Kati

Kati tiene el 43% de discapacidad intelectual, a sus 13 años quedó embarazada resultado de violación.


Ilustración: Pepa

Es difícil definir la edad de Kati (nombre protegido), ella cuenta que desde los 10 años, aproximadamente, o al menos esa edad cree ella que tenía, fue obligada a mantener relaciones sexuales para evitar castigos o tener para comprar alimentos cuando a su familia no le alcanzaba el dinero. Así, se acostumbró a esa violencia cotidiana, manteniendo relaciones y complaciendo a hombres que eran mucho mayores a ella, a guardias de seguridad, vendedores del mercado, hombres del barrio, entre otros; además de las parejas de su madre, quien vivía situaciones y relaciones dañinas y agresivas.

Kati, sus hermanos y su tía compartían una misma cama, en casa había solamente dos para toda la familia; en ellas, Kati fue violada por distintas personas a lo largo de su vida.

La última pareja de su madre, quien aparentaba ser dulce y atento, fue uno más que se sumaba a la lista de hombres que la había violentado, uno más que abusó de su niñez y, sin que ella comprendiera qué pasaba, la violó. Producto de ello, Kati quedó embarazada.

Ella esperó que los hombres que estaban alrededor la cuidaran, no que la violentaran de formas tan atroces. Es lo que esperas de las personas adultas cuando eres niña, que te protejan para que puedas hacer tus sueños realidad. Kati estuvo confundida, sin poder aceptar que esta terrible historia le estuviera pasando a ella, se convenció a sí misma que tenía una “historia de amor” con este hombre, que era mayor a ella , creyó que así era el afecto, por lo que pensó incluso que le quería, que él la amaba.

En medio de toda esta confusión, cuando Kati dio a luz, le pidió a él que reconociera a la bebé como su hija. La madre de Kati se negaba a aceptar que su hija haya sido violada, incluso porque su pareja pagaba algunas cuentas y, en la situación de pobreza en la que vivían, era su único ingreso estable, por lo que prefería no mirar lo que ocurría y permitió que él se quedara en casa.

Kati tiene, según su carnet del Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades (Conadis), 43 % de discapacidad intelectual.

Las instituciones del Estado, el sistema de salud, el educativo y la gente de su barrio sabían que ella estaba en riesgo desde hacía tiempo, que se escapaba a menudo de la casa con ese hombre, pasando mucho tiempo en la calle y fuera de casa.

No fue sino hasta que tuvo cuatro o cinco meses de embarazo que las autoridades actuaron sobre la situación de Kati, no aparecieron cuando todavía era posible interrumpir su embarazo, pues, dada su condición y que su salud estaba en riesgo yun aborto en su situación habría sido legal.

Cuando Kati quedó embarazada, su madre también lo estaba del mismo hombre que había violado a la niña. Esto, más ver el sufrimiento de su hija, es lo que le motivó a la madre de Kati poner la denuncia en la Fiscalía. El agresor actualmente está en la cárcel.

Pasó un año antes de que esto ocurriera, un tiempo en el que el agresor seguía frecuentando a la madre de Kati, e incluso lo veían rondar fuera de la Casa de Acogida en la que la niña se encontraba, y fueron las mismas gestiones del Centro las que impulsaron en el juicio que el caso no quede impune.

La abuela y tía de Kati la visitaban seguido en la Casa de Acogida, pero cuando el agresor fue detenido, dejaron de visitarla y acompañar su embarazo. En lugar de acompañarla, la familia le hacía llamadas telefónicas para vejarla, insultarla y decirle que debía formar una familia con él, que por su culpa estaba preso, que no querían saber nada de ella. Su madre, después de todo, es la única que mantiene sus visitas, asiste a terapia y está logrando transformar algunas de sus conductas y dinámicas hacia su hija y respecto a sí misma.

Kati continúa en el centro de acogida con otras niñas que están en una situación similar y han sido forzadas a la maternidad.

En este proceso, Kati también está cambiando mucho, pues vivió mucho abandono y falta de afecto, con su discapacidad e inestabilidad familiar, sin una red de apoyo y de referentes de cuidado y protección durante su niñez.

Kati no entiende todavía las responsabilidades e implicaciones de ser madre al largo plazo, pues su hija va creciendo y demanda de sus cuidados. Seguramente, ella no pueda acompañar todo el desarrollo personal de aprendizaje de su bebé porque, dada su discapacidad, estará inmersa en el suyo propio.

Cuando Kati tuvo a su hija, para ella no fue sencillo, no sabía y sigue sin saber cómo lidiar con la niña. Solía pegarle, le daba castigos físicos cuando esta le irritaba con su llanto al salirle sus primeros dientes, cuando tenía fiebre o alguna enfermedad. Para Kati, pegarle a una niña que llora, que se queja mucho, era algo normal, pues esa fue la manera en la que la educaron en casa. Para la bebé, la simple posibilidad de ir a parar al lugar en el que su madre niña vivió toda esa violencia la pone en riesgo de tener una historia muy similar, y seguramente aquello llegue a pasar, pues la niña tiene que dejar la Casa de Acogida y reinsertarse en su entorno “familiar”.

Poco a poco, Kati ha ido identificando todo esto, que todas las agresiones fueron eso, agresiones, que la manipularon, que abusaron de ella. Finalmente, está dispuesta a testificar contra su agresor, si fuera necesario, pero no está lista para su maternidad.

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Estas historias son de niñas que han pasado por casas de acogida en Quito y fueron recolectadas en un trabajo conjunto entre Surkuna y la Periódica.

Última modificación: 25 de junio de 2019 a las 01:09

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