“Justicia para mi hermana, por la vida de todas”

Esta es una historia que no será titular en los diarios.


Acción de Justicia para Vanessa en Cotocollao. Foto: Edu León

El 19 de octubre del 2013, en la ciudad de Ambato, Ecuador, encontraron sin vida a mi hermana Vanessa Landinez Ortega. Un testigo observó que un hombre la violentaba con golpes y patadas por varios minutos, es la única historia que nos queda sobre sus últimos minutos de vida.

Al día siguiente, los medios locales, con especulaciones y morbo se encargaron de culpabilizarla de su propia muerte, justificaron la violencia que había vivido “por andar sola en la noche”. Vanessa estuvo desaparecida por casi 48 horas, y en ese tiempo, mi familia vivió mucha angustia hasta encontrarla en la morgue.

A partir de ese momento, emprendimos una búsqueda por la verdad. Durante ese proceso, después de meses de investigaciones y audiencias judiciales, un tribunal penal en primera instancia dejó en libertad al feminicida, aduciendo que la muerte de Vanessa fue ocasionada por una caída.

En 2014, presentamos un recurso de apelación frente a esta sentencia que culpaba a mi hermana de su propia muerte, el cual fue nulitado debido a varias inconsistencias en las investigaciones. Después de mucho tiempo y el cambio de más de dos fiscales en la causa, el caso fue reabierto en noviembre de 2016.

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Acción realizada por la Plataforma Vivas Nos Queremos el 24 de abril de 2018 fuera del Consejo de la Judicatura en Quito. Foto: Edu León

Finalmente, el día viernes 20 de Julio de 2018, la Corte Provincial Penal de Tungurahua dictó sentencia en el caso de la muerte violenta de mi hermana, Vanessa Landínez Ortega, después de casi cinco años de buscar verdad, justicia y reparación. Mi familia y yo, junto con mis compañeras feministas, logramos recuperar la digna memoria de mi hermana, construir una historia de justicia desde los feminismos a partir de un hecho evitable y tan doloroso como un feminicidio.

La sentencia dicta seis años de prisión para E.G.O. por ser responsable del delito de homicidio preterintencional con el agravante de aprovechar el estado de indefensión de mi hermana, y violentarla sin reparos hasta ocasionar su muerte. La sentencia dicta medidas de reparación económica para su madre por USD 50.000 y medidas de protección para nuestra familia, y los medios de comunicación de la ciudad deberán reparar los daños simbólicos que causaron a la imagen Vanessa por cada vez que expusieron su memoria al prejuicio, morbo, discriminación, y la culpabilizaron de su propia muerte, ahondando con ello todo el dolor, ira, injusticia y la pérdida que ya vivíamos.

Sin embargo, los jueces que dictaron la sentencia no lograron aceptar que se trató de violencia de género, lo cual es una condición muy peligrosa al sentar jurisprudencia en Ecuador en relación a la defensa de las víctimas y sobrevivientes de violencia de género.

En estos cinco años, vivimos dolor, incertidumbre e injusticia alrededor de la muerte de mi hermana. Son cinco años de sobrevivir a la violencia feminicida, individual y colectivamente.

Son cinco años también de lucha, organización y aprendizajes. Aprendimos, en medio del dolor, la necesidad de acompañar a las familias que viven la ausencia de sus hijas, hermanas y madres por violencia feminicida.

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Acción realizada por la Plataforma Vivas Nos Queremos el 24 de abril de 2018 fuera del Consejo de la Judicatura en Quito. Foto: Edu León

Esta historia nos ha llevado a pensar cómo acompañar el duelo que ocasiona la violencia feminicida y sus particularidades. Nos ha llevado a sentirnos y a pensar cómo acompañarnos a nosotras mismas en el trabajo de ser acompañantes, que es una labor como todas las del cuidado no remunerado, y que también es un trabajo que hacemos las mujeres, las jóvenes, al que le destinamos la mayor parte de nuestro tiempo. Acompañar se ha convertido en una estrategia feminista que también repara, que permite construir nuestra justicia.

La vida en estos años ha sido entre sobrevivir y acompañar el duelo de la violencia feminicida, así como la búsqueda de justicia, que no es la sentencia a un feminicida, ni la reparación material o simbólica.

Mi hermana no volvió y yo, nosotrxs, tenemos que vivir con eso.

Mi hermana no volvió, como muchas de las mujeres, mujeres trans y niñas en Ecuador y el mundo, a quienes asesinó la violencia feminicida. Tenemos que vivir también con el hecho de que, en cualquier momento, podemos no volver cualquiera de nosotras, y que, de haber justicia alguna vez, será cuando este miedo que vivimos a diario deje de habitarnos.

Haber luchado estos cinco años para que la vida de mi hermana Vanessa, de mis hermanas Johanna, Valentina, Angélica, Angie y tantas otras, no signifique silencio, olvido e impunidad. Este ha sido parte del deseo de no vivir con miedo, de luchar por la vida digna, por la vida de las mujeres. Ha sido el acto más grande de amor, el amor entre mujeres que es más fuerte que el miedo, y por eso, esta vez ganamos.

Logramos juntas, esta vez, vencer a los dispositivos de la propiedad, del Estado, de la familia y todas esas formas que naturalizan y perpetúan la hegemonía patriarcal, también como en todos los espacios de la vida, operante en este caso; resignificar la muerte de mi hermana como una forma de construir justicia, colectivizar el duelo como un asunto que hay que vivirlo en comunidad, juntas; buscar juntas las formas de hacer justicia y trabajar por ello, son las formas que encontré para aprender a vencer el miedo que ocasiona la violencia feminicida, poder sobrevivir al dolor, poder encontrar en mis hermanas y en mí misma la fuerza para sostener la esperanza de construir una vida digna y libre.

La sentencia de la Corte Provincial de Tungurahua es un trabajo colectivo, así como el proceso de organización y movilización en torno a la memoria y búsqueda de justicia como familias de víctimas de feminicidio y acompañantes. Juntas, desde el amor, la consciencia feminista, el activismo desde los distintos oficios, frentes y organizaciones es una lucha, un trabajo, un esfuerzo por construir la posibilidad de vivir dignamente, sobreviviendo a la mala muerte, la mala muerte que el patriarcado nos quiere dar todos los días por el hecho de ser mujeres.

La sociedad, el Estado y los medios de comunicación tienen una responsabilidad absoluta cada vez que los feminicidios suceden, cada vez que no pudieron prevenirse, cada vez que la erradicación de la violencia de género no es una prioridad, y cada vez que los procesos de búsqueda de verdades, justicia y reparación para las familias demoran, son revictimizantes y sin perspectiva de género. La sociedad y el Estado son feminicidas cuando la vida no es digna para las mujeres.

Esta es la historia que no se leerá en los medios tradicionales de Ambato, en aquellos que, como titulares, hace más de tres años, gritaban con negrilla que “Esteban alcanzó su libertad”, cuando en primera instancia libraron corrupta, cómplice y violentamente la responsabilidad del feminicida sobre la muerte de mi hermana. Aquellos gritos en negrilla de “La mata a puñetes y patadas” y “Por colarse la mataron”, que decían cuando con morbo, sexismo, violencia y destilando sangre, juzgaron a mi hermana pese a que era ella la víctima; historias donde las mujeres son las protagonistas de causar sus propios feminicidios.

Nuestra búsqueda de justicia es una de las historias que no le conviene al patriarcado, una historia donde esta vez las mujeres ganan después del feminicidio de una de ellas. Una historia que sucede en la segunda provincia con más altos índices de violencia de género en Ecuador.

Una historia donde las mujeres hacen historia a partir de una muerte, para seguir vivas. Para que otras vivan. Para vivir dignamente.

Esta es la historia de la lucha por justicia para Vanessa, por la vida de todas.

Gracias por escribir esta historia juntas, compañeras.

Última modificación: 22 de octubre de 2018 a las 00:03

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