y pleno derecho, como esa noche en tu casa. En nuestra conversación de esa noche no les dijimos a Johanna y a ti, que Eddie y yo queremos adoptar y que está siendo tremendamente difícil para nosotros. ¿Será que si alguna vez lo logramos tendremos que pasar por un nuevo calvario legal o tendrá que ser una nueva disputa? Afortunadamente, nuestrxs colegas abogadxs de derechos humanos, y varixs estudiantes que hemos formado en la universidad, serán un gran apoyo. Tenemos, gracias a ellxs, una demanda contra el estado ecuatoriano que aún tenemos en curso para que mi familia reconocida en España sea igualmente reconocida en Ecuador. Las acciones legales y la complicidad en ella son un recuerdo de que los derechos humanos tienen un gigantesco legado de resistencia que nos permite seguir mirando hacia adelante, por ese afán de justicia que nos ha juntado desde la adolescencia.

Espero que en esta carta, que decido hacer pública por el diálogo abierto que pedías y por mi lugar situado, encuentres algo de la bondad y la belleza que comentabas. Tanta bondad y belleza como la que yo encuentro en tu estructuración familiar y en aquellas que no son parecidas a la tuya, como la de Helen Bicknell, Nicola Rothom y Satya Amani Bicknell Rothom, que se merecen reconocimiento y reparación por parte del Estado, del que también tú y yo somos parte.

Un abrazo,
Diego Falconí Trávez

La Periódica
Publicado el Cartas, Opinión | Etiquetado

Un comentario sobre «Carta abierta (o algo así) a mi colega Pier Pigozzi»

  • Francisco Hurtado Caicedo dice:

    Diego, no nos conocemos y sin embargo cuando recorro tus líneas reconozco en ellas una posición comprometida con el ejercicio de derechos humanos, desde abajo y contra los opresores, por la emancipación! Hasta te imagino diciéndole a alguien querido, con argumentos político-personales-feministas-maricas, la decepción que uno se ha llevado y como, frente a eso, reaccionar desde tu lugar enunciado del modo en que lo has hechos, apelando a lo emotivo y desnudando las inconsistencias que hoy se materializan en Pier y sus privilegios. A todas luces se ve la fragilidad de los derechos humanos y la agencia de ciertos individuos de para vaciarlos de contenido y de sentido y, con eso, seguir reproduciendo desigualdades! Un abrazo fraterno!

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