Con cada mujer asesinada por la violencia machista, morimos todas

Hasta el 7 de septiembre de 2017 se han registrado 112 mujeres víctimas de femicidio.


Acción por nuestra difuntas Plataforma Vivas Nos Queremos

“Mujer hallada muerta” es un titular común en los medios de comunicación cuando informan sobre los asesinatos de mujeres. ¿”Hallan”? ¡Qué palabra tan banal! Como si fuese cuestión del azar o del destino, como si las vidas de las mujeres estuviesen signadas por la suerte y no hubiese culpables ni agresores.

¡Cuánta impunidad! Sí, esa visión y esa forma de catalogar las muertes de mujeres fomentan la impunidad e invisibilizan la violencia. Facilitan que la sociedad justifique la discriminación contra las mujeres; se juzga su comportamiento, su forma de vestir, su dedicación o no al matrimonio, su “bondad” como madres, su compromiso con la pareja, su comportamiento “decente”; es decir, cualquier cosa es importante menos la culpabilidad de un agresor. Aún peor, la culpa se le asigna a la mujer asesinada.

La violencia contra las mujeres se justifica en nombre del “deber ser femenino” que no se cumplió. “¿Qué hizo para que la mate?, ¡algo habrá hecho!”, es la pregunta y la respuesta de rigor cuando ocurre un hecho violento. Ese discurso es evidente no sólo en los medios de comunicación, sino en los diálogos cotidianos de las personas, en el sistema educativo, en el sistema de justicia, en las iglesias, en las familias, en los barrios, en los lugares de trabajo. Resulta que la mujer víctima tiene que defenderse y demostrar que no es culpable de haber sido agredida. Es esta cultura patriarcal y misógina la que promueve más agresiones, más muertes y más impunidad.

Hasta el 7 de septiembre de este año, 112 mujeres fueron víctimas de femicidio en el Ecuador, según el registro de Geografía Crítica. En el último mes, cada 53 horas una mujer fue asesinada por su condición de ser mujer.

La mayoría de los femicidas son sus cónyuges, novios, ex novios, ex esposos, padres de sus hijos o hijas; es decir, son personas cercanas a su entorno íntimo. Parafraseando a Ana Carcedo, las relaciones de la pareja se han convertido en relaciones de alto riesgo para las mujeres. Y la sociedad está pasiva, asistiendo a un espectáculo sin fin, pues la violencia lejos de disminuir, aumenta. Las formas de los asesinatos reflejan, cada vez más odio, saña y venganza contra las víctimas: quemadas vivas, apuñaladas, torturadas, tiradas en zanjas o quebradas, desmembradas, decapitadas, agredidas sexualmente…

Que quede claro. Las mujeres morimos porque alguien nos mata, porque “un otro” se apropia de nuestros cuerpos y de nuestras vidas. No nos hallan muertas, nos matan. No hay otra manera de decirlo, es una matanza patriarcal. Con cada muerte morimos todas, porque es un odio contra las mujeres.

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¿Dónde se ha perdido la acción social individual y colectiva para frenar esta violencia?

Está perdida nuestra capacidad de respuesta y de acción. No hay un discurso contundente contra la violencia, y si lo hubiera en cada rincón del país, se estaría asimilando ese discurso, tal como sucede en época de campaña electoral. No hay un compromiso ni voluntad política que se evidencie en presupuestos y acciones en territorio, si lo hubiera tendríamos, entre otra cosas, rutas de atención y prevención en cada provincia y servidores públicos sensibles al género de las víctimas a las que protegen. No hay una conciencia social sobre las causas y consecuencias de la violencia contra las mujeres, y si así fuera, en las escuelas, niñas, niños y adolescentes estarían aprendiendo sobre derechos humanos e igualdad de género. No hay un sistema de justicia expedito que ofrezca soluciones inmediatas para frenar la violencia; si lo hubiera, las mujeres víctimas no tendrían que estar en procesión por todas las instancias de justicia durante años. No hay comprensión de las consecuencias que la violencia deja en la vida de las mujeres y de sus descendientes en las cinco generaciones siguientes, si la hubiera, las mujeres víctimas y sus hijos e hijas contarían con medidas de reparación integral para recuperar sus proyectos de vida. No hay un trabajo sostenido para integrar enfoques de género, interculturalidad y derechos humanos en todos los ámbitos y servicios de las instituciones públicas, si lo hubiera habría servicios de calidad para los grupos prioritarios de atención. Y así se puede seguir enumerando lo que no hay.

Discursos políticos, marcos legales, ordenanzas, protocolos…palabras, sí hay. Pero en el día a día, en lo real, es decir, en la vida de a pie, no se ha hecho nada como sociedad para frenar la violencia contra las mujeres porque en lo concreto, la violencia no se detiene. Aumenta.

Basta mirar a las familias. La violencia es un tema del que no se habla, sino que se silencia; y si se trata de violencia sexual, hay aún más silencio. “No es problema nuestro”, se suele escuchar aunque todos los días haya gritos desesperados en la casa de al lado. Impera el miedo a decir, a contar, a reconocer que existe la violencia hacia las mujeres, como si tapándola se borrara de una pasada. En lugar de avanzar hacia una sociedad incluyente, caminamos con paso firme hacia sociedades discriminatorias, en las que no se habla sobre igualdad de género ni de derechos humanos, al contrario se boicotean términos como género para ocultar la realidad, y así se justifican todas las violencias.

¿Qué hacemos? No basta que solamente las organizaciones de mujeres y de derechos humanos estemos vigilantes para denunciar e intentar difundir un mensaje de prevención, se necesita a toda la sociedad, incluido el Estado.

En mayo de 2017, cuando las organizaciones de la sociedad civil iniciamos con el mapeo de las muertes violentas de mujeres, el objetivo era mostrar la incidencia alarmante de la violencia por provincia, a fin de promover una acción social de prevención. Pero cada mes crecen las cifras, apenas se termina de construir un mapa se presentan nuevos casos. Incluso se ha producido un efecto no esperado, pues en lugar de tender puentes con las instituciones públicas para impulsar medidas de prevención y atención a víctimas, las cifras se han convertido en el centro del debate más que en el centro de la acción.

Al momento, varias organizaciones trabajamos juntas para contrastar la información y verificar los datos. Queremos construir la acción colectiva. Pero los esfuerzos provenientes de las organizaciones civiles no alcanzan, se necesita acciones en las casas, en los barrios, en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las comunidades, en la calle y en las instituciones públicas y privadas, porque es un problema de todos y todas. La violencia machista solamente prospera en el silencio, pero cada vez callamos más y hacemos menos.

Frente a ese silencio y pasividad, seguiremos respondiendo en voz alta. Seguiremos mapeando la violencia, generando iniciativas de prevención, difundiendo información, acompañando a las víctimas; también estaremos vigilantes frente al proceso de construcción del Proyecto de Ley Orgánica Integral para la prevención y erradicación de la violencia de género contra la mujer, que al momento se debate en la Asamblea Nacional.

Esta nueva Ley para la erradicación de la violencia deberá ir más allá de los discursos políticos, y concretar acciones y medidas claras para prevenir la violencia en todas sus formas y ámbitos; deberá estar orientada a proteger, atender y reparar a las mujeres víctimas de violencia. Además, deberá incluir estrategias para que la justicia esté presente en todos los territorios, tanto urbanos como rurales, reconociendo la interculturalidad y la diversidad. Es decir, tiene que garantizar el derecho de todas las mujeres a una vida libre de violencias.

Las mujeres desaparecidas, las atacadas con ácido, las violentadas por sus parejas, las agredidas en sus lugares de trabajo, las víctimas de violencia sexual, las niñas y adolescentes acosadas en sus escuelas, las mujeres víctimas de trata, las criminalizadas por abortar, las que han sido violentadas y amenazadas por defender sus tierras y territorios, las niñas incestuadas y obligadas a parir hijas e hijos de violadores, las que están internadas en clínicas de deshomexualización, las 112 mujeres víctimas de femicidio… todas nos importan.

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Última modificación: 2 de octubre de 2017 a las 11:30

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